ITALIA RECLAMA UN MILLÓN DE EUROS AL ARQUITECTO

Todos los caminos de Santiago Calatrava acaban en los tribunales

Son todos grandes, son todos blancos y son todos carísimos. Los edificios de Santiago Calatrava y sus reconocibles atributos le vinieron de perlas este verano a

Son todos grandes, son todos blancos y son todos carísimos. Los edificios de Santiago Calatrava y sus reconocibles atributos le vinieron de perlas este verano a la revista Time, cuando quiso tratar los excesos del pelotazo nacional hablando de una Procesión de elefantes blancos en España. Si el apelativo 'white elephant' se aplica en inglés a los regalos lujosos, excesivos e inútiles, algunos de los Nuevos castillos no deseados en España –y en concreto, algunos de los menos deseados– son, como el elefante de la metáfora, pulidos, blancos y monumentales. Y como a él, hay que mantenerlos costosamente pese a no saber muy bien para qué sirven. La comparación estaba servida.

Hace ya tiempo que no sólo España –en Valencia, Madrid, Sevilla, Murcia, Barcelona, Tenerife y Palma de Mallorca, entre otras ciudades– alimenta a los paquidermos de Calatrava. También ciudades como Nueva York, Zúrich, Lyon y Venecia tienen incrustado en su callejero, y en sus presupuestos municipales alguno de los inmuebles exquisitamente pulidos de Calatrava. Allí, como aquí, muchos no están contentos. Los últimos, los venecianos, cuyo Tribunal de cuentas anunció este martes que pedirá al arquitecto más de un millón de euros para subsanar lo que considera "un daño duradero" infligido a la ciudad, su famoso –por polémico– cuarto puente sobre el Gran Canal.

Hoy es internacional, pero Santiago Calatrava salió de España, de su Valencia natal, y lo hizo catapultado. Ganó fama entre los profanos por obras como el puente Lusitania en Mérida en 1991 y el del Alamillo, inaugurado sobre el Guadalquivir en Sevilla con motivo de la Expo 92, pero su edad de oro vino con la expansión económica española. El arquitecto se convirtió en la rutilante estrella de la arquitectura nacional de principios de siglo y gozó del patrocinio de autoridades, Gobiernos y ministerios, que no sólo le encargaron sus proyectos faraónicos firmando cheques a su favor poco menos que en blanco: también entonaron en su honor un cántico de alabanzas –como el Premio Nacional de Arquitectura de 2005, sólo para empezar– que contribuyó a coronarlo con laureles en el olimpo, aún no conocido por ese nombre, de la marca España.

Precios variables

Hoy las cosas son distintas. El World Trade Center Transportation Hub, el intercambiador que Calatrava proyecta en la Zona Cero de Nueva York, cuenta desde su anuncio con la oposición de un frente creciente de instituciones locales que se quejan de lo mismo que suelen lamentar todos cuando se trata de Calatrava: los costes. El presupuesto del arquitecto en la ciudad de los rascacielos –que la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey calificó en su día de "inaceptable"– se ha multiplicado constantemente desde que empezó el proyecto, cuando iba a costar 2.200 millones de dólares, hasta la estimación actual, que va por los 3.400.

Es lo que ha pasado también en Venecia –cuyo presupuesto ha cambiado cinco veces hasta alcanzar los 11,7 millones de euros– y lo que ha ocurrido en casi todas las ciudades en que Calatrava ha levantado un proyecto. Su primer trabajo en Valencia –el puente del 9 d'Octubre, de 1988– se desvió más de un 175% de su presupuesto original y requirió la inversión de 2,7 millones de euros –455 millones de pesetas– pese a que iba a costar sólo uno. El Palau de les Arts Reina Sofía, también en su Valencia natal, se encareció durante su construcción casi un 210% y en 2005 costó 330 millones de euros.

Últimamente nadie acaba contento con los edificios de Calatrava, empezando por su propio autor. El último de sus desencuentros ha sido contra Jovellanos XXI, la empresa que construye su inacabado Palacio de Congresos y Exposiciones de Oviedo, a quien ha denunciado por sus valoraciones sobre los presuntos defectos del edificio –como la inmovilidad de arco móvil o los defectos en el pavimento, que el Ayuntamiento de la ciudad ha valorado ya en 1,3 millones de euros–. Es el segundo culebrón judicial que protagoniza el imponente inmueble. El primero lo perdió el propio arquitecto, por cierto, después del derrumbe en 2006 de una parte de la estructura. El valenciano, su estudio Hoc Signo Vinces, una promotora y una subcontrata tuvieron que pagar a Allianz 3,5 millones de euros.

Y cuando ha ganado en los tribunales, ni siquiera ha acabado embolsándose tanto. En Bilbao fue el propio arquitecto quien denunció, en este caso a su Ayuntamiento, por colocar una pasarela sobre su puente Zubi-Zuri. Calatrava estimó que el añadido vulneraba su derecho a la propiedad intelectual y exigió al Ayuntamiento que la retirara y que le indemnizara con 250.000 euros; de no quitarla, le debería abonar una indemnización de al menos 3 millones de euros. La Justicia le dio la razón, pero no a sus desproporcionadas pretensiones económicas, y condenó al Ayuntamiento y a las dos empresas constructoras a que abonasen la cantidad casi simbólica de 10.000 euros cada una. 

La polémica arreció aun más cuando el consistorio se gastó 60.000 euros en desplegar un tapiz antideslizante sobre el suelo de esa misma instalación, ya que una gran cantidad de viandantes y vecinos había denunciado que era demasiado resbaladiza en los días de lluvia. La cantidad es similar a la que invirtió Murcia, también en 2012, para solucionar un problema similar en la pasarela que diseñó Calatrava sobre el río Segura.

Leyenda negra

Hubo unos años, y no quedan tan lejos, en que todos querían a Calatrava en su callejero. Uno de los productos más emblemáticos que parió burbuja fue el llamado Obelisco de Calatrava, un capricho de 92 metros en la Plaza de Castilla de Madrid por el que la malograda Caja Madrid y el Ayuntamiento de la capital pagaron en 2009 14,5 millones de euros –9 de la caja, 5,5 públicos–. 

A principios de 2012 el delegado de Las Artes del Ayuntamiento de Madrid, Fernando Villalonga, reconoció que el mantenimiento del monumento resulta también "más caro de lo pensado", algo que sabe con conocimiento de causa, ya que era director de estudios del arquitecto cuando se diseñó la columna. Poco antes se conoció un informe interno del Ayuntamiento que cifraba el mantenimiento del obelisco en 312.000 euros hasta el año 2014.

No es el primer elefante que aparece enmarañado en un escándalo de corrupción, lo que no contribuye a blanquear la leyenda negra en torno al arquitecto. El expresidente del Govern balear del PP, Jaume Matas, prometió en 2007 a los electores que Palma de Mallorca tendría un fastuoso palacio de la ópera construido por Calatrava, pero el proyecto se suspendió al perder el poder en los siguientes comicios. Cuatro días antes de abandonar su despacho, sin embargo, Matas firmó el pago de 1,2 millones a Calatrava –que según publicaron los medios era en realidad un inmueble que el arquitecto había diseñado años atrás para Zúrich– más 120.000 euros por dos maquetas y 80.000 euros por un vídeo. Hoy el asunto está en manos del juez José Castro, que contempla la posible adjudicación irregular del anteproyecto en la bahía de Palma a favor del arquitecto. 

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