Viajes imposibles | Lujo en Bangkok, el museo más raro y terror en el Banco de España
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Viajes imposibles | Lujo en Bangkok, el museo más raro y terror en el Banco de España

A veces, viajar es poder conocer los lugares más variopintos que imaginemos: desde el espacio más lujoso del mundo, al más extraño que nos echemos en cara... o el más trágico

Foto: Imagen: Rocío Márquez.
Imagen: Rocío Márquez.

Puestos a soñar, empecemos por mi lugar favorito: Bangkok (Tailandia). Hace un par de años, era la ciudad que recibía más turistas de todo el mundo. Ahora, los desplazamientos son mínimos y los precios están por los suelos. Por menos de 80 euros la noche —para dos personas, quién querría ir con niños después del año que llevamos—, se puede alquilar un apartamento absurdamente lujoso en la planta 50ª de uno de los edificios más altos de la ciudad, un rascacielos en el que se han filmado escenas de algunas de las grandes joyas del cine contemporáneo, como 'Resacón en Bangkok'. El que no tenga planeado hasta el último detalle del fiestón de fin de pandemia es que no tiene alma.

La terraza con vistas sobre el río Chao Phraya es todo lo que necesitas para ser feliz, aunque a veces arrastra la mente a sitios arriesgados. El actor David Carradine murió en la habitación de un lugar así en 2009 y los forenses llegaron a la conclusión de que se ahogó por "asfixia autoinfligida con el fin de aumentar su estimulación sexual durante una masturbación". 'Asfixia autoerótica' es el nombre técnico de lo que sea que hizo. Y en el bar al aire libre del último piso conocerás a turistas belgas en sandalias y a personas que actúan como traficantes de piedras preciosas. También a otras que lo son.

Si crees que no es necesario subir tan arriba, este otro apartamento se ofrece a 53 euros la noche y tanto el barrio como el edificio tienen mucho encanto:

Las piscinas a decenas de metros de altura se pusieron de moda en algún momento de los noventa. Cuando nadas hacia el exterior, solo ves el cielo y otros edificios, lo cual está muy bien. El lujo paródico, estilo Miami, viene con todo: 'jacuzzi' y cosas de esas que solo utilizas porque vienen incluidas en el precio. Las paredes de cristal no tienen mucho sentido energético en una ciudad tropical, pero la idiotez forma parte del encanto.

Y finalmente un restaurante. Hace años que no voy y podría haberse convertido en un espanto, pero era de mis favoritos cuando vivía allí. Además, se encuentra fuera del circuito tradicional. Se llama Soul Food y lo abrió un estadounidense con su esposa china con una idea que llamó mucho la atención: ofrecer la comida callejera en un ambiente agradable, con ingredientes de primera y un poco más de cuidado por los detalles de lo habitual. Soy incapaz de explicarles en qué consiste, pero prueben el 'yum hua plee'.

El museo viviente más grande del mundo

Hay dos cosas por las que merece la pena pasar tiempo en Estados Unidos. La primera son los Tumbs, unos caramelos antiácido tipo Almax que se venden en todos los sitios y que tienen colores y sabores de frutas (cuando digo frutas, quiero decir gominolas). La segunda son los museos vivientes. Mi teoría (totalmente improvisada) es que al ser un país sin apenas patrimonio arquitectónico y con una historia tan reciente, recurren a actores y voluntarios para poder visibilizar su pasado. Quizá también ayuda la espectacularización propia de la cultura americana.

Da igual. La cosa es que hay museos de este tipo por todos sitios. En la costa este, tenemos buenos ejemplos. Uno es Harpers Ferry, donde se recrea el asalto de John Brown, un abolicionista que tomó con 21 hombres un pequeño arsenal en la espectacular confluencia del río Potomac y el Shenandoah y provocó un incidente mil veces relatado que sirvió de prólogo a la Guerra de Secesión. Pero el mejor —es posible que sea el museo viviente más grande del mundo— es Colonial Williamsburg, un proyecto iniciado por John Rockefeller Jr. en los 'felices años veinte' y que hoy es una institución educativa privada sin fines de lucro.

placeholder Foto: Irene de Pablo.
Foto: Irene de Pablo.

El nombre suena más hoy por el barrio de moda de Brooklyn, pero Wiliamsburg fue la capital de la colonia más rica y grande de Inglaterra (Virginia) y uno de los lugares donde fermentó la independencia de los Estados Unidos. Hoy, el centro aloja un parque temático histórico con miles de actores y voluntarios vestidos de época. Aunque se organizan incontables espectáculos y charlas, lo realmente fascinante es dar vueltas por una ciudad que recrea el ambiente del siglo XVIII y ver trajinar a sus habitantes. Ellos intentan comportarse y hablar como lo hacían sus ancestros. No se salen del guion ni siquiera cuando los visitantes ponen a prueba su paciencia. Por cierto: la mayoría están ya vacunados y no necesitan mascarilla.

El recinto está montado con el concepto de 'mundo abierto' y resulta complicado exprimirlo en una visita de un solo día. A los cerca de 90 edificios de época perfectamente conservados, han añadido cientos de casas, negocios y dependencias públicas, reconstruidos sobre sus cimientos originales. Tiene casi todo lo mejor —y casi nada de lo peor— de los buenos parques de atracciones. El planteamiento divulgativo combina los grandes personajes y acontecimientos históricos —se puede charlar con el marqués de Lafayette, George Washington, Thomas Jefferson…, incluso bromear sobre sus sombreros— con el costumbrismo y la forma de vida de la época —en mi opinión, esto es lo más logrado y lo más interesante—. Cosas como sentarse en el bar de una posada y escuchar un pormenorizado relato sobre cómo se viajaba hace tres siglos —les adelanto que era excepcional, incómodo y bastante caro—. O sentarse a ver trabajar a un artesano de pelucas y aprender todo sobre el negocio.

placeholder El museo viviente más espectacular de EEUU.
El museo viviente más espectacular de EEUU.

Aunque no es obligatorio, a Colonial Williamsburg se recomienda ir disfrazado, alquilando un atuendo o comprándolo en el recinto —la selección de pelucas es excelente—. El viaje combina muy bien, por cierto, con una lectura que no se le debería escapar a nadie que aspire a entender algo sobre este país. 'La otra historia de los Estados Unidos', de Howard Zinn, un libro que se puso de moda hace algunos años y que tiene un planteamiento parecido al del museo: cuenta la historia del pueblo americano, moviendo el foco de los presidentes y los grandes discursos y trasladándolo a las condiciones de vida de la gente, así como a la estructura productiva y la evolución económica de la sociedad. Que es la única manera de entender algo.

Asalto al Banco de España

Todos los audios son muy parecidos. Un terrorista descuelga el teléfono y explica, sin mucha gravedad, que acaba de colocar un artefacto explosivo. Lo hace poniendo vocecillas, o distorsionándolas con acentos extravagantes o forzando los agudos. Al otro lado de la línea, el funcionario responde con educación e intentando no equivocarse al anotar el lugar y el momento de la deflagración.

"¿Me puede repetir la calle, por favor?".

La conversación se alarga unos cuantos segundos y resulta hipnótica. Cuando acabas de escuchar cinco o seis diálogos similares, ya estás dentro. Conectas una sintonía que se nos ha ido olvidando estos años: la de la cotidianeidad del terrorismo.

placeholder Imagen: Rocío Márquez.
Imagen: Rocío Márquez.

Vitoria es una de las ciudades más elegantes y tranquilas de España: el lugar perfecto para albergar algo tan incómodo y volátil como el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo. Se inauguró el 1 de junio en la sede —ya sin uso— del Banco de España, lo que no deja de ser paradójico. Los primeros días aparecieron pintadas y hubo algún pequeño acto de protesta. Ahora ya es parte del paisaje, aunque siguen siendo muchos quienes prefieren no verlo.

Los memoriales los carga el diablo y este en concreto tenía especial peligro. Pero el planteamiento inicial desactiva la polémica. Y los detalles pulverizan la suspicacia. Se centra en lo concreto, es pudoroso hasta límites sorprendentes y coloca el dolor en el centro —sin pornografías—, otorgando por ejemplo la misma dimensión de partida al terrorismo de Estado, a los GAL. En este sentido, está a la altura de la Galería 11/07/95 de Sarajevo o del Museo del Holocausto en el National Mall.

Foto: Ilustración: Rocío Márquez.

Uno de los reclamos más mediáticos es la reproducción del zulo de Ortega Lara. No hay aquí mucha sorpresa, porque la experiencia resulta tan asfixiante como uno puede imaginarse. Lo inesperado llega más bien en los montajes audiovisuales y en los detalles. Por ejemplo, en las cartas de extorsión enviadas por ETA, expuestas y contextualizadas. Se aprende que, a partir de cierta fecha, la extorsión se burocratiza y todas tienen un código alfanumérico, como si fuesen un comunicado de la Agencia Tributaria.

A uno le resulta complicado llegar a conclusiones o aventurar moralejas sobre un asunto tan movedizo, tan vivo, tan sufrido y con tantos estudiosos contemporáneos como el terrorismo. Lo que sí se puede hacer es decir que el Memorial es mucho más que la expresión de una mirada política, que no hay ningún motivo por el que no ir a visitarlo, que nos interesa a todos (aunque creamos lo contrario) y que, al salir, te deja un buen rato pensando por las calles de una ciudad hermosa.

Puestos a soñar, empecemos por mi lugar favorito: Bangkok (Tailandia). Hace un par de años, era la ciudad que recibía más turistas de todo el mundo. Ahora, los desplazamientos son mínimos y los precios están por los suelos. Por menos de 80 euros la noche —para dos personas, quién querría ir con niños después del año que llevamos—, se puede alquilar un apartamento absurdamente lujoso en la planta 50ª de uno de los edificios más altos de la ciudad, un rascacielos en el que se han filmado escenas de algunas de las grandes joyas del cine contemporáneo, como 'Resacón en Bangkok'. El que no tenga planeado hasta el último detalle del fiestón de fin de pandemia es que no tiene alma.

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