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LOs 'progresistas' han perdido la capacidad de convencer a LAS mayorías sociales

El año en que la derecha le dio una paliza a la izquierda en ensayo político

Cualquier nacido después de mayo del 68 está familiarizado con el siguiente esquema mental: la derecha es dueña del poder, mientras que la izquierda tiene la razón moral. Dicho de otra manera, unos tienen la Bolsa y otros la Universidad (sobre todo, las facultades de Humanidades). Sin duda, se trata de un reparto desigual, donde el prestigio intelectual se convierte en el premio de consolación por denegarte el acceso a los salones del poder.

Esta dinámica se vio reforzada en 1989 con la caída del muro de Berlín, que sumió a la izquierda en una profunda crisis melancólica.

¿Qué novedad trajo 2017 a esta larga batalla? Descubrir que los llamados 'progresistas' han perdido también la capacidad de convencer a las mayorías sociales. Hubo un momento, tras el cataclismo financiero de 2008, donde el discurso neoliberal estuvo tan desacreditado que los líderes globales se reunían con el objetivo de "refundar el capitalismo". Diez años después, el mercado está repleto de ensayos solventes que describen al grueso de la izquierda como elitista, ensimismada y narcisista, incapaz de ofrecer soluciones prácticas a los problemas de los ciudadanos occidentales.

Por qué odio a los marxistas

La capacidad de seducción de la izquierda ya no es lo que era. Dos autores tan distintos como Mark Lilla (erudito académico) y Jim Goad (escritor punk pasado de rosca) cuentan la misma anécdota sobre cómo comenzaron a detestar a los estudiantes marxistas. Ambos, curiosamente, comparten orígenes humildes. La madre de Lilla era enfermera, mientras que su padre trabajaba en una cadena de montaje. En 1974, con mucho esfuerzo y una beca, consiguió acceder a la universidad de Michigan. "De pronto, los hijos de ejecutivos de Ford empezaron a sermonearme sobre la naturaleza de la clase trabajadora", lamenta. Un reproche idéntico exponía Jim Goad en su entrevista con El Confidencial: "Es difícil no interesarse por la lucha de clases cuando vienes de un entorno obrero y ves que otros niños del colegio lucen los correctores bucales que tu familia no se puede permitir. ¿Sabes cuál es mi problema con los marxistas estadounidenses? Todos los que me he encontrado son niños ricos blancos que te sermonean sobre cómo deberías sentirte por pertenecer a la clase trabajadora. Además, casi siempre se equivocan en sus análisis", denuncia.

La profecía de Trump

Goad es autor del 'Manifiesto Redneck' (Dirty Works), un rodillo 'antiprogre' publicado en inglés hace veinte años. El libro ha cobrado vigencia porque es imposible no leer sus páginas como una profecía de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. El texto, rebosante de bilis, no se conforma con proclamar que el Partido Demócrata abandonó por completo a la clase trabajadora, sino que explica cómo Hollywood caricaturizó a la 'basura blanca', la televisión denigró a los 'cogotes rojos' —jornaleros rurales del sur del país— y multitud de académicos progresistas minimizaron la existencia de esclavos anglosajones.

'Manifiesto Redneck'.

Goad recuerda que las crónicas de Alexis de Tocqueville en el siglo XIX recogían que los siervos blancos traídos de Inglaterra sufrían peores condiciones que los afroamericanos, ya que los dueños de plantaciones cuidaban a sus propiedades permanentes más que a las temporales (los blancos debían ser manumitidos tras cierto número de años). Con la llegada de la Contracultura, fue la propia izquierda quien se entregó con entusiasmo a la estigmatización de la 'basura blanca'. "Yo pensaba que los sesenta habían sido una década de 'vamos a llevarnos todos bien; olvidemos los rollos identitarios y construyamos algo juntos'. Pero no ocurrió eso: hubo movimientos de orgullo negro y orgullo marrón, pero nada para los blancos, que eran los malos oficiales de la película que se habían montado", denuncia Goad. ¿Moraleja? El clasismo de la izquierda puede ser tan violento como el de la derecha.

Tormenta de insultos

Por su parte, Lilla ha protagonizado la bronca cultural del año gracias al panfleto 'The Once and Future Liberal', donde demuestra que centrarse en las políticas de la identidad ('black power', feminismo, orgullo trans…) tiene resultados letales para las ambiciones políticas progresistas. Mientras la derecha ofrece propuestas universales, válidas para cualquier ciudadano, la izquierda pone el foco en un surtido de oprimidos 'cool', normalmente alérgicos a valores tradicionales como la familia, la religión y el patriotismo. En España, su libro 'La mente naufragada' (Debate) denuncia el menosprecio de la izquierda actual hacia pensadores que defienden valores tradicionales. Las tesis de Lilla, perfectamente razonables, fueron respondidas con una tormenta de insultos, desde tuiteros de izquierda que escribían "prefiero golpearme la cabeza con un martillo antes que leer sus libros" hasta una profesora de su propia universidad que le comparó con David Duke, líder del Klu Klux Klan.

'The Once and Future Liberal. After identity politics', de Mark Lilla.

Lilla colecciona los mejores improperios que le dedican, demostrando un sólido sentido del humor, no exento de tristeza: "Encuentro deprimente el bajo nivel intelectual (de las críticas de la izquierda), su ausencia de reflexión, la falta de voluntad para debatir cuestiones tan pragmáticas como las que expongo. Un progresista actual no solo tiene que luchar contra los republicanos, sino también contra la arrogancia de una izquierda demasiado satisfecha con su identidad política", señala. Su diagnóstico de la situación es demoledor: "La izquierda actual es como un familiar alcohólico que necesita una intervención" si quiere salir de su lamentable estado.

Resacón en Cataluña

Por supuesto, España no es ajena a este tipo de disonancias cognitivas. La debacle de la izquierda en las últimas elecciones catalanas tiene mucho que ver con la flojera de sus analistas, que opinan alegremente que cualquiera que no desee la independencia de Cataluña es un ignorante o un franquista (los ejemplos van desde el politólogo Ramón Cotarelo a la socialista Beatriz Talegón, pasando por el activista Albano Dante Fachin). Su error era evidente, basta con leer textos tan claros y pegados a la realidad como 'Ciudadanos y la venganza del cinturón choni', donde el antropólogo Jaime Palomera advertía (¡en 2015!) de la creciente sintonía del partido naranja con los barrios populares de Barcelona. Gregorio Morán, el columnista más mordaz y censurado de la izquierda catalana, fue despedido el pasado agosto de 'La Vanguardia' por comparar el referéndum del 1 de octubre con los plebiscitos franquistas. Al perder su tribuna, ningún medio progresista le hizo una oferta seria para incorporarse a su plantilla, así que terminó recalando en 'La Crónica Global', página web asociada a 'El Español' de Pedro J. Ramírez. La izquierda mediática española, cada vez más identitaria, dejó tirado a uno de sus autores más potentes, rigurosos y respetados.

Feminismo obligatorio

El último bofetón a los dogmas 'progres' se titula 'Por qué no soy feminista' (Libros del Lince), de la crítica cultural tejana Jessa Crispin. Sus feroces páginas insisten en que la izquierda 'cool' prefiere juzgar a comprender. "La feminista típica, por lo general, es una mujer de clase media, blanca y con estudios. Sus ambiciones y necesidades no coinciden con las ambiciones y necesidades de todas las mujeres. Sin embargo, a lo largo de gran parte de la historia feminista reciente nos hemos centrado en hacer posibles sus sueños", señala.

Crispin lamenta la condescendencia de muchas feministas hacia quienes piensan de manera distinta. "Hay una tendencia a mirar con lástima a las mujeres que han rechazado el feminismo: pobres pánfilas, no saben lo que es mejor para ellas". Su libro explica que, en un mercado laboral tan escaso y hostil como el actual, preferir quedarte en casa para cuidar de los tuyos no es ninguna opción estúpida. También denuncia la moda pija de imprimir frases como "Feminista radical" en bufandas de 220 dólares o jerséis de 650, por ejemplo los de la marca Acne Studios.

Jerseys pijos feministas.

Descalabro rojo

La derrota del discurso de la izquierda se confirma elección tras elección. El populismo de derechas (Trump, Le Pen, Alternativa por Alemania…) tiene mucha más fuerza en Occidente que el populismo de izquierdas (Podemos, Bernie Sanders, Francia Insumisa…). Los grandes emporios de comunicación son igualmente hostiles con ambas opciones, pero los votantes prefieren votar conservador. En un gesto incomprensible, la izquierda ha rechazado a alguna de sus voces más lúcidas, por ejemplo al historiador y sociólogo Christopher Lasch, autor de tres ensayos clásicos que ninguna editorial roja del ámbito hispanohablante ha querido reeditar. Me refiero a 'Refugio en un mundo despiadado. Reflexión sobre la familia contemporánea' (1977), 'La cultura del narcisismo' (1979) y 'La rebelión de las élites y la traición a la democracia' (1994).

El populismo de derechas (Trump, Le Pen, la AfD) tiene mucha más fuerza que el de izquierdas (Podemos, Sanders, Melenchon)

El motivo de este ostracismo es el rechazo de Lasch al individualismo dominante desde los años de la Contracultura. Para él esa actitud no es compatible con la construcción de la comunidad que incluya a la familia, nos haga conscientes de los límites materiales y fortalezca los vínculos de apoyo. ¿Saben quién es hoy en día el principal valedor de Lasch? El millonario Steve Bannon, experto en comunicación y principal estratega de la campaña electoral de Donald Trump. Cuando la derecha aprovecha a tus autores mejor que tú quizá es hora de tomarse un respiro y valorar la posibilidad de que estás haciendo algo rematadamente mal.

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