UNA MUESTRA EXPLORA SU INTENSA RELACIÓN

La deuda del arte pop con el diseño

Gunter Sachs, heredero del imperio automovilístico Opel, multimillonario, coleccionista de arte y tercer marido de Brigitte Bardot, transformó en la década de los setenta su apartamento

Foto: Piscina de Verner Panton
Piscina de Verner Panton

Gunter Sachs, heredero del imperio automovilístico Opel, multimillonario, coleccionista de arte y tercer marido de Brigitte Bardot, transformó en la década de los setenta su apartamento del hotel Palace en St. Moritz en una casa completamente pop.  No faltaban las obras de Roy Lichtenstein ni las de Andy Warhol, pero tampoco las lámparas de George Nelson, o las sillas de Gaetano Pesce o los estampados psicodélicos que florecieron a finales de los sesenta. En aquel dúplex se daban la mano el arte y el diseño pop, dos mundos que se comunicaron desde principios de los cincuenta hasta la década de los setenta y cuya intensa relación es objeto de la muestra ‘Pop Art Design’, inaugurada esta semana en el centro cultural Barbican de Londres y que podrá verse hasta el próximo 9 de febrero.

La casa de Sachs aparece en grandes fotografías en una de las salas de esta muestra en la que una de las célebres ‘Marilyn’ de Warhol tiene el mismo peso que cuatro recipientes ‘tupperware’, una tostadora Braun, la clásica silla de Eames o la portada del disco Sgt Pepper’s de The Beatles. “Hasta ahora nunca se había organizado una exposición que se centrara en la relación de intercambio entre el diseño y el arte pop” explica la comisaria Jane Alison. Sin embargo, como demuestran las casi 200 piezas reunidas para la ocasión, el arte y el diseño (industrial, de muebles, gráfico) se alternan y entrelazan de forma absolutamente natural, y por eso no choca en absoluto ver el clásico “I love you with my Ford” de James Rosenquist al lado de la bicicleta-silla que los diseñadores Achille y Piergiacomo Castiglioni concibieron en 1958 para hablar por teléfono.

El Vitra Design Museum de Alemania es el hogar de procedencia (y origen de la muestra) de algunas de las piezas más bellas de esta exposición, como el Elea 9003, el primer ordenador italiano, diseñado por Ettore Sottsass para Olivetti en 1958. Cuarenta años antes que Steve Jobs, este arquitecto ya trató de convertir la tecnología en algo elegante y bello. Y es que la irrupción de nuevos materiales como el plástico y la producción en cadena le ofrecieron a los diseñadores de aquel momento todo un nuevo mundo para explorar en el que las nuevas tecnologías y materiales se ponían a las órdenes de la estética, creando productos de líneas claras y superficies brillantes dirigidos a persuadir al consumidor, esa nueva ‘raza-estrella’ que se multiplicó exponencialmente tras la Segunda Guerra Mundial y que aún hoy sigue siendo la clave que mueve la economía del mundo, (aunque con bastante menos éxito que entonces).

Es el momento en que, ayudados por los medios de comunicación de masas, también comienza el culto a la celebridad que tan bien supo explotar Andy Warhol y que convirtió en héroes a la que vez que en productos de consumo tanto a esas celebridades como a los propios artistas. La publicidad, que estalló en la década de los sesenta, ejerció una fuerte influencia sobre ellos. En uno de los ensayos que acompañan al catálogo se afirma: “El pop y los Mad Men de Madison Avenue se amaban. Admiraban la habilidad del otro para crear imágenes atractivas y utilizarlas, en el caso de los publicistas para vender productos y en el caso de los artistas, para vender sus propias carreras”.

No obstante, ese mundo ideal que vendía la publicidad pronto comenzó a ser cuestionado tanto por los artistas pop como por los diseñadores, aunque la crítica siempre se hizo desde la ironía y nunca desde la confrontación y si por un lado Richard Hamilton se reía en su obra Toaster 1967 de cómo la publicidad trataba de vendernos una tostadora como si fuera una obra de arte, diseñadores como Ettore Sottsass se preguntaban qué sentido tenían los productos que ellos mismos diseñaban y como reacción comenzó a trabajar en objetos provocativos y poco comerciales.

La exposición ofrece también una cuidada selección de obras gráficas, desde una elegante portada diseñada por Ray Eames para la revista Art & Architecture en 1943 hasta un póster que nunca vio la luz de la película de John Ford The Misfits, diseñado por George Nelson; otro de autor anónimo concebido para La Strada de Fellini o el logotipo de las olimpiadas de México 68 de Lance Wyman. No falta la portada de Warhol del disco The Velvet Underground del grupo homónimo ni la de Sgt Pepper’s de The Beatles, diseñada por el entonces ya célebre artista Peter Blake.

Los sinuosos muebles de Gaetano Pesce o Eero Aarnio parecen obras de arte en sí mismas, por no hablar de los títulos de crédito de la película de 007 Desde Rusia con amor, realizados por Robert Brownjohn y más pop que un warhol, o la Casa del Futuro que diseñó la pareja de arquitectos Alison y Peter Smithson, de la que se muestra un pequeño vídeo en el que vemos como se imaginaban nuestra vida actual en 1956. Aire acondicionado, mandos a distancia, microondas, televisores de plasma… en casi todo acertaron excepto en algo que se encuentra en todas las ramas del pop: el optimismo exacerbado que transmiten tanto los cuadros como los muebles como el grafismo de la época no se ha convertido en el futuro que todos ellos presagiaban. Nuestro presente dista mucho de ser pop, aunque eso sí, la obsesión por las celebridades se ha convertido en religión.

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