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literatura

Dos jubiladas de Roses quieren quitarle a Philip K. Dick el trono de la ciencia-ficción

Anne y Carme decidieron escribir juntas una novela de ciencia-ficción durante el confinamiento y la cosa promete...

7'

La base estelar Fausto orbita alrededor del planeta tierra. Es el paraíso al que van los grandes escritores muertos de ciencia-ficción. Allí flotan los espíritus de Asimov, Ballard, K. Dick y tantos otros. Observan el devenir de la raza humana por las escotillas, contentos de que algunas de sus predicciones se vayan cumpliendo. Cuando avanzamos en la robotización sin preocuparnos por las implicaciones sociales, cuando damos un paso más en la insensatez de la cibervigilancia, cuando Elon Musk suelta su parrafada sobre lo genial que sería irse a vivir al secarral de Marte, cuando nuestro verde planeta paradisíaco termine de irse a tomar por saco, las carcajadas atraviesan las mamparas herméticas de la base Fausto y casi se oyen desde aquí.

Pero estos días hay más preocupación que jolgorio en la estación orbital. Los fantasmas de los genios de la ciencia-ficción no están del todo liberados de sus pasiones humanas y ahora tienen miedo y celos. Están irascibles, se contestan mal unos a otros, no lo admitirán en voz alta pero temen por su reinado. Algo está pasando en la tierra que les incomoda. ¿Qué es? Dos jubiladas de Roses, un pueblo costero del Ampurdán, se han propuesto desbancarlos del trono. Carme Rabell y Anna Rivera llevan meses haciendo algo que podría parecer insólito en dos jubiladas: se han puesto a escribir juntas una enrevesada novela de ciencia-ficción.

Dado que son dos autoras, hay dos versiones de cómo empezó la cosa. Según me cuenta Anna, todo vino por unos sueños extraños que tuvo su amiga Carme durante el confinamiento. Los humanos íbamos en una nave especial desde la que, de pronto, se dejaba de ver la Tierra. Carme, un terremoto de 77 años en la escala Richter, había estado cultivando aficiones durante el confinamiento para matar el tiempo como el yoga, la escritura de un diario y la pintura abstracta, pero notaba que su mundo interior estaba sacudido por las noticias de la pandemia. En su diario encontramos la otra versión del detonante de la novela:

29 Març: "Llegint l'entrevista a Ann Pettifor (“el dinero no es una mercancía, no es oro ni plata, ni bitcoins... Es una invención social”) el cervell va fer clic".

15 Abril: "Trucaré a l'Anna Ribera, la idea que tinc per escriure juntes una novella".

3 Maig: "Ahir ens vam veure amb l'Anna!! A la Plaça Catalunya".

De ese encuentro brota la idea de acometer juntas la novela. Anna tiene 67 años y Carme 77, así que esos días no podían salir en la misma franja horaria, de manera que se encontraban en los márgenes, a las 19:50, para charlar diez minutos en unos bancos cubiertos por plásticos como en una novela de ciencia-ficción. Carme le contó a Anna sus ideas, la impresión que le había causado la entrevista de Ann Pettifor y esos sueños extraños, y se les ocurrió dar forma a todo aquello. La novela tiene un título increíble: 'Bebedores de aceite'.

"Nos encanta matar gente"

La relación de las dos señoras con los libros ya era estrecha antes, pero como lectoras. Anna se había animado a escribir en los últimos meses textos poéticos y autobiográficos, recuerdos de una infancia con demasiados hermanos y de una lucha infructuosa por la libertad. Ha sido bibliotecaria y después ha montado clubes de lectura para niños y viejos, mientras que Carme pasó su vida laboral haciendo cuentas en la empresa de su marido y decidió hacerse voluntaria de la biblioteca cuando llegó la jubilación. Es la primera vez que se anima a escribir.

“La verdad es que te compadezco, de autor a autor”, me dice, llena de retranca, como si llevara haciéndolo toda la vida, “¿cómo consigues que se te vayan los personajes de la cabeza? A mí no me dejan dormir”. Le digo que un método es matarlos en el texto, que eso es lo que hacía Pío Baroja cuando se le hinchaban los cojones, y la idea le entusiasma: “Lo de matar gente la verdad es que nos encanta”, dice Anna. “Ya que en la vida diaria te buscas problemas, en la novela no estamos teniendo piedad”.

Foto: Andrea Palaudarias

“Pero también resucitamos a alguno”, tercia Carme. “Germán, que lo habíamos matado, nos viene bien para otra escena, así que tenemos que volver atrás, quitar la parte en la que se muere el pobre hombre, y así lo devolvemos a la vida”. Anna opina que Carme hace lo que le da la gana y luego la vuelve loca con los cambios, y Carme tiene otra idea: “Sí que podríamos matar a los estúpidos, podríamos hacerlo”. Las autoras negocian durante unos momentos. Deciden tomar la decisión más tarde, cuando lo hayan pensado fríamente.

Les digo que la gente no suele relacionar la novela de ciencia-ficción con unas señoras de su edad que viven en un pueblo como Roses, pero a Carme le parece lo más normal del mundo. “La ciencia-ficción está entre lo que más me gusta leer”, me dice en su catalán ampurdanés, “por ejemplo las novelas de 'Dune' las encuentro que son lo mejor de lo mejor”. Anna la interrumpe pasando al castellano: “Y Asimov, Carme. Las novelas de la 'Fundación' también tienen que ver con lo que escribimos nosotras”.

Carme asiente y se llena la copa de cerveza Volldam, Anna tira por la San Miguel y se lleva la botella a la boca. Sí, qué duda cabe: son escritoras.

Bebedores de aceite

La novela avanza a toda máquina. Carme suele aportar las ideas locas, la extravagancia, los hechos de la trama, mientras que Ana aporta el estilo y da forma lógica al torrente creativo de su amiga. Discuten un momento porque no se ponen de acuerdo en quién es el negro de quién, es decir, cuál de las dos trabaja más duramente en el libro. Para Carme, tener la cabeza llena de personajes y tramas es agotador, mientras que Ana considera que dar forma a esa avalancha de ideas es mucho más trabajoso. Me piden que haga de juez, pero resulta imposible dar un veredicto. “¿Qué más da? Cada una trabaja por su cuenta, nos vemos para poner en común las ideas y le vamos dando forma juntas”.

Discuten porque no se ponen de acuerdo en quién es el negro de quién, es decir, cuál de las dos trabaja más duramente en el libro

Me han dejado leer algunos fragmentos. Sorprende el estilo libre y desacomplejado. La trama narra los hechos acaecidos a los humanos después de que un virus de procedencia misteriosa empiece a matar a todos los que tienen el “gen destructor”. Una misión humana viaja en una nave a Venus para intentar establecer una colonia humana tras el Apocalipsis, pero cuando los astronautas regresan a la tierra se encuentran con que el planeta, lejos de necesitar una evacuación, se ha convertido en el Vergel del Edén.

Foto: Andrea Palaudarias

Nuestro planeta es un personaje más de la novela. Su voz interrumpe la narración de los hechos humanos con una voz fría y perentoria: le importamos tan poco como las hormigas. “El mundo en la novela está tal como está hoy día cuando empieza la catástrofe”, dice Carme, “y el planeta se nos quita de encima como si fuéramos pulgas. Nosotras hacemos una descripción del mundo con personajes e ideas de ciencia-ficción. El objetivo, la pregunta que nos ronda, es qué pasaría si no hubiera tantos idiotas en el mundo”.

¿Qué pasará con esta novela cuando la terminen? A Carme y Anna les da absolutamente igual. Discuten si hacer fotocopias para las amigas del club de lectura, si presentarla en la biblioteca municipal, y yo les sugiero que alguna editorial podría interesarse al leer esto. "¡Sí hombre, a quién le van a importar las locuras de dos señoras de Roses! Lo hacemos porque nos divierte, y la verdad es que nos ha salido como la vena anarquista. Estas ganas de que nadie nos diga lo que tenemos que hacer. Nos hemos dado dos años para acabarla".

Aunque Carme dice que no hay nada biográfico, yo tengo la impresión de que sí. Algunas ideas se deslizan por las páginas que tienen mucho que ver con la vida de dos mujeres inteligentes en una sociedad que no siempre les ha dado espacio para sacar a pasear la creatividad. Después de todo, la ciencia-ficción siempre ha sido el recurso para hablar de las cosas que nos cabrean sin que se note demasiado. En la estación orbital Fausto, donde los genios del género descansan, cualquiera de ellos podría darme la razón.

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