Dónde come McCoy | Le Bistrot y Las Tejuelas: de sitios que son pura sorpresa
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EXPERIENCIA GASTRONÓMICA

Dónde come McCoy | Le Bistrot y Las Tejuelas: de sitios que son pura sorpresa

En las recomendaciones de hoy no busquen formalidades artificiales porque no las van a encontrar. Prima el trato familiar y cercano. Y se agradece

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Imagen: Irene de Pablo.

Hay lugares en España en los que se come muy bien y que no tendrían, como regla general, cabida en una columna gastronómica al uso, sujeta, las más de las veces, a la doble esclavitud de la novedad y la excepcionalidad. Sin embargo, 'Dónde come McCoy' pretende escapar de esa convención y limitarse a recoger aquellas experiencias culinarias que, por hache o por be, me han llamado la atención. No estar sujeto a ese corsé permite poder hacer artículos como el de hoy, que pretenden simplemente homenajear a gente que lo hace muy bien y que, como el coronel, no tiene quien les escriba. Ni lo van a tener nunca.

Alberto y Toño, el primero en la cocina, el segundo en la sala. De apellido, Lamana. En Tudela (Navarra), en una calle recóndita, con apenas cuatro mesas altas en la calle y un comedor minúsculo presidido por una barra que, cuando la vida era normal, debía estar repleta de pinchos. Aparentemente, hay más espacio en el interior, pero la pandemia manda. Cerrado. Local que fuera de su abuelo, luego de su tío y que decidieron hacer suyo el verano del 19. La carta de pinchos da un poco de pereza, como que mucha fritura. Que estamos en Navarra, coño, ¿y las verduras? Nos hemos equivocado. Una cerveza y nos vamos. Pero Toño, aunque está solo, atiende a cada cliente como si fuera el primero, como si fuera el último, como si fuera el único. Desborda simpatía. Y tampoco tenemos alternativa. Va, venga, nos quedamos. Nos ha conquistado.

Y, entonces, el milagro.

Foto: Ilustración: Rocío Márquez.

Joder, estas gildas están de muerte, así para empezar. Vaya con la croqueta de jamón y huevo, crujiente por fuera, líquida por dentro, ni tan mal. ¿Y el 'soldadito', especie de mini San Jacobo de jamón y queso? Se deja bien comer, ¿no? Sigamos, sigamos. Vamos con el pimiento relleno, en formato tapa. Madre mía. Llegados a este punto, 'Toño, nos abandonamos'. Y, con la tontuna, el original cogollo con cochinillo y mejillón sobre salsa de pesto rojo, rico, rico y con fundamento. Y los fueras de carta, '¿no querías verdura?, pues toma tres tazas': alcachofas fritas con 'foie' fresco, deliciosas en su sencillez; espárragos cocidos con huevo escalfado y parmentier de patata, de locos; y los guisantes de cristal también con huevo y láminas de panceta, para qué más. Para concluir, torrija con helado de vainilla, 'top-top-top'.

Total, que para ir y volver cien veces en el clásico ejemplo de que el hábito no hace al monje. O sea que, ya saben, si pasan por Tudela, Le Bistrot es su lugar. Apostar por gente que se empeña en rescatar negocios familiares y te hacen sentir, sin conocerte, parte de sí, merece mucho la pena. Aquí, mi pequeño grano de arena.

Isabel y Pilar, las dos en la cocina, mientras Ramoni y Belén atienden la sala. Estamos en el Hotel Las Tejuelas, cerca del Santuario de Guadalupe (Cáceres), un sitio que recuerda mucho a apuestas similares más consolidadas como Valdepalacios. Entorno único, rodeado de naturaleza, al que no le falta un detalle y que es válido todo tipo de clientela: desde grupos de cazadores, a familias con hijos o parejas en busca de romanticismo. Pero con una diferencia: frente a la apuesta de muchos de estos establecimientos por el asesoramiento de un cocinero de postín, aquí es la gente del pueblo la que manda en los fogones. Y lo hace muy pero que muy bien.

En nuestra visita de este fin de semana, disfrutamos de dos cenas excepcionales. En la primera, a las tablas de ibéricos y quesos de la tierra, se añadieron un salmorejo extraordinario y unos dados de merluza en gabardina con pimientos caramelizados que causaron sensación. Como íbamos de cumpleaños, rematamos con una tarta casera de tres chocolates, deliciosa. Notable alto que se convirtió en sobresaliente la noche del sábado: tartaleta de venado, uva rellena de queso con nuez, queso frito con mermelada de tomate, ensalada templada de queso de cabra, carrillera de ibérico con puré de patata y vasito de dulce de leche con nata y nueces. En fin, se me agotarían los adjetivos. Todo increíble, sin nada que envidiar a otros predios de postín. Con un aliciente adicional: una selección de vinos de quitar el hipo, empeño personal de los propietarios. Lindes de Remelluri 2016 y Bosque de Matasnos 2018 fueron nuestros elegidos.

Dicho esto, no estamos ante un restaurante al uso sino, como ocurre en el caso de Le Bistrot, ante un grupo de personas empeñadas en sacar un negocio adelante, hacerte la vida agradable y que tu experiencia sea completa. No busquen formalidades artificiales porque no las van a encontrar. Prima el trato familiar y cercano. Y se agradece. Ya saben, pues, cuál tiene que ser su siguiente escapada. No se arrepentirán.

La semana que viene más y, seguro, mejor.

Hay lugares en España en los que se come muy bien y que no tendrían, como regla general, cabida en una columna gastronómica al uso, sujeta, las más de las veces, a la doble esclavitud de la novedad y la excepcionalidad. Sin embargo, 'Dónde come McCoy' pretende escapar de esa convención y limitarse a recoger aquellas experiencias culinarias que, por hache o por be, me han llamado la atención. No estar sujeto a ese corsé permite poder hacer artículos como el de hoy, que pretenden simplemente homenajear a gente que lo hace muy bien y que, como el coronel, no tiene quien les escriba. Ni lo van a tener nunca.

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