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¿Son los animales mucho más 'democráticos' que nosotros? Una reflexión sobre la política
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EL "MUNDO MÁS QUE HUMANO"

¿Son los animales mucho más 'democráticos' que nosotros? Una reflexión sobre la política

A la hora de sobrevivir y buscar alimento se asocian en pequeñas cooperativas para deliberar y decidir. ¿Qué les diferencia y asemeja de nosotros? ¿Y qué sucede con los ecosistemas?

Foto: Todas a una. (iStock)
Todas a una. (iStock)

En algún momento de 1919, un hombre llamado Karl von Frisch se quedó ensimismado observando la actividad de una colmena de abejas. Algunas veces, un grupo reducido de ellas realizaban una danza circular sobre un mismo punto, mientras que otras lo hacían formando un ocho, primero en línea recta y luego en semicírculos. Así, descubrió un hallazgo revolucionario en el reino animal y, concretamente, en los métodos que usan estos insectos para comunicarse. Distinguió estos dos tipos de movimiento entre "danza circular" (el primero ya descrito, el cual indica un lugar de alimentación cercano en una distancia máxima de cien metros) y "danza del coleteo" (el segundo referido, el cual señalaba de manera concreta dónde ir a alimentarse en un radio de más de cien metros). En ambos procesos, las abejas exploradoras también informaban al resto del tipo de alimento por el aroma que traían consigo, así como del tiempo mínimo que tardarían en llegar.

Esta forma de comunicación de las abejas tan desarrollada, además de hacer que von Frisch ganara un Premio Nobel y pasara a ser considerado como el padre de la etología (la disciplina que estudia el comportamiento animal), es paradigmático a la hora de pensar en la conciencia política presente en las comunidades de insectos y, por extensión, de animales. Agrupados en una especie de cooperativas, las familias, tribus y, en este caso, colmenas, deliberan entre sus miembros sobre dónde ir, sabiendo de antemano que si toman una decisión unánime tendrán más posibilidades de sobrevivir o que su misión tenga éxito.

Foto: David M. Peña-Guzmán, en una foto cedida.

Son muchos los ejemplos. Un estudio realizado en el Parque Nacional de Amboseli, en Kenia, descubrió cómo el orden y mando de una manada de elefantes recaía sobre la hembra más anciana, pues ella sabía mejor que nadie calcular a qué distancia quedaba el depredador más cercano, los peligrosos leones, así como dónde conseguir agua y alimento por su gran capacidad de memoria cartográfica de la sabana. El resto delegaba el poder de decisión en el miembro más longevo al ser considerado el más sabio, el más experimentado, y esta tenía la última palabra a la hora de decidir dónde ir y qué hacer a continuación.

El plan de escape de un orangután llamado Ken

Por tanto, del más pequeño (abeja), al más grande (elefante), los animales tienen interiorizada una brújula política que les permite deliberar en grupo y tomar decisiones complejas. Esta conciencia política va más allá en la especie de la que venimos: los monos. En el zoológico de San Diego, había un orangután llamado Ken Allen que era conocido por elaborar complejos planes de escape. Cada poco intentaba aflojar las tuercas y tornillos de su jaula, amedrentaba a los incautos visitantes lanzándoles piedras y en una ocasión llegó a construir una especie de escalera con ramas.

"Los actos de resistencia de animales en cautiverio emulan a los de los humanos: ignoran las órdenes, se niegan a trabajar..."

En un intento por domar a Ken, el personal del zoólogo introdujo hembras pensando que su instinto reproductivo redujera sus pretensiones de escaparse y de molestar. A los pocos días, trazó un plan de fuga con ellas, por el cual, mientras distraía a los cuidadores, una abrió una ventana por la que salieron rápidamente, cayendo en el foso de la jaula llena de agua (y eso teniendo en cuenta que los orangutanes se distinguen por ser hidrofóbicos). Se habían puesto de acuerdo entre ellos y él había sido el máximo artífice de este complot organizado contra los guardias de su prisión.

placeholder El orangután Ken Allen del mundo de la ficción. (Fotograma de 'El Planeta de los Simios')
El orangután Ken Allen del mundo de la ficción. (Fotograma de 'El Planeta de los Simios')

Este tipo de episodios reales han inspirado grandes películas y sagas de ciencia ficción, en las que, en un hipotético futuro, los monos adquieran un alto grado de conciencia y se rebelen contra nosotros. Pero nada más lejos de la realidad, aunque no sean capaces de leer ni hablar, los animales son entes políticos que toman decisiones provechosas y en común, ya no por la mera supervivencia o la búsqueda de alimento, sino contra toda forma de dominación, siguiendo tal vez un patrón de razonamiento parecido al que muchos humanos realizan cuando son víctimas de una injusticia o sienten que hay algo que no está bien en su relación social con el entorno.

"Los intentos de fuga de animales a menudo aparecen en los titulares de prensa, pero estos no son meros actos de sabotaje sin sentido, son formas de resistencia activa y consciente a las condiciones que les imponen los humanos", afirma el escritor y periodista James Bridle, en un interesante reportaje que se hace eco del plan de escape de Allen publicado en 'Wired'. "Los actos de resistencia de animales en cautiverio reflejan a los de los humanos: ignoran las órdenes, disminuyen la velocidad, se niegan a trabajar, rompen equipos, dañan los recintos, pelean y se fugan. Sus acciones son una lucha contra la explotación y, como tal, esto constituye un gran acto político".

En el caso de los animales, "la respuesta a los problemas en el mundo rara vez es el despotismo, sino un proceso democrático"

Bridle hace una definición muy buena y oportuna de lo que realmente significa hacer política, como el proceso que se desarrolla en todo tipo de relaciones, humanas y no-humanas, en la vida cotidiana de los cuerpos, entendiendo "cuerpo" como un conjunto de órganos vivo que incluye a entes más allá de los humanos (una idea que desarrollaremos más adelante). En el devenir de una comunidad, sea de animales o de humanos, es inevitable que surjan los problemas o las opiniones contrapuestas sobre la pregunta elemental que empaña la existencia: ¿qué hacer? Y la manera de responder colectivamente a estos conflictos es en esencia política. En el caso de los animales, "la respuesta a estos problemas en el mundo rara vez es el despotismo", a diferencia de lo que ha supuesto en muchas ocasiones en la historia de la humanidad. "La respuesta, con mucha más frecuencia, se da mediante un proceso democrático", argumenta el escritor.

Y a este respecto cabe reparar en la pregunta expresada en el titular de este artículo, a la que Bridle respondería que sí, efectivamente, los animales parecen comportarse de una manera mucho más democrática que las sociedades humanas, las cuales la mayor parte de la historia han tendido a la resolución no pacífica de los conflictos o a la imposición obligatoria de un modelo de estado no democrático bajo el yugo de la fuerza o la lógica de los vencedores y vencidos.

Una política "más allá de lo humano"

Más allá de los mamíferos (dotados de conciencia como nosotros o regidos en su mayoría por el instinto), insectos y demás animales vertebrados, cabe ensanchar el marco de los seres políticos a otros entes que juegan un papel esencial dentro de nuestro mundo: los seres artificiales (robots, máquinas...) y los ecosistemas (ríos, montañas y zonas naturales). Estos últimos, con frecuencia, tienden a verse como hábitats de especies y no como seres autónomos que, al igual que un organismo, se regulan constantemente para responder a su entorno. Se trata de la idea que expresábamos antes de ver a estas entidades naturales como cuerpos vivos, pues no en vano a lo largo de los años se han ido aprobando leyes que concedían el estatus de personalidad jurídica.

En Nueva Zelanda, el río Whanganui, considerado sagrado por la tribu de los maoríes, fue reconocido como "un ser vivo e indivisible"

En la India, sin ir más lejos, los tribunales han concedido el "derecho a la vida" para el río Ganges. En contra del razonamiento que empaña este tipo de resoluciones judiciales que solo se contemplan cuando el activismo percibe como un riesgo para la vida humana el lento y progresivo proceso de degradación de este tipo de ecosistemas, los abogados argumentaron, fuera del antropocentrismo ecologista, que el río sagrado que surca ciudades como Benarés se merecía una vida digna. Y así, los tribunales prohibieron actividades industriales en sus alrededores como la minería, la cual había contaminado mucho el río, además del cierre de hoteles y otros servicios turísticos.

placeholder El río Ganges, un 'ser' con derecho a la vida. (iStock)
El río Ganges, un 'ser' con derecho a la vida. (iStock)

Otros ejemplos de cómo en distintos puntos del planeta, los ecosistemas están ganando titularidad jurídica. En 2018 el máximo tribunal de Colombia declaró que la selva amazónica era una "persona jurídica" y, como tal, tenía una serie de derechos que debían ser protegidos. En Nueva Zelanda, el río Whanganui, considerado sagrado por la tribu de los maoríes, fue reconocido como "un ser vivo e indivisible", una reivindicación por la que los maoríes llevaban años luchando, ya que siempre le habían concedido un estatus superior al ser el sustento de sus cultivos y alimentación.

La república del aliento

Todas estas consideraciones como "seres vivos" a los ecosistemas o conjuntos naturales en el que viven y de los que viven tantas especies humanas y no humanas tienen parten de una corriente filosófica muy definida y alienada con los valores ambientalistas y ecologistas que piden huir del antropocentrismo para contemplar, estudiar y valorar la naturaleza no como algo separado de nosotros (y por ende, que sea nuestro deber gestionarla o repararla), sino algo en lo que estamos integrados y del cual formamos parte.

Foto: Interior de la biblioteca del Trinity College en Dublín. (Unsplash/@gianmarco)

De hecho, un concepto tan manido y usado como "medio ambiente" no hace más que establecer una separación o diferencia entre lo que supone que es la vida y experiencia humana de la vida y experiencia natural. Al fin y al cabo, el término de "medio" ya alude a algo que se hace para obtener un fin. David Abram, uno de los filósofos más importantes de nuestro tiempo, decidió derribar estas concepciones y, uniendo la tradición de la fenomenología con los valores ecologistas, decidió nombrar a ese conjunto de seres vivos (humanos, animales y ecosistemas) como "mundo más que humano", entendido este "mundo" no solo desde un punto de vista cuantitativo (dando por hecho que existen muchas más especies y formas de vida naturales a la nuestra), sino cualitativo, es decir, que hay otras formas de experimentar y percibir el mundo de igual o más valor a la manera en la que lo hacemos nosotros.

placeholder Bosque Atlántico, en Brasil, uno de los más ricos ecosistemas. (iStock)
Bosque Atlántico, en Brasil, uno de los más ricos ecosistemas. (iStock)

Abram también llama a este "mundo más que humano" como "república del aliento", un término que, a pesar de sonar muy poético, hace una referencia ineludible a esa consciencia política que impregna a los seres vivos, desde la abeja más diminuta al elefante más grande pasando por el río más caudaloso. En ella, sus habitantes dialogan y conversan, intercambian opiniones y deliberan sobre los siguientes pasos a tomar en común, discuten y se pelean, pero en el fondo saben que una buena decisión siempre es la que se toma de manera unánime o, al menos, la que es aceptada por una mayoría. Estos son los principios democráticos que la rigen, ya sea por convicciones morales compartidas o por una necesidad de estar juntos, porque juntos es la forma más efectiva de plantar cara a los conflictos.

El orangután Ken Allen sabía que iba a necesitar ayuda para salir de su cautiverio y por eso tuvo que convencer a las hembras que le acompañaban. Los elefantes en la sabana, con el objetivo de proteger a sus crías, se organizan en grupo y dejan que la más sabia decida. Ciertamente hay animales en el mundo que son llaneros solitarios y actúan, se desarrollan y aprenden mejor solos. Pero a la hora de la verdad, o al menos dentro de los seres sociables como nosotros, la cooperación y la deliberación conjunta es clave para superar las dificultades.

En algún momento de 1919, un hombre llamado Karl von Frisch se quedó ensimismado observando la actividad de una colmena de abejas. Algunas veces, un grupo reducido de ellas realizaban una danza circular sobre un mismo punto, mientras que otras lo hacían formando un ocho, primero en línea recta y luego en semicírculos. Así, descubrió un hallazgo revolucionario en el reino animal y, concretamente, en los métodos que usan estos insectos para comunicarse. Distinguió estos dos tipos de movimiento entre "danza circular" (el primero ya descrito, el cual indica un lugar de alimentación cercano en una distancia máxima de cien metros) y "danza del coleteo" (el segundo referido, el cual señalaba de manera concreta dónde ir a alimentarse en un radio de más de cien metros). En ambos procesos, las abejas exploradoras también informaban al resto del tipo de alimento por el aroma que traían consigo, así como del tiempo mínimo que tardarían en llegar.

Animales Premios Nobel Kenia
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