nadie nace con dotes especiales

¿Podemos ser todos Mozart?

El talento es fruto del trabajo. La capacidad de esforzarse es, precisamente, lo que determina la genialidad. No hay inteligencia sin sacrificio

Foto: No existen los músicos innatos. (iStock)
No existen los músicos innatos. (iStock)

Desde tiempos inmemoriales, hay un debate entre lo innato y lo aprendido. Durante siglos, la naturaleza venció a la cultura. “Lo que natura no da, Salamanca no presta”, decía un antiguo refrán. Las tornas están cambiando y cada vez se da mayor protagonismo al aprendizaje. Françoys Gagné, de la Universidad de Quebec, uno de los grandes expertos en 'altas capacidades' (terreno donde los defensores del innatismo se defienden mejor), distingue entre aptitudes, que pueden estar genéticamente determinadas, y talento, que es el resultado de educar esas aptitudes. Como he señalado en 'Objetivo: generar talento', este no es previo, sino posterior a la educación. Me parece una gran noticia.

No podemos decir que una persona nace con una cantidad de inteligencia cuantificable. Es como si una semilla contuviera ya el tamaño del árbol

Las personas que destacaban en una profesión o actividad han despertado siempre la curiosidad y el interés de la gente. ¿Qué tienen de especial Mozart, Newton, Einstein, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Michel Jordan, Rafael Nadal o Lionel Messi? K. Anders Ericsson, un psicólogo sueco, profesor de la Universidad de Florida, ha dedicado toda su labor investigadora a estudiar este tema. Ataca el mito del genio, que nace dotado de dotes especiales, para defender con tenacidad que el talento se aprende, que no hay genialidad sin esfuerzo y que, en parte, la genialidad es, precisamente, la capacidad de esforzarse. No hay genio perezoso. Cuando preguntaron a Newton cómo se le ocurrían sus teorías, respondió: “Nocte dieque incubando”, pensando en ello día y noche. Malcolm Gladwell, un divulgador de éxito, ha acuñado una expresión que ha hecho fortuna: para alcanzar la maestría en una actividad —sea la matemática, la gimnasia, el ajedrez o la cocina— hacen falta 10.000 horas de entrenamiento.

La "práctica deliberada"

Según Ericsson, lo que confiere la maestría —la 'expertise'— es la “práctica deliberada”. No cualquier tipo de práctica, porque miles de horas de experiencia pueden no producir ninguna mejoría, sino un entrenamiento bien dirigido. Tener un buen entrenador es un factor esencial, que en algunos casos puede sustituirse convirtiéndose en entrenador de uno mismo. En el libro 'La creatividad literaria', que escribí con el gran escritor Álvaro Pombo, intentamos mostrar que esa capacidad, algo más allá de la mera corrección, también podía aprenderse. Ericsson ha resumido en su último libro, 'Peak. Secrets from the New Science of Expertise', que se publicará pronto en castellano, el resultado de 30 años de investigaciones.

(iStock)
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¿Qué caracteriza la inteligencia de un experto? La característica principal es que tiene una representación mental de su actividad diferente a la de un principiante. Un jugador de fútbol extraordinario, además de sus habilidades físicas, tiene una imagen especial de lo que está sucediendo en el campo, de la colocación de sus compañeros, de las distintas posibilidades de acción, que le permite tomar las mejores decisiones. Y lo mismo sucede con un músico, un cirujano o un matemático.

Cuando un músico ha demostrado la calidad suficiente para ingresar en una buena academia, lo que distingue al virtuoso de un mediocre se debe al trabajo

La 'práctica deliberada' permite diseñar el cerebro aprovechando su plasticidad. El talento —la 'expertise', la excelencia— se demuestra en la acción. La 'práctica deliberada' ha de estar diseñada para mejorar el desempeño. Ha de tener una meta definida, analizar los pasos que conducen a ella, entrenarse, recibir el 'feedback' inmediato para poder corregir o perseverar, comprometerse continuamente a salir de la zona de confort. El ejercicio físico es un claro ejemplo. Cuando sometemos los músculos a un esfuerzo, al principio se cansan pronto, pero si continuamos con el entrenamiento, el organismo producirá nuevos capilares que proporcionan más oxígeno y permiten alcanzar el confort a un nivel superior. La angiogénesis (la generación de nuevas arterias) muestra que la función crea el órgano. Aparece así lo que he llamado el 'bucle prodigioso'. Las aptitudes que tenemos permiten rediseñar esa misma aptitud. Por eso, no podemos decir que una persona nace con una cantidad de inteligencia cuantificable. Es como si dijéramos que una semilla contiene ya el tamaño final del árbol. Si carece del entorno adecuado, tal vez ni siquiera germine.

Algunos investigadores piensan que Ericsson se ha dejado llevar por su entusiasmo, y que no se puede atribuir a un entrenamiento adecuado más del 30% del éxito en el desempeño de una actividad. Sería insensato afirmar que todo el mundo puede ser Einstein, pero también sería insensato negar que todo el mundo puede mejorar su habilidad. Las características innatas influyen, pero solo hasta cierto punto. Ericsson llamó la atención de todo el mundo con un experimento en la Academia de Música de Berlín. Dividieron a los alumnos de violín en tres grupos según su calidad: alta, media y baja. A todos se les hizo la misma pregunta: ¿cuántas horas ha practicado desde que comenzó a aprender? A los 20 años, los alumnos destacados, a los que se les podía pronosticar una gran carrera, habían practicado 10.000 horas; los alumnos simplemente buenos, unas 8.000, y los mediocres, alrededor de 4.000. La conclusión de este estudio es que cuando un músico ha demostrado la calidad suficiente para ingresar en una academia de prestigio, lo que distingue al virtuoso de un músico mediocre solo se debe al trabajo.

Sería insensato afirmar que todo el mundo puede ser Einstein, pero también sería insensato negar que todo el mundo puede mejorar su habilidad

La 'práctica deliberada' tiene una inmediata aplicación en el mundo educativo. De hecho, el premio Nobel de Física Carl Wieman demostró que mediante ella se podía mejorar la enseñanza de la física. Ericsson cree que si todos aprovecháramos la capacidad de desarrollar nuestro talento en el trabajo o en la vida cotidiana, nuestra calidad de vida experimentaría una mejoría sorprendente. Es esta búsqueda de la excelencia en todos los niveles lo que da un interés social a unos estudios que en principio parecían solo interesantes para una minoría.

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