tres exposiciones y casi 200 obras de arte

Un préstamo suizo sin intereses para los museos del Prado y Reina Sofía

El Kunstmuseum de Basilea desembaca en Madrid con la letra mayúscula de sus fondos. En el Museo del Prado, diez Picassos; en el Reina Sofía dos colecciones, desde Vanguardias a arte contemporáneo

Foto: 'Mujer con sombrero sentada en un sillón' (1941), de Pablo Picasso, frente a 'Inmaculada concepción' (1628), de Rubens, en el Museo del Prado. (EC)
'Mujer con sombrero sentada en un sillón' (1941), de Pablo Picasso, frente a 'Inmaculada concepción' (1628), de Rubens, en el Museo del Prado. (EC)

El Kunstmuseum de Basilea (Suiza) ha desembarcado en Madrid con la letra mayúscula de sus fondos. En el Museo del Prado, diez Picassos; en el Museo Reina Sofía, dos colecciones centradas en el surgimiento de las vanguardias y el arte contemporáneo: la de Rudolf Staechelin y Karls Im Obersteg. Casi doscientas piezas de primera línea y tres lecciones sobre conciencia de protección del patrimonio. Es el primer museo público municipal de la historia, la ciudad votó a favor de la compra –con dinero público– de dos cuadros emblemáticos de Picasso para incorporarlos al museo y la burguesía contribuyó desde principios del siglo XX a ampliar sus fondos artísticos, como hizo la monarquía en España en los siglos XVI y XVII.

Este rescate histórico de las vanguardias, entre otras cosas, es producto de la reforma de las instalaciones del museo suizo. Miguel Zugaza, director del Museo del Prado, insistió en el gesto de generosidad que ha tenido la institución con los dos museos al entregar las piezas maestras sin intereses. Las tres muestras quedan inauguradas hasta el próximo septiembre.

“Queremos que sea una colección de reflexión e inspiración y no sólo una exposición comercial”, explicó el director del Kunstmuseum, Bernhard Mendes Bürgi. “La pasión por el arte que ha demostrado la población de Basilea se consolidó en el siglo XX. El amor por el arte ha pasado de generación a generación entre los ciudadanos”, insistió el director, aunque reconoció que se encuentran en negociaciones con los responsables del legado Staechelin para que regrese al museo después de este tour mundial. En todas partes cuecen habas.

“COMO PABLO POR SU CASA”

El desembarco suizo destaca, sobre todo, por el montaje del Museo del Prado, en el que diez obras emblemáticas de Pablo Picasso –director del Prado durante la Guerra Civil– se relacionan con los maestros de la galería central. Los sucesivos paneles de los que cuelgan las joyas forman una antológica esencial del artista, desde 1906 a 1967, desde sus períodos azul y rosa, el cubismo sintético, el retorno al neoclasicismo, la guerra, a los experimentos de los últimos años.

Manuel Borja-Villel y Miguez Zugaza, junto a 'Las dos figuras', de Léger. (EC)
Manuel Borja-Villel y Miguez Zugaza, junto a 'Las dos figuras', de Léger. (EC)

El recorrido arranca con Los dos hermanos, que mira a los lados y se encuentra con los Adán y Eva de Tiziano y Rubens. La monumentalidad de los hermanos abrazados entra en colisión con la voluptuosidad de los otros desnudos históricos. Al otro lado, El lavatorio de Tintoretto. Desde la primera parada, los orígenes del pintor malagueño quedan en evidencia: línea, línea y más línea, como los italianos, que lo consiguen todo con el dibujo. Los españoles, con el color. Picasso es menos español de lo que parece, hijo de Cézanne. La galería se ha convertido en un campo de batalla entre dibujo y color. También tiene algo de italiano en la obsesión (por sus temas).

El aficionado (1912), primera vez que Picasso emplea motivos taurinos, descubre su fórmula más cubista y simplificada. El cuadro se pudo ver en la exposición de 2006, en El Prado, Picasso: tradición y vanguardia. Con Mujer con guitarra (1911-1914) se muestra el “cubismo sintético”, una mujer sobre un fondo blanco, seños al aire, inevitable relacionarla con el cuerpo nacarado que Guido Reni le da a Atalanta, que recoge las manzanas de oro que tira Hipómenes en su carrera hacia el matrimonio.

Uno de los hitos es el brillante Arlequín sentado o El pintor Jacinto Salvadó (1923), que mira a su derecha y encuentra a Jesús y el centurión (1571) de Veronés. Picasso realizó más de cincuenta cuadros sobre este tema, pero este juega de manera explícita con la idea del acabado. Las líneas del dibujo preliminar se subrayan sobre el color, una vez más. Su interés por las artes escénicas parece encontrarse –ironía– con Jesús y el centurión, pura acción escénica, el romano se arrodilla a los pies de Jesús, en un escenario arquitectónico.

Un visitante ante 'Muchachas a la orilla del Sena, según Courbet' (1950). (EFE)
Un visitante ante 'Muchachas a la orilla del Sena, según Courbet' (1950). (EFE)

Más: Mujer con sombrero sentada en un sillón (1941). El retrato de Dora Maar sentada, con su cabeza dividida en dos. Una muestra la frente, con un ojo abierto que mira al espectador. La otra, está de perfil y con los labios, con el fondo del estudio en el que pintó Guernica. Junto a la compañera sentimental del pintor se encuentra la Inmaculada concepción (1628), de Rubens, con unos rojos tan intensos como los de los labios de Maar.

El paso acaba con el espectacular Muchachas a la orilla del Sena, según Courbet (1950), Venus y Amor (1967) y La pareja (1967). El resultado, como asegura Zugaza, es un “como Pablo por su casa”. El juego de espejos y reflejos diluye el tiempo y descubre una relación que el Prado reivindica para mostrar los lazos naturales entre tradición y modernidad. Y, desde luego, revela un pintor sin fórmulas. 

SOBREDOSIS DE MAESTROS

El Museo Reina Sofía ha optado por aislar las dos exposiciones: Fuego blanco. La colección moderna del Kunstmuseum Basel en la primera; Coleccionismo y Modernidad. Dos casos de estudio: colecciones Im Obersteg y Rudolf Staechelin, en la cuarta. Una decisión inexplicable, porque rompe el vínculo de los fondos que forman parte del museo suizo y la narración de la selección de grandes maestros, desde el siglo XIX al XXI. Dado el relato tan particular de los montajes a los que este museo nos tiene acostumbrado, llama la atención la falta de profundidad e intención de las dos muestras.

Giacometti en la muestra del Reina Sofía, 'Fuego blanco'. (EFE)
Giacometti en la muestra del Reina Sofía, 'Fuego blanco'. (EFE)

Lo mejor, la vuelta de las Vanguardias a las salas de la institución. Picasso no era reivindicado desde la exposición Picasso. Tradición y vanguardia, comisariada por Carmen Giménez, en 2006, y La noche española. Flamenco, vanguardia y cultura popular 1865-1936, en 2007. Lo peor (además de la escisión mencionada), las carencias de la colección del museo comparada con los fondos suizos. La identidad del Kunstmuseum está “enfrentada a un contexto en el que las colecciones actuales están más cercanas al capital corporativo”, que a la municipalidad en la que se inscriben.

“En un momento de creciente mercantilización de la cultura, mantiene su carácter público, noción que trasciende con mucho la mera idea de “titularidad pública” más relacionada con la propiedad que con dicha cualidad peculiar”, escriben en el catálogo Bernhard Mendes y Manuel Borja-Villel. Obras de Barnett Newman, Gerhard Richter, Paul Klee, Edvard Munch, Picasso, Braque, Léger, Le Corbusier, Mondrian, Donald Judd, Bruce Nauman, Giacometti o Dieter Roth, forman una sinopsis privilegiada de manual de Historia del Arte y una colección de vocación “universalista”.

Suiza es una excepción cultural es el desarrollo de una burguesía que encontró en el coleccionismo “una forma de visibilidad y una salida al capital acumulado”. De hecho, Obersteg empezó a coleccionar en 1916 y así continuó hasta su muerte. Staechelin, no. Concentró su actividad entre 1914 y 1920 y se le reconoce por un ojo audaz e infalible para descubrir el valor de lo inmortal. De ahí, que en la muestra figuren ejemplos de los pintores confirmados por el tiempo: Cézanne, Gauguin, Hodler, Manet, Monet, Pissarro, Renoir y Van Gogh. Por su parte, Obersteg tiene a Chagall, Derain, Kandinsky, Picasso, Redon o Soutine, entre otros.  

La expresión “fuego blanco” hace referencia a la misión de las colecciones del Kunstmuseum y del Reina Sofía, tal y como explican sus directores: “Es el fuego blanco sobre el que se pueden generar y transmitir el conocimiento, desde el que pueden nacer y emanciparse los públicos. Una colección no es una mera acumulación de obras, sino los relatos que genera y aquellos de los que surge”. Lamentablemente, esta visita ha fracasado en este objetivo. 

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