Cómo se cocinó la plaga de los hipsters
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los coen filman los orígenes del folk

Cómo se cocinó la plaga de los hipsters

La nueva película de los hermanos Coen, 'A propósito de Llewyn Davis', cuenta el auge del folk en los 60, un género musical pervertido en los últimos años

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Oscar Isaac en 'A propósito de Llewyn Davis'

Uno de los momentos más tensos (y peor comprendidos) de la historia de la música popular es la actuación de Bob Dylan en el festival de Newport de 1965. Ya saben: Dylan se contagia de la fiebre rock & roll, se viene totalmente arriba y decide cambiar su guitarra acústica por una eléctrica. Parte del público empieza a abuchear. Alguien de la organización (el mítico Pete Seeger) amenaza al técnico de sonido con cortar el cable de suministro con un hacha. Esta historia tiene mucho de leyenda urbana, los detalles fueron bastante distintos, pero sirve para ilustrar la lucha entre un enfoque comunitario de la música y una mirada basada en el genio individual.

Más claro todavía: el folk era una música horizontal, de todos y para todos, que igual se cantaba en familia que trabajando o en fiestas populares. También, de manera creciente, fue la banda sonora de manifestaciones sindicales o de la lucha por los derechos civiles. El rock, en cambio, siempre fue un género individualista, egocéntrico y mitómano, donde lo que prevalece es el aura divina del artista, considerado como un visionario con sensibilidad superior al resto de los mortales.

Comunidad o competencia

Lo explica magistralmente Ian Svenonius, artista de culto punk: "En los sesenta el folk ya no era solamente música popular, sino canción protesta, basada en la tradición y en una postura política. Cuando Dylan llega al festival de Newport y coge la guitarra eléctrica lo que hace es reforzar el concepto capitalista de “cambio de estilo” como algo positivo. Abandonó el movimiento y sus valores. La industria aplaudió a rabiar, como si hubieran seducido al principal enemigo del campo contrario. Me recuerda a los años de la Guerra Fría: Estados Unidos jaleaba a Nureyev y Baryshnikov cuando todos sabemos que en este país a nadie le gusta el ballet".

¿Qué tiene que ver todo esto con la nueva película de los hermanos Coen? Más de lo que parece. Una de las lecciones de A propósito de Llewyn Davis, que se estrena el 1 de enero,es que la música folk pierde sustancia y sentido cuando se abandona el espíritu comunitario para dar paso a la feroz competencia entre músicos (esas noches en el club The Gaslight donde varios aspirantes compiten por la atención del público, los periodistas y los cazatalentos de las discográficas). Se evapora la alegría y nos quedamos con la lógica industrial y el narcisismo artístico. Molar importa ya más que disfrutar.

Mitad hippies, mitad yuppies

Atentos a esta conversación entre los Coen en el último número de la revista Rolling Stone. Ethan: "Yo me acuerdo de estar muy confundido por cómo los Byrds y Gram Parsons eran medio country. Es algo confuso cuando eres un niño. ¿Estos tíos molan o no molan? "

Joel: "De hecho, mucha gente sigue confundida por eso".

Ethan: "Cierto, y luego te das cuenta de que son músicos de verdad, así que no les importa una mierda" (risas). El Greenwich Village, barrio neoyorquino donde transcurre la película, es el germen de la tribu urbana que hoy conocemos como hipsters. Podemos definirles como urbanitas de clase media y alta cuya principal fuente de identidad son sus gustos culturales "cool" (que es el equivalente a “molar” en Estados Unidos). El country y folk tradicional era una música rural, de hermanamiento, mientras que el neofolk actual busca la distinción.

Este cambio no ha pasado desapercibido. En el libro "Bobos en el paraíso", editado en 2000, el periodista David Brooks acuñó la etiqueta de "burgueses bohemios". Alude a un cruce de yuppismo y hipismo, que generalmente coge lo peor de cada orilla (imaginen que Llewyn Davis, en vez de un pobre diablo, fuese un "sobrado" con dinero). La música original del Greenwich Village en los sesenta todavía conservaba cierto empuje igualitario, que le ayudó a conectar con la floreciente contracultura. Sin prisa pero sin pausa, la escena folk fue cambiando esa energía política por melancolía preciosista, culto pijo a lo "vintage" y apologías de la campiña estadounidense con aroma patriotero. El Village de los sesenta fue el kilómetro cero de ese giro al infierno, mientras que el neofolk actual es su culminación.

Nacionalismo sonoro

Por supuesto, la culpa del bandazo no fue de Bob Dylan , ni de Llewyn Davis, sino de un clima cultural cada vez más escorado a la derecha (individualismo, patriotismo, culto al dinero). La cosa empeoró especialmente en los años ochenta, como explica Kim Gordon de Sonic Youth: "Cuando sacamos Bad Moon Rising (1985), Estados Unidos era un tema muy de moda. El país se sentía acosado por la abrumadora ascensión económica de Japón y el terrorismo de los países árabes. De pronto se adoptó un intenso nacionalismo. El mundo de la música tenía sentimientos similares contra el dominio del pop británico de sintetizadores tipo Culture Club o Thompson Twins. Se produjo un ascenso del rock con raíces me refiero a grupos como The Blasters, The Del Fuegos o Jason & The Nashville Scorchers. Incluso X y R.E.M. se podían calificar dentro del género conocido como americana".

Resumiendo: se consumó el trayecto de la ética comunitaria al orgullo nacionalista. Artistas recientes como Wilco, Bon Iver, The Jayhawks, Fleet Foxes o Wallflowers ahondaron en aquello. En vez de energía popular, el country-folk se vuelto una música blandita, tristona y ensimismada (añadiendo cierto aire de superioridad cultural, basado en la sensación de que estar tocando música presuntamente más auténtica). “Si nunca ha sido nueva y nunca envejece es folk”, reza la mejor frase del guión de A propósito de Llewyn Davis. El neofolk actual es un sucedáneo tristón, víctima de las modas y tirando a reaccionario. Un giro de 180 grados desde que aquellos tiempos en que el folk era la música típica de huelgas, picnics ecologistas y asambleas contra la guerra

Música Country Bob Dylan