EL ENIGMÁTICO MAPA DE PIRI REIS CUMPLE 500 AÑOS

Un mapa de la Antártida siglos antes de que fuera descubierta

Acaba de cumplir cinco siglos, pero retrata la costa de América con una precisión de satélite y llega hasta la Antártida. El Mapa de Piri Reis, dibujado

Foto: Un mapa de la Antártida siglos antes de que fuera descubierta
Un mapa de la Antártida siglos antes de que fuera descubierta

Acaba de cumplir cinco siglos, pero retrata la costa de América con una precisión de satélite y llega hasta la Antártida. El Mapa de Piri Reis, dibujado en 1513 por el almirante otomano que lleva su nombre, es un hito de la cartografía pero también una fuente de incógnitas que trae de cabeza a cartógrafos e historiadores desde que se redescubrió, polvoriento y olvidado, durante la reforma del Palacio de Topkapi de Estambul en 1929. Incluso a los conspiranoicos que se preguntan cómo pudo Reis conocer los contornos del litoral caribeño con semejante precisión cuando solo un puñado de europeos los habían pisado. Y, por descontado, cómo podía saber siquiera de la existencia del continente polar austral, cuyo descubrimiento oficial tuvo lugar en el siglo XIX. 

Pero los años pasan desde la aparición del enigmático mapa sin que, de momento, nadie haya podido probar su falsedad o que pertenezca siquiera a una época distinta al siglo XVI. Por el contrario, cada vez parece más probable que el virtuoso cartógrafo otomano contase en su confección, como él mismo presumió, con la ayuda indirecta de un nombre propio cuya solvencia en la materia, ahora sí, nadie pone en duda. Se trata de Cristóbal Colón.

En 1501, nueve años después del descubrimiento de América, el corsario Kemal Reis, capitán de la flota otomana, abordó siete naves españolas en el Mediterráneo y descubrió, tras interrogar a sus tripulantes, que uno de ellos había viajado y regresado con Colón del Nuevo Mundo. Kemal hizo al hombre su esclavo y se lo envió a su sobrino Piri, también capitán de nave y cartógrafo.

Según la teoría más consolidada, no por ello poco discutida, fue a través de él como el joven Reis consiguió una carta de navegación o un portulano –mapa anotado basado en la rosa de los vientos– dibujado directamente en las costas caribeñas, que algunos atribuyen al cartógrafo cántabro Juan de la Cosa –otro acompañante de Colón y autor de la primera carta conocida del continente– o al propio puño del descubridor. Lo cierto es que cuando Reis obsequió al sultán Solimán el Magnífico en 1526 con su Bahriye –también conocido como el Libro de las Materias Marinas, ampliado para la ocasión con este completo mapa del mundo conocido–, incluyó una pequeña referencia en verso en la que se remontaba a "un astrónomo llamado Kolon [...] que partió a buscar las Antillas [...] y las descubrió. Hoy la ruta es muy conocida y su mapa llegó hasta nosotros".

Desvelando el misterio de Colón

El Mapa de Reis y su Libro de las Materias Marinas pueden tener mucho que decir sobre la biografía de Cristóbal Colón, cuyas andanzas se desconocen hasta poco antes de su descubrimiento. El otomano incluso explicó que, según su cautivo prisionero español, Colón habría sabido de la existencia del continente occidental antes de viajar a él gracias a un libro del que disponía –"del tiempo de Alejandro Magno", según el propio Reis–, lo que contradice alguna de las teorías más consolidadas en la actualidad sobre el conocimiento que el descubridor tenía de América antes de llegar allí. Entre otras, se ha especulado con que dispusiera de unas cartas de navegación portuguesas en las que ya aparecía el continente e incluso con que hubiera conocido en persona a un hipotético marinero europeo que habría llegado a pisar el Nuevo Mundo antes, que algunos identifican con un español llamado Alonso Sánchez de Huelva y otros denominan convencionalmente el prenauta.

Reis incluso incluyó en su texto algunos pasajes del desconocido marino que acompañó a Colón y que describió su experiencia a los turcos de primera mano: “Los habitantes la isla vieron que la llegada de nuestro barco no significaba ningún mal para ellos, por consiguiente tomaron pescado y nos lo trajeron en sus canoas". Según su versión, el documento del que disponía Colón no solo contenía la ubicación de América, sino también detalles sobre sus habitantes. "Los españoles quedaron muy contentos y les regalaron cuentas de vidrio porque Colombo había leído en su libro que a esos hombres les gustaban las cuentas de vidrio”, explica.

Sea como fuere, lo cierto es que Reis contó con otras fuentes aparte de las colombinas, entre ellas unas que atribuyó a "los antiguos reyes del mar", un epíteto que anima un encendido debate hasta el día de hoy y que algunos identifican incluso con los navegantes fenicios del siglo IV a.C. Aunque hoy nadie duda de que otros llegaron navegando a América antes que los españoles, no parece probable que Reis pudiera tener acceso a carta alguna que lo documentase.

El mayor enigma que Reis planteó a la posteridad, sin embargo, es la presencia de la Antártida en su mapa. La historia oficial cuenta que fue el capitán británico James Cook quien se internó por primera vez en el Círculo polar antártico en 1776, sin llegar siquiera a descubrir la Terra Australis Incognita, como se conocía entonces al continente. Pero el Mapa de Reis insinúa otra cosa bien distinta.

El enigma antártico

Aunque aparece como una prolongación errónea del Cono Sur, Reis dibujó con claridad la Tierra de la Reina Maud, en la zona oriental del continente polar, y algunas de las bahías y cabos adyacentes. De ser cierta esta interpretación del documento –la más aceptada entre los expertos, aunque otra proponga que el mapa solo representa las latitudes tropicales de América–, implicaría que alguien visitó aquellas costas antes del 1500 y se detuvo el tiempo suficiente como para trazar mapas de sus litorales. Es lo que sostienen autoridades como el cartógrafo estadounidense Arlington Mallery después de estudiar reproducciones del documento, aunque es una explicación que plantea incógnitas aún más acuciantes. Para empezar, quién fue este misterioso explorador primordial y cuándo acometió su hazaña.

Otra teoría, sin duda una de las más aventuradas, sostiene que las costas que Reis pintó al sur del planeta son, en efecto, las del continente antártico, y que si carecen de la precisión que observamos en el Caribe es por una razón simple: se trata de las costas reales de la Antártida, no de las que recorta en el océano su casquete polar. O bien su autor trazó un mapa especulativo de las tierras bajo el hielo –y ya no se trataría solo de un hipotético explorador primigenio, sino también de un visionario adelantado a su tiempo– o bien la Antártida pudo presentar ese aspecto hace poco tiempo. Es lo que sostiene el científico estadounidense Charles Hapgood, que enunció la hipótesis del deslizamiento polar. Él cree que la ubicación de los polos y del eje de rotación terrestre cambian frecuente y violentamente, provocando deshielos y congelaciones súbitas y presenta el Mapa de Reis como prueba de su teoría.

Por desgracia, uno y otro tendrán que quedarse con las ganas de ver sus hipótesis demostradas. Ninguna de las catorce fuentes cartográficas conocidas –de las veinte a las que recurrió el turco– desvela el misterio. Además del comentado mapa hispano, Reis utilizó cuatro novedosas cartas de navegación portuguesas que describían China, el Índico y parte de América, una árabe que describía La India y ocho antiguos documentos ptolemaicos cuyo contenido se desconoce. Las otras seis se han perdido.

El Mapa de Reis, mientras tanto, sigue en el Museo Topkapi Sarayi, en el mismo palacio de Estambul en que se descubrió, de donde nunca se ha movido y donde es expuesto al público solo en contadas ocasiones. La piel de gacela en que está dibujado, aseguran los celosos conservadores turcos, se deteriora con facilidad y al documento no le conviene el trasiego. Cartógrafos y científicos de todo el mundo hacen cola mientras tanto para ponerle las manos encima y esperar a resolver si no todos, algunos de sus misterios. Y otros tantos esperan el momento pero con menos entusiasmo, asegurando que los misteriosos siete sellos que guardan el mapa no solo lo preservan de la corrosión: también de la credibilidad.
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