LOS SOBORNOS A GENERALES DE FRANCO Y MARCH (I)

Una operación supersecreta

El historiador Ángel Viñas bucea en los archivos londinenses que desvelan los sobornos británicos a generales del dictador para no entrar en la II Guerra

Foto: Una operación supersecreta

En mayo causó sensación una noticia. El gran público se enteró de que, en junio de 1940, los británicos iniciaron una operación para, a través de Juan March, comprar las voluntades de ciertos generales españoles. Debían influir en Franco para no entrar en guerra al lado del Eje. La prensa sólo pudo dar una información superficial: hasta ahora, nadie ha estudiado la nueva documentación.

A grandes rasgos, los sobornos se conocían desde la publicación en 1986 de la tesis doctoral del profesor Denis Smyth. En 1991 los investigó más detenidamente en un artículo convertido en clásico. No han dejado de figurar en trabajos sobre la política británica hacia España y en estudios sobre actividades de inteligencia. Entre los autores que los mencionan están Paul Preston, Manuel Ros Agudo, Richard Wigg, Enrique Moradiellos, Mercedes Cabrera y Jimmy Burns Marañón. No lo hacen la mayoría de autores pro, para y metafranquistas.   

Si la noticia provocó grandes titulares fue porque los archivos nacionales británicos habían desclasificado una serie de expedientes al cumplirse los 70 años reglamentarios para temas sensibles. Los investigadores, periodistas y el común de los mortales interesados esperan con curiosidad conocer cuáles son los temas sobre los que la nueva documentación arrojará luz.  

Inglaterra 1, España 0

Juan March, el intermediario de los sobornos a los generales.
Juan March, el intermediario de los sobornos a los generales.
Comparemos esta forma de proceder (menos liberal que la norteamericana) que ha puesto en marcha el Gobierno español: cerrojazo a la sucesiva desclasificación de la documentación militar sobre la Guerra Civil y la posguerra y “evacuación” de los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores al Histórico Nacional y al General de la Administración. Ahí permanecerán sustraídos a la investigación durante años mientras se recatalogan y se ponen en condiciones para su examen. Naturalmente, no se han incrementado, que sepamos, las dotaciones presupuestarias ni de personal en los archivos receptores. De golpe, España ha pasado de practicar un enfoque relativamente liberal (y en ciertos casos más que el británico) a convertirse en el farolillo rojo de la UE.

Entre los expedientes desclasificados, la parte que aquí nos interesa procede del departamento del subsecretario permanente en el Foreign Office, entonces Sir Alexander Cadogan. Se refieren a temas de inteligencia en la Segunda Guerra Mundial, tanto en sus aspectos generales como operativos. La documentación relevante para estos artículos abarca dos gruesos legajos con unas 550 páginas en total.

En junio de 1940 existían alarmantes indicios de que España podría cambiar la postura de neutralidad ante el conflicto mundialEl 4 de junio de 1940, a los tres días de llegar a Madrid, el nuevo embajador sir Samuel Hoare informó a Londres de que existían alarmantes indicios de que España podría cambiar la postura de neutralidad. Su misión estribaba en evitar que la abandonara. Añadió un detalle significativo. Un ministro, no identificado, podía obrar a favor de la neutralidad pero para “tocarle” se necesitaba urgentemente medio millón de libras. El telegrama llegó al Foreign Office a las 2 de la madrugada del 5. Su titular y excolega, lord Halifax, habló inmediatamente con Churchill y con el canciller del Exchequer (ministro de Hacienda), sir Kingsley Wood, antiguo apaciguador de Hitler y sucesor de Hoare como ministro sin cartera.

Accedieron a la petición en la misma mañana. Cadogan, que se había opuesto, se plegó a toda prisa. De su puño y letra Halifax redactó la respuesta. Aconsejó a Hoare que procurase no gastar demasiado pero que tratara de obtener el mejor resultado posible. Su telegrama partió para Madrid el 6 a las 6 de la mañana. El 9 el embajador anunció que la operación podría resultar más larga y cara de lo previsto. Necesitaba dólares. El 10 Mussolini entró en guerra al lado de Alemania.

Un embajador que aprieta

Hoare suministró el 12 nuevas informaciones. Los italianos achuchaban a los españoles (no está demostrado). Era preciso situar un crédito en Nueva York por importe de dos millones de dólares por cuenta del Banco de Portugal y a nombre conjuntamente de José Jorro Andreo (empleado de March, que asistió a una boda en la familia en 1973) y de Rosendo Silva Torrens (exapoderado del banquero).

Era peligroso pagar sumas considerables a una sola cuenta y convendría hacerlo a varias y sin mezclar a bancos españoles o portugueses.Al día siguiente Wood escribió al Foreign Office. La suma era importante. A favor del servicio de inteligencia exterior (SIS o MI6) se habían votado créditos secretos por millón y medio de libras. Hoare había pedido un tercio. También existían problemas técnicos que no nos interesan aquí. Halifax solicitó más información el 14 porque, si los sobornos se rechazaban y salían a la luz, el perjuicio sería inmenso. Era peligroso pagar sumas considerables a una sola cuenta y convendría hacerlo a varias y sin mezclar a bancos españoles o portugueses.

El embajador continuó presionando y se mostró flexible en cuanto a procedimientos. En el Foreign Office le pidieron nombres. Hoare se negó a darlos y el 15 informó que a las personas en cuestión se les había acercado un intermediario como si actuara en nombre propio. Resultó que era Juan March. La idea estribaba en que nadie percibiese conexión alguna con la embajada. Las personas “tocadas” habían aceptado de inmediato. La transferencia debía hacerse a toda prisa. El que España entrase o no en  guerra podía depender de ello. Al Banco de Portugal le sustituyó la Société de Banque Suisse. March, recordemos, tenía en esta última cuantiosos intereses y durante la Guerra Civil el banco había concedido varios créditos financieros a Franco.

Allan Hillgarth, la clave de los sobornos.
Allan Hillgarth, la clave de los sobornos.
La persona clave en los sobornos fue un antiguo oficial de la Royal Navy, representante en Madrid del Servicio Naval de Inteligencia, el capitán Alan Hillgarth. Desde enero de 1940 tenía la cobertura de agregado naval (antes la tuvo de adjunto al de Lisboa). No tardaría en actuar como coordinador de toda la actividad de inteligencia británica en España.

Llega a Churchill un plan de acción

En mayo Hoare había hablado con hombres próximos a Churchill sobre cómo influir en decisores españoles. Lo ha contado Wigg. También se ha hecho eco de ello sir Martin Gilbert, gran biógrafo del primer ministro. En Londres Hillgarth planteó igualmente el tema a Churchill por las mismas fechas (no lo recoge Hart-Davis, biógrafo de Hillgarth) y no tuvo la menor dificultad en ilustrar a Hoare de cómo llevarla a la práctica. En puridad, la idea tuvo más padrinos. Roger Makins, del Foreign Office, escribió un memorándum a Churchill el 21 de mayo, poco después de que este asumiera la presidencia del Gobierno, en el que señalaba que el objetivo estribaba en mantener neutral a España, contrarrestar y reducir la propaganda alemana y fortalecer a los elementos españoles que deseaban la neutralidad. El problema era que los ingleses no tenían demasiadas cartas en su mano para lograrlo salvo por la vía comercial.

Hasta el momento el plan que Hoare y Hillgarth elaboraron en Madrid, tras recibir la luz verde inicial, no estaba documentado aunque Smyth ya esbozó sus líneas generales. Lo llevó personalmente a Londres el adjunto de Hillgarth (un marino llamado Furse), que también transmitió un apunte de March, no desclasificado, con los detalles operativos. La versión en limpio que preparó Makins se elevó a Halifax y a Churchill el 26 de junio. La han reproducido en facsímil ABC y El País.

A Franco se le atribuía el deseo de mantenerse neutral (en realidad, los franceses no tardaron en 'mosquearse' de que la ocupación de Tánger sería el preludio de una invasión de su protectorado, algo que el ministro de Asuntos Exteriores, el coronel Juan Beigbeder, todavía preconizaba un mes más tarde en cuanto se cumplieran ciertas condiciones). También se indicaba que Franco sentía un gran temor hacia Alemania (en realidad, estaba deslumbrado por la fulminante derrota de Francia y sabía que en Berlín se entendía que estaba dispuesto eventualmente a entrar en guerra).

Reino Unido proporcionó al ala derecha de la Falange los medios para organizarse y mantener su actitud pro-española y anti bélicaSegún la nota de Makins, a favor del Tercer Reich militaban Ramón Serrano Suñer, ministro de la Gobernación, y el general Juan Yagüe, ministro del Aire, así como "el ala izquierda" (sic) de la Falange. Hacia la neutralidad se inclinaba la “derecha” (que comprendía requetés y carlistas (sic), los medios empresariales -¿una idea de March?-, la mayor parte del Ejército y el campesinado).

Hoare y sus inmediatos asesores (el ministro consejero Arthur Yencken, el agregado militar coronel Wyndham W. Torr y, por supuesto, Hillgarth) querían proporcionar a esa “derecha” los medios de organizarse para que se mantuviera una actitud proespañola y antiforánea. Esto se encontraba en línea con los análisis efectuados en el Foreign Office un mes antes y coincidía con la opinión de Hillgarth y de la Inteligencia Naval.

Los británicos no pensaban que esa “derecha” fuese a obrar en su favor así como así. La alternativa, señaló la embajada, era que Serrano se hiciera con el poder (sic) y, a sueldo de los italianos, situara a España del lado del Eje. Estos detalles, un tanto curiosos y no demasiado bien orientados, no se conocían aunque algo ya lo sospechó Smyth.

A March, a quien Hillgarth había caracterizado según un documento exhumado por Ros Agudo como “el hombre más falto de escrúpulos y el más rico de España, además de uno de los más inteligentes”, Hoare lo presentó como enemigo jurado de Serrano. Su papel lo explicó de la forma más prosaica y comprensible posible: quería salvaguardar su fortuna.  

Los sobornables

Un punto fundamental de la operación fue que sus beneficiarios no debían conocer la financiación británica. Como sobornador aparecería únicamente el banquero mallorquín, que ya andaba metido en tratos con la Inteligencia Naval y cuyo nombre había llegado a Churchill cuando era ministro de Marina. Recordemos aquí que, por parte española, al menos dos de los generales estarían acostumbrados a verle en tal papel.

Un punto fundamental de la operación fue que sus beneficiarios no debían conocer la financiación británicaMarch había financiado la compra de material de aviación italiano antes del 18 de julio de 1936 y es imposible que lo ignorasen Alfredo Kindelán (un “chorizo” según los británicos, pero monárquico convencido) o Vicente Galarza –aunque en la nota por error se escribió Gallarza-  (el “Técnico” de la conspiración de 1936). Al primero se le asignaron en principio medio millón de dólares y al segundo, un millón. En el mismo núcleo duro figuraban los generales Antonio Aranda y José Enrique Varela (esto se sospechaba, pero no se había documentado, y ha levantado la airada protesta de algún investigador).

El personaje más destacado era Nicolás Franco (algo desconocido aunque se trataba de uno de los personajes más corruptos de la época). A cada uno de ellos se le asignaron dos millones de dólares. Obsérvese que no figuraba Beigbeder, que por aquellas fechas decía a Hoare un tanto hipócritamente que mirase bien porque no encontraría señales de que España fuese a entrar en guerra. Lo recogió en su diario Cadogan.

Cinco personas, por muy importantes que fueran, no podrían hacer muchas cosas por sí solas. El plan previó la necesidad de abordar a otros militares que ignorarían no sólo el origen británico, sino también el papel de March. Cómo se articularía el núcleo duro y el resto no figura en la documentación desclasificada.

Franco y Alfredo Kindelán con Wolfram von Richthofen, comandante en jefe de la Legión Cóndor, en León, 1939. (MANUEL MARTÍN)
Franco y Alfredo Kindelán con Wolfram von Richthofen, comandante en jefe de la Legión Cóndor, en León, 1939. (MANUEL MARTÍN)
De este resto únicamente los generales Queipo de Llano, Orgaz y Asensio Cabanillas (que acababa de ocupar Tánger y estaba a la espera de recibir órdenes para penetrar en el Marruecos francés) recibirían dinero en un principio. No los demás mencionados en la nota de Makins (Francisco Martín Moreno, Pablo Martín Alonso, José Solchaga y Agustín Muñoz Grandes). La referencia a este último, muy varado hacia la Falange, nos hace dudar de la exactitud de las informaciones de la embajada. Ahora bien, posteriormente se matizaron como lo fue también la noción de que se actuara gratis.

Varios de los nombres anteriores, aunque no todos, figuran en la literatura. Sin apoyo documental hasta el momento, que sepamos, aparecen los nombres de Carlos Martínez-Campos, Miguel Ponte, Fidel Dávila, Andrés Saliquet y José Monasterio.

A tenor de las informaciones llegadas a los británicos, los generales albergaban propósitos ambiciosos: pensaban en preparar un golpe que removiese del Gobierno a los elementos pronazis, entre ellos a Serrano Suñer y Yagüe. Sorprende, desde luego, que la embajada se hiciera eco acríticamente de la idea de que Franco lo aceptaría y que continuaría, tan tranquilo, como jefe del Estado. Hoare y sus subordinados no andaban tan bien orientados como traslucía la nota.

Churchill, entre la espada y la pared

A pesar de que el análisis era un tanto deficiente, la sustitución de Yagüe el 27 de junio la interpretaron los británicos como un éxito de sus maniobras (algo exagerado pues Yagüe se había ganado a pulso el relevo por otras razones). Dado que le sustituyó Juan Vigón, considerado pro-Eje por la embajada, tal “victoria” era como para mirarla con lupa, pero no debemos olvidar que los dirigentes británicos estaban ansiosos por comprobar cuanto antes si los sobornos daban resultados tangibles.

Los generales albergaban propósitos ambiciosos: pensaban en preparar un golpe que removiese del Gobierno a los elementos pro-nazis, entre ellos a Serrano Suñer y YagüeEs obvio que Hoare puso a Churchill ante una disyuntiva radical. En la frágil situación española, con Francia fuera de combate y los británicos solos ante un enemigo que acababa de apuntarse una victoria impensable, el embajador reclamó que le dieran una respuesta al día siguiente, 27 de junio. En el Foreign Office alguna voz se levantó para dudar de la inminencia de una entrada española en guerra. También se consideraban “chorizos” (crooks) a Queipo y a March.

De todas formas, en Londres se había planteado ya en abril la posibilidad de ocupar Canarias si Franco optaba por la beligerancia. Pocos días antes de la propuesta de Hoare, la decisión había recaído en las Azores. A finales de julio se aceptó formalmente la necesidad de preparar un ataque a estas.

En consecuencia, durante cuatro semanas puede que hubiese en Londres un cierto vacío estratégico con referencia a España. Cerrarlo por medios convencionales como los comerciales y la concesión de créditos era condición necesaria, pero no suficiente. Los sobornos llegaron en el momento preciso para colmar tal vacío. Si Churchill no vaciló en bombardear la flota francesa en Mers-el-Kebir, el 3 de julio, con el fin de evitar su eventual utilización por los alemanes, menos lo haría en “comprar” a unos cuantos generales y políticos españoles 'engrasados' por un banquero al que sus funcionarios caracterizaban de poseer escasos escrúpulos.

                                                                   (Mañana, segunda entrega de la investigación)

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