historia de convencionalismo y adoctrinamiento

Lección de valentía intelectual de Tony Judt contra la irresponsabilidad política

Escribió sobre los intelectuales porque eran importantes, porque las actitudes morales comprometidas con la política eran propias del intelectual, porque ellos mismos enfatizaban la dimensión ética

Foto: Albert Camus (en la foto con su hija Catherine) es uno de los tres ejemplos que toma Judt. (EFE)
Albert Camus (en la foto con su hija Catherine) es uno de los tres ejemplos que toma Judt. (EFE)
Autor
Tags
    Tiempo de lectura6 min

    Escribió sobre los intelectuales porque importan, porque las actitudes morales comprometidas con la política son propias del intelectual, porque ellos mismos enfatizan la dimensión ética de sus opciones. Pero sobre todo escribió sobre ellos por su irresponsabilidad, su mediocridad y su gregarismo. El historiador inglés Tony Judt (1948-2010) traza un recorrido cronológico y político por el siglo XX francés para refundar el valor del intelectual, en el sugerente y elegante El peso de la responsabilidad (Taurus).

    Traducido al castellano 15 años después de su creación, aunque más actual que nunca, el autor critica la irresponsabilidad intelectual y su servilismo político, la lealtad colectiva, el abandono de las opiniones e iniciativas individuales... Defectos propios de los intelectuales, subrayaba Judt, pero no exclusivo de ellos: “Otros quedaron no menos expuestos al riesgo: políticos, funcionarios, militares, profesores y estudiantes eran todos vulnerables”.

    Judt se centra en tres personalidades francesas para destacar sus ejemplos de virtud intelectual: Léon Blum, por desafiar al gobierno de Vichy; Albert Camus, por su participación en la Resistencia y en la guerra de Argelia; y Raymond Aron, “el mayor inconformista intelectual de su época”, por su oposición a la aceptación por la mayoría de los intelectuales de “la utópica promesa del comunismo”. Para el historiador son tres referencias anticomunistas, porque su compromiso no es con las convenciones, ni con uno u otro lado de la cultura politizada, ni por dejar que la afiliación ideológica se pronunciara por ellos.

    El historiador británico Tony Judt. (Efe)
    El historiador británico Tony Judt. (Efe)
    Son tres franceses que “vivieron y escribieron a contracorriente”, en “tres épocas de irresponsabilidad”. Tres hombres muy diferentes, con algo en común: la vida de los tres discurrió por una tangente incómoda para sus contemporáneos, que les devolvieron su independencia de pensamiento con aversión, sospecha, desdén y odio. Soledad y aislamiento. “Solamente al final de sus largas vidas fueron capaces Léon Blum y Raymond Aron de disfrutar del confort de una casi universal admiración, respeto y, en algunos sectores, adulación”. Camus murió a los 47 años como una figura “insegura y muy calumniada”. Pasarían 30 años antes de la recuperación de su reputación.

    Dogmatismo gregario 

    La redención de estos tres emblemas del siglo XX francés desvela que pocas cosas han cambiado en las airadas críticas de Judt ante la falta de valentía moral y responsabilidad pública. Su enconado ataque al clientelismo -al enfrentarse a sus oponentes políticos e intelectuales y a los de su propio bando- encontró un país tomado por el conformismo político e intelectual. Ensalzar los dilemas morales de estos tres personajes –y recuperarlo en 2013, España- profundiza en la fragilidad de la democracia ante la amenaza extremista y en la necesidad de autonomía de las ideas ante el dogmatismo gregario.

    No es una cuestión francesa, es un problema mundial: en el principio fue la luz y luego llegaron los políticos. No siempre estuvieron ahí, pero cuando se presentaron “fue necesario establecer que los recién llegados tenían un relato que narrar sobre la historia de la sociedad y del Estado que querían gobernar”, para hacer creíbles y legítimas sus reivindicaciones y promesas de un orden nuevo dirigidos por ellos. La historia se hizo política en 1789, con la Revolución Francesa, y la estabilidad del nuevo orden histórico no duró demasiado en el Estado-nación más antiguo de Europa.

    Judt describe una sociedad tímida y falta de audacia, una clase política incompetente y dividida, con un núcleo de servidores públicos, de intelectuales y de hombres de negocios frustrados por el estancamiento y el declive del país. Habla del siglo XX francés y leemos tantas similitudes con el siglo XXI español.

    Los tres mitos de la intelectualidad francesa trataron, asegura, de revertir o al menos desafiar la irresponsabilidad, contra “la propensión en varias esferas de la vida pública a descuidar o a abandonar la responsabilidad intelectual, moral o política”. Muy pocos personajes públicos franceses especularon con alternativas a la convencional disposición izquierda-derecha, republicanos-autoritarios. Judt explica que esto fue así por la terrible ausencia de imaginación de los intelectuales franceses durante el siglo XX. Nadie quiso escapar de esos polos, ni buscar una alternativa, ni transgredirlos. Nadie estaba dispuesto a pensar a favor de revisiones constitucionales, ni los más imaginativos y críticos. “A pesar de los defectos manifiestos del sistema político”.

    Tres anticomunistas

    El historiador inglés muestra con especial atención que a los tres les une su anticomunismo. Léon Blum insistió en que el leninismo era un error: en el mejor de los casos un retroceso a anteriores y olvidadas tradiciones de insurrección y dictadura, en el peor una invitación a instalar el terror y la represión como principios centrales del gobierno posburgués.

    “El comunismo traicionaría tanto a sus ideales como a sus seguidores, señaló con cierta clarividencia en 1920”, dice Judt. Además, el historiador le define en esa postura como “el ancla política de un barco socialista que se bamboleaba de manera insegura entre corrientes opuestas”. Para Blum la izquierda no comunista jamás debía compartir el juego político comunista. “Si los comunistas reivindicaban la herencia de la Revolución Francesa, los socialistas tenían que insistir en que ellos, también, eran sus legítimos herederos”, escribe Judt.

    Lo que Camus encontró desagradable e intolerable en el “anti-anticomunismo” de sus colegas fue su ambivalencia moral: se negaba a aplicar el juicio moral solamente sobre la mitad de la humanidad, cuando la represión, los campos de concentración, los regímenes de terror y la destrucción de pueblos libres también había sucedido en Moscú. “Simplemente no podía tolerar la hipocresía de los de su lado, al haber consagrado parte de su vida y muchos de sus escritos a exponer la hipocresía contraria”.

    Para Raymond Aron deja Judt los mayores halagos en su feroz análisis de los mitos del comunismo: “Vio más allá de las huecas pretensiones de la promesa utópica del comunismo y no tuvo rival a la hora de revelar las contradicciones ideológicas y morales instaladas en pleno corazón del engagement intelectual”. Los tres son descritos como insiders por su prestigio y outsiders por su independencia. Intentaron remodelar su herencia política, a veces con riesgo personal y siempre a costa de la popularidad y el éxito público. Hoy también hay que buscar debajo de los triunfadores para encontrar a los autores con responsabilidad pública. 

    Cultura
    Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
    1comentario
    Por FechaMejor Valorados
    Mostrar más comentarios