Riad Sattouf, el autor de éxito en francia

"No me paro a pensar si lo que cuento va a dar una mala imagen de los árabes"

‘El árabe del futuro’ es el libro con el que el dibujante francés, colaborador de ‘Charlie Hebdo’, cuenta su disparatada infancia entre Francia, Siria y Libia. En el país vecino ha vendido 150.000 ejemplares

Foto: Un fragmento de la obra de Riad Sattouf, 'El Árabe del futuro', publicado por Salamandra.
Un fragmento de la obra de Riad Sattouf, 'El Árabe del futuro', publicado por Salamandra.

Riad Sattouf (París, 1978) siempre llega a tiempo. Molesto, ácido y honesto, en El Árabe del futuro (Salamandra Graphic) usa la primera persona para retratar una juventud en Oriente Medio pasada por el filtro de Occidente. Aprovecha la infancia para describir un mundo de contrastes indescifrables. Su experiencia como hijo de francesa y sirio, entre la Siria de Hafez el-Asad, la Libia de Gadafi y Bretaña, podría resumir el conflicto religioso global -en el que las migraciones ponen en contacto pueblos obligados a la convivencia- y el choque francés entre el ascenso de la ultraderecha y el terrorismo islamista.

El sabor de las moras recién caídas del árbol en Trípoli, Libia, una abuela siria que, amorosamente, lamía los ojos de sus nietos para sacarles la dolorosa mota de polvo, las berenjenas encurtidas del desayuno, o los cadáveres de los condenados a muerte que se balanceaban por el viento colgados en la plaza pública de Homs. Los recuerdos de un niño rubio de nombre raro que dibujaba al presidente Georges Pompidou pueden ser minúsculos o brutales, íntimos o universales.

El cómic ya acumula en Francia 150.000 ejemplares vendidos, ha sido premiado en Angulema como la mejor novela gráfica del año y entre las viñetas asoma un padre, traumatizado con las guerras contra Israel, con pretensiones demócratas, pero con prácticas fascistas. Creía ser el responsable de educar al árabe del futuro, aunque en un futuro demasiado pasado.

¿Qué es 'El Árabe del futuro'?

En El Árabe del futuro cuento la historia de mi familia. Mi padre era sirio, de un pueblecito cerca de Homs, y mi madre era francesa. Se conocieron en París, donde mi padre había terminado sus estudios de Historia en la Sorbona, y después nos fuimos a vivir a Libia y más tarde a Siria, al pueblo de mi padre. En mis cómics siempre he contado historias del mundo real, describo lo que veo. Cuando estaba en Siria, como era rubio y mi madre francesa, no me consideraban un sirio de verdad. Los niños más majos me veían como un franco-sirio, y los más idiotas como un judío: como era francés, aliado de EEUU, era un aliado de Israel. Y cuando estaba en Francia, como tenía un nombre raro, me consideraban un árabe, aunque no un árabe normal, quizás no como el cliché del árabe, pero tampoco me he sentido francés. Así que siempre he observado la sociedad desde fuera, como si no formara parte de ella. De todas formas, me gusta estar en la posición del extranjero para retratar cada sociedad con una mirada lo más virgen posible. 

¿Por qué cuenta este periodo de su vida ahora? ¿La guerra en Siria ha tenido algo que ver?

Hacía años que tenía necesidad de contar esta historia, pero no encontraba el tono adecuado o la forma de hacerlo porque no me gustan demasiado las narraciones autobiográficas, en las que suele estorbar el narrador, demasiado amable consigo mismo y con tendencia a sobreestimarse. Buscaba deshacerme de todo eso. Empecé varias veces, pero lo paré, me daba un poco de miedo lo que iba a contar, hay algunos sucesos muy duros, un poco tristes. Pero cuando comenzó la guerra civil en Siria, tuve que ayudar a una parte de mi familia que vivía aún en Homs a venir a Francia. Fue justo al principio de la guerra, cuando estaba seguro de que la situación iba a degenerar y tuve muchas dificultades para obtener las autorizaciones en Francia. Así que me sentí con la necesidad de plasmar todas esas dificultades, pero para poder contarlo tenía que contar toda la historia desde el principio.

'Mi padre estaba contra la democracia, creía en la pena de muerte, no era para nada un demócrata'Su padre es el personaje principal de este libro. ¿Es un homenaje?

Pensé que si centraba el libro en el personaje del padre y en la fascinación de un hijo por su padre sería más interesante que el tipo que cuenta su vida. Me pareció interesante porque entonces mi padre tenía fe en la modernidad, en hacer salir al mundo árabe de su subdesarrollo, quería que el mundo árabe eligiera su destino y por otra parte era muy supersticioso, estaba contra la democracia, creía en la pena de muerte, no era para nada un demócrata. Y yo quería hablar de esa paradoja, ese conflicto que había en él entre la modernidad y la tradición, un conflicto que en realidad es universal y que voy a explorar en estos libros.

Su padre creía en el buen dictador. ¿Es un mal de su generación?

No sé si fue un mal de su generación, pero estaba fascinado por el hombre fuerte que dirige y que viene de oriente, adoraba a Hafez el Assad, el hombre que viene de un entorno modesto y se identificaba un poco con eso. Él imaginaba, por qué no, que un día tendría la oportunidad de ser presidente. Era un poco un megalómano y estaba fascinado por todos los dictadores. Mi padre me hablaba de Pinochet y Franco, yo conocía a Franco mucho antes de que nos hablaran de él en el colegio. Y es verdad que esa figura del hombre viril que dirige fue una constante que le fascinó.

Su padre creía en el árabe del futuro, una persona libre, formada. ¿Quién es ese árabe del futuro?

No sabría decirlo, tampoco quién es el europeo del futuro, el francés del futuro. El título del libro... mi padre venía de un pueblecito muy pobre, destacó en el colegio y obtuvo una beca para estudiar en la Sorbona y se doctoró allí. Luego le propusieron un puesto de profesor asociado en Oxford y lo rechazó y prefirió ir a enseñar en Trípoli, en Libia, porque quería dar al mundo árabe la educación que estimaba haber tenido. Quería participar en la construcción de árabe de mañana, del futuro. Desde su punto de vista, el árabe del futuro era un árabe formado y liberado de la religión pero él mismo, que estaba muy formado, no estaba liberado de esas creencias, el conflicto vivía en él.

¿Es importante para usted su identidad árabe?

Antes que francés o sirio siento ser muchas más cosas. Por ejemplo, soy mucho más un autor de cómic, ese es mi pueblo, mi nacionalidad. Si me encuentro con otro autor de cómic tengo la impresión de que esa es mi gente. No me siento ni sirio ni francés, no estoy vinculado con un lugar en particular.

'Es un problema esos jóvenes que reivindican no querer ser franceses'¿Qué diferencia hay entre la visión que usted tiene del mundo árabe y la de los jóvenes franceses de origen árabe que han vivido siempre en Francia?

Creo que se trata de un problema francés el de esos jóvenes que reivindican no querer ser franceses, que consideran que Francia no ha sido justa con ellos. Quizás, simplificando, podemos decir, claro, es porque son de origen árabe. Pero creo que va más allá es un problema de cómo Francia gestiona sus inmigrantes y los descendientes de esos inmigrantes.

¿Un fracaso de la integración francesa?

No sé, creo que hay mil razones. Por ejemplo, mi padre tenía una relación muy particular con Francia. Admiraba Francia porque le había permitido venir a hacer sus estudios, adoraba la universidad, la Sorbona, la libertad que había aquí, pero tenía un enorme complejo de inferioridad con los franceses. Porque una parte de su identidad había guardado la marca de la colonización. Para él los franceses fueron quienes habían dominado Siria en los años cuarenta, los que, junto a los británicos, diseñaron las fronteras del mundo árabe. Así que tenía necesidad de ser mejor que ellos, demostrar que era inteligente. Y por eso una parte de él estaba contra Francia, cada uno tiene un motivo diferente dependiendo de su educación personal, familia...

¿Pero fue bien acogido o sufrió racismo?

Eso lo cuento en el próximo libro.

¿Y usted cree que hay islamofobia o racismo en Francia o en Europa?

Yo sólo puedo hablar de mi caso personal. Cuando estaba en el colegio, los niños se burlaban de mi nombre porque en francés Sattouf suena como un chiste en francés “sa touffe de poil” (su mechón de pelo). Pero no lo tomé como algo racista, porque era una diferencia. Nunca he experimentado una animadversión, quizás tres o cuatro veces me he topado con tipos que me dicen “mira el árabe”, pero nunca ha sido la mayoría. Quizás he tenido suerte, pero siempre he tenido la sensación de poder hacer lo que quería. Tuve una beca, estudié, mis padres no tenían mucho dinero y tuvimos ayudas sociales pero nunca he tenido la sensación de ser despreciado. Aunque reconozco que hay otra gente que sí.

Algunos consideran que el discurso nacional francés, que tiene por bandera el laicismo, tiene un tinte en el fondo islamófobo.

No tengo ninguna respuesta brillante que dar. Para mí es muy delicado responder a esas preguntas, porque cuando veo por ejemplo a un artista que da su opinión sobre la política, la economía... me enerva profundamente. ¡Habla de tu trabajo y de lo que conoces y deja de dar tu opinión sobre cosas que no conoces! Lo que pienso sobre estos asuntos creo que está en mis libros.

Pero en asuntos sensibles es fácil equivocarse. Por ejemplo, el título de mi libro, El árabe del futuro. En francés árabe es una palabra casi peyorativa, la gente de origen árabe nunca la utilizan, usan el “verlan” (el tipo de argot francés que invierte las sílabas) y dicen “rabza”, por ejemplo. Una vez vi, por ejemplo, en la librería de una estación un tipo que cogió el libro y fue a la caja a pagarlo y la chica de la caja, que parecía de origen magrebí, lo cogió y dijo: “¡Árabe! ¿Quién es árabe? ¿Qué dice este libro?”. La palabra está cargada de muchas connotaciones y es complicado.

Aunque en el libro describe recuerdos de la infancia de manera muy vívida, pero las relata sin juzgar, sin edulcorar, sin moraleja. ¿Es esa la visión de la infancia?

Cuento las cosas exactamente como tengo la sensación de haberlas vivido sin pasar por filtros ni prohibirme nada. Incluso a riesgo de que haya gente que piense que son exagerados. Esos dos puntos de vista están en el libro, el niño que descubre un mundo diferente y acompañado por una voz en off que ofrece más información y contexto al lector.

Usted publicó una tira cómica en 'Charlie Hebdo' durante 10 años, hasta ocubre de 2014. También participó en el “número de supervivientes”.

El trabajo que hice en Charlie Hebdo nunca fueron caricaturas o dibujos de la actualidad o políticos. Tenía una tira que se llamaba La vida secreta de los jóvenes, en la que contaba escenas vistas y escuchadas en la calle. Era diferente al resto de la publicación. Acabé harto de hacer lo mismo y comencé una nueva serie en Le Nouvel Obs. Yo dibujaba en mi taller y lo enviaba por email, así que nunca estuve en las reuniones de la redacción, hacía años que no había visto a los dibujantes de la redacción. El atentado me impactó profundamente como a todos los dibujantes franceses, porque todo el mundo conocía a los dibujantes de Charlie Hebdo, no eran para nada tipos que vivieran en una torre de marfil. Cabu, por ejemplo, era el ídolo de todos los dibujantes. Y cuando estaban haciendo el número de supervivientes vi en la calle a un tío que llamaba por teléfono a su colega y que le explicaba que, sea cual sea el motivo, no se puede matar a la gente. Así que este tipo, que era un cliché, y que decía lo contrario al cliché, me dio mucha esperanza y por eso quise hacer esa página y se la propuse a la redacción. Pero no voy a volver porque he empezado otra serie en otra parte.

¿Dónde están los límites de la libertad de expresión?

En mi caso personal yo nunca me censuro en mis cómics. Pero no hago un trabajo de caricaturista o político, así que nunca me he enfrentado a esa problemática. Lo que me interesa es diferente: contar historias, mis recuerdos, lo que veo en la calle. No me paro a pensar si lo que cuento va a dar una mala imagen de los árabes o de esta o aquella persona. Prefiero complicar las cosas a simplificarlas.

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