UN DOCUMENTAL REVISA EN CLAVE IRÓNICA LA VISITA DEL LÍDER CUBANO A GALICIA EN 1992

Fraga y Fidel, una historia de amor incestuosa

Por favor, concéntrese con todas sus fuerzas. ¿Ya? Ahora imagínese el siguiente cuadro: miles de personas en una romería gallega en el campo. Un pequeño grupo

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Fraga y Fidel, una historia de amor incestuosa
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Por favor, concéntrese con todas sus fuerzas. ¿Ya? Ahora imagínese el siguiente cuadro: miles de personas en una romería gallega en el campo. Un pequeño grupo se aparta para jugar una partidita de dominó dentro de un camión de feria tuneado. Arranca el match. Hay demasiado barullo alrededor de los jugadores. Manuel Fraga, presidente de la Xunta, exige que se tomen en serio el juego; pide “seriedad” y “silencio”, paso previo (quizás) a cagarse en los muertos de los allí presentes sino cierran el pico inmediatamente. Silencio. Don Manuel lanza su ficha… Fidel Castro mira las suyas y arroja una a la mesa con gesto histriónico… Stop. ¿A que suena todo muy extraño? Pues la partida cumplía escrupulosamente con el reglamento del dominó: antes de sentarse a la mesa, los jugadores habían consumido ingentes cantidades de pulpo a feira y queimada, luego estaban en las condiciones ideales para afrontar la partidita del siglo, un extraordinario desafío lúdico y geopolítico, un duelo de titanes ebrios en toda regla. Dominó o muerte, venceremos. Bienvenidos al loco mundo de Fraga y Fidel. Sin embargo, documental de Manuel Fernández-Valdés sobre la histórica visita del comandante cubano a Galicia en 1992. 

El match lo ganó Fraga, aunque Castro había triunfado en una partida anterior, disputada un año antes, cuando recibió a Fraga en Cuba con honores de jefe de Estado. Fraga visitó allí la casa de su padre. Meses después, Fidel hizo lo propio en Galicia. Contexto sentimental: “El padre de Fidel Castro era gallego. A principios del siglo XX emigró a Cuba y no regresó. El padre de Manuel Fraga era gallego. A principios del siglo XX emigró a Cuba y sí regresó”, explica el documental en su arranque. Contexto geopolítico: el bloque del Este empezó a desmoronarse en 1989 tras la caída del Muro de Berlín. La red comercial y política de Cuba se volatizó por arte de magia. La isla inició su Periodo Especial y multiplicó las acciones diplomáticas para escapar del aislamiento económico.

 

¿Qué ganaba Fraga recibiendo a Fidel en Galicia? Notoriedad, como poco. Una de las características políticas de don Manuel fue su “inquebrantable adhesión al poder”, según contó Fernández-Valdés en la presentación del filme, estrenado en la Cineteca de Matadero en Madrid. Adhesión a cualquier poder: “Fraga siempre vivió calentito. Lo que pensaba era lo que más le convenía en cada momento. Vivió una vida muy satisfactoria en ese sentido”, añadió el director.

Un oportunismo que hizo buenas migas con el pragmatismo de Castro: “A los dos les convenía políticamente la visita y, la verdad, lo hicieron muy bien”, señaló Fernández-Valdés.

Todo un realista

Castro había dado muestras a lo largo de su longeva carrera de no hacer ascos a la realpolitik (ejemplo: su apoyo a la invasión soviética de Checoslovaquia en plena explosión crítica sesentaiochista), pero el Periodo Especial le puso a prueba. Un día antes de viajar a Galicia había pasado por la Expo de Sevilla (ah, el 92, eseo no parar de saraos) para reunirse con el Rey y varios líderes latinoamericanos. Como se ve en el documental, durante la sobremesa, con una copa en la mano y en pleno ambiente relajado, soltó: “Yo ahora soy un realista”. A su lado, unos joviales y bronceados Juan Carlos I y Carlos Menem (ambos en la cumbre de su poder, eran otros tiempos) se partían de risa. La juerga de la realpolitik.El documental opta por la “ironía” y la “distancia”, para revisar el paso del revolucionario cubano por Galicia

Fraga y Fidel. Sin embargo opta por la “ironía” y la “distancia”, para revisar el paso del revolucionario cubano por Galicia. Al fin y al cabo se trató de un viaje alimentado por la paradoja política: el caluroso encuentro entre dos políticos antagónicos ideológicamente. La cinta vendría a ser un estudio antropológico sobre la artificiosidad y el sinsentido de las visitas de Estado si uno las analiza con detalle. Su director, convertido en desenfadado protagonista, recrea paso a paso los recorridos del 92 apoyado por imágenes de archivo y el recuerdo de los que acompañaron a Castro: políticos, empresarios, recepcionistas y mujeres de la limpieza dos décadas más viejos… Les insta a que recuerden todos los detalles por banales que sean; cuanto más banales mejor, de hecho: se trata de neutralizar la mitomanía que rodeó al evento. 

“Quería alimentar el mito hasta pincharlo por reducción al absurdo”, aclaró el director. Las escenas cómicas no tardan pues en llegar. Tras comer Castro en un restaurante, un centenar de personas llama al lugar para hacerse con piezas de la vajilla tocada por el comandante. “Sólo teníamos la taza de café, si lo llegamos a saber guardamos todo y hacemos negocio”, explica un camarero. En efecto, sólo falto que las masas frotaran décimos de lotería en la espalda de Castro o le pidieran que curara a unos paralíticos...


La fascinación por Castro, en la que cayeron anfitriones de ambos espectros ideológicos, iba más allá de cuestiones ideológicas. Era más bien fetichismo histórico: que es Fidel Castro, joder, como no vamos a ir a verle. Uno de los tíos más famosos del siglo XX ha llegado al pueblo. Sombreros fuera. “A pesar de todos los pesares, Fidel sólo hay uno”, razona el alcalde de Perbes, por donde pasó la comitiva. Al mandatario, desde luego, no le tembló el pulso ideológico. Ni ayer ni hoy: cuando Fidel pasó por ahí era alcalde por el PSOE y ahora, dos décadas después, lo es por el PP. El rodillo bipartidista. Metáfora perfecta del propio filme: el pragmatismo político como una de las bellas artes.

Más paradojas y momentos inolvidables de ambigüedad política: Fraga recorriendo con Castro el casco histórico de Santiago mientras la turbamulta grita: “Viva Cuba, revolucionaria”, y el presidente de la Xunta saluda encantado. O el muy rojo alcalde de Oleiros, donde Castro fue homenajeado por sus correligionarios, lanzando enfebrecidas lisonjas a don Manuel, convertido en inesperado compañero de viaje. Lo que Galicia ha unido, que no lo separe la política.

Entre salpicón y tarta de Santiago

Lo cantaba Julio Iglesias: Un canto a Galicia, hey, terra do meu pai. Un canto a Galicia, hey, miña terra nai. Pero no nos pongamos sentimentales. Fernández-Valdés pone en solfa el galleguismo de la visita y habla de “coartada sentimental” y “coincidencia estratégica” para neutralizar el intento de vender ambos viajes como un regreso a las raíces de los estadistas.Quizás Fidel no entendió una sola palabra de lo que le contó Fraga y se dedicó a poner cara de póker geopolítico

Y así transcurrió la visita. Entre merluzas a la gallega, salpicón, tarta de Santiago y aguardientes varios. “Esas cositas tan del gusto de don Manuel”, explica el hostelero del restaurante favorito de Fraga.

Colofón. Fraga hablando con Fidel en mitad de un sarao y el comandante poniendo cara de no entender absolutamente nada de lo que le dice Don Manuel. Ya sabemos que Fraga hablaba muy raro (por utilizar un eufemismo). Hipótesis: quizás Fidel no entendió una sola palabra de lo que le contó Fraga durante los dos días y se dedicó a poner cara de póker geopolítico. La realpolitik es así; en todo caso, no se puede decir que al muchacho cubano se le haya dado mal: a poco que se esmere, va a acabar enterrándonos a todos. Hey.

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