Un naufragio en un Imperio convaleciente
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Un naufragio en un Imperio convaleciente

“En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente, el fondo arenoso. Hombres de

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Un naufragio en un Imperio convaleciente

“En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente, el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipados con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos ennegrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingotes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso botín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata”. No fue el capitán Nemo el primero en intentar aprovecharse de los tesoros que periódicamente cruzaban el Atlántico en los vientres hinchados de los galeones de la Carrera de Indias. Ni fue Julio Verne el primero en imaginar mucho mayores aquellos tesoros de lo que realmente fueron.