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"Siempre me quedo mirando a la puerta por si tengo que salir": así es vivir con agorafobia
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"Siempre me quedo mirando a la puerta por si tengo que salir": así es vivir con agorafobia

Se estima que este trastorno afecta a un 1,5% de los adultos en algún momento de sus vidas y, por lo general, aparece entre el final de la adolescencia y el inicio de la edad adulta

Foto: Foto: iStock.
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Un semáforo en rojo, un teatro a rebosar o quedarte parado con el coche en un túnel en mitad de una calzada urbana. A muchos, estos elementos y situaciones les resultarán de lo más anodinas, cotidianas e, incluso, placenteras; pero otros como Alfonso* temblarán ante la perspectiva de verse ahí inmersos. A sus 60 años, reconoce estar mejor, pero aún le sobreviene esa sensación de miedo y desamparo al recordar ciertos momentos en los que miraba en derredor para encontrar una mano de ayuda ante el temor a un nuevo ataque de ansiedad.

La agorafobia, al contrario de lo que se tiende a asociar como opuesto a la claustrofobia, es el miedo a estar en un lugar o en una situación en la que puedas tener una fuerte reacción de ansiedad. Puede ser en un lugar público o privado; de hecho, a pesar de que aparece comúnmente en espacios en los que el individuo pueda sentirse indefenso, hay muchas personas que pueden sentirla en su propia casa, sobre todo si están solas. En el caso de Alfonso, quien lleva años sufriendo problemas de ansiedad, reconoce que en ocasiones piensa de manera nerviosa en avisar a algún vecino por si acaso le sobreviene un ataque, esté solo y necesite ayuda.

"Me fijo en la gente que tengo alrededor por si tuviera que pedir ayuda, aunque eso sea contraproducente, pues sentiría mucha vergüenza"

No hay muchos datos disponibles que midan el impacto de la agorafobia entre la población española (ya que normalmente está asociada a problemas de ansiedad, fobia social o pánico); lo que sí que es indudablemente cierto es que tras la pandemia los casos se han disparado como ha ocurrido también en otros trastornos psicológicos. Se estima que afecta a un 1,5% de los adultos en algún momento de sus vidas, y por lo general, aparece a finales de la adolescencia y principio de la edad adulta, normalmente antes de los 35 años. Según uno de los últimos estudios publicados, los casos de depresión y ansiedad se han incrementado en un 25%. Alfonso era uno de ellos cuando, después de varias consultas psiquiátricas, se le diagnosticó agorafobia.

En cualquier sitio y situación

"Desde siempre he tenido que lidiar con la ansiedad, cuando me dijeron que se trataba de agorafobia comprendí aún más por qué siempre evitaba pasar por determinados lugares o tenía tanto miedo a exponerme a ciertas situaciones", comenta con sus propias palabras. Su caso se agudizó cuando le echaron del trabajo, hace alrededor de cuatro años, y su tiempo libre o de estar en casa se multiplicó. "Al ir al teatro o estar en cualquier recinto cerrado siempre observo dónde se encuentra la puerta para estar cerca y poder salir en caso de que me dé un ataque de ansiedad", explica. "O bien, me fijo en la gente que tengo alrededor por si tuviera que pedir ayuda a alguien, aunque eso sea contraproducente, pues sentiría mucha vergüenza".

"Las situaciones a evitar se reproducen, es decir, si sintieron el miedo en el supermercado, es probable que también les dé en un cine o un teatro"

Este trastorno tiene dos vertientes, una más física y otra social. Como explica la psicóloga Cristina Mae Wood, del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid (COP), es un "miedo doble". En primer lugar, "miedo a sufrir un ataque y que no haya nadie para socorrer al sujeto" y, en segundo lugar, "miedo de estar rodeado de personas y ser el centro de atención". De ahí que la mayoría de los pacientes de agorafobia opten por preferir no salir de casa o hacer vida social, lo que sin duda repercute en sus niveles de bienestar y en sus relaciones íntimas.

"Los pacientes evitan ir a sitios solos como un supermercado o un centro comercial o realizar actividades a solas como conducir", prosigue Mae Wood. "Si no les queda otro remedio, suelen pedir a personas de confianza que les brinden seguridad que les acompañen, porque si no se sentirían desvalidos e incapaces ante el peligro mayor de que les dé un ataque. Muchas veces, aunque estén acompañados, sienten un malestar muy intenso. Las situaciones que tienden a evitar se reproducen, es decir, si sintieron el miedo estando en el supermercado, es probable que también les dé en un cine o un teatro".

¿Cómo son los ataques que tanto se teme?

Ahora bien, ¿a qué temen tanto y por qué no pueden controlar esas ganas de salir de un sitio público o estudiar a la gente de alrededor por si necesitaran ayuda? En términos generales, temen a que les sobrevenga un ataque de pánico o ansiedad, el cual, tal y como define la psicóloga, "aparece cuando se dan cuatro o más síntomas de ansiedad de forma abrupta". Estos pueden ser "mareos, sofocos, escalofríos, molestias en el estómago, miedo a volverte loco o a morir, a perder el control, sensación de ahogo, desrealización o despersonalización", la cual es de pronto adquirir la capacidad de verte fuera de tu propio cuerpo o no asimilar tu vida como algo real... "Hay agorafobias con ataques de pánico limitados, es decir, que solo presentan dos o tres síntomas", advierte Mae Wood. "¿Y si salgo de casa a coger el tren o a tomar algo con unos amigos, me da un apretón y no hay un baño?", pone de ejemplo.

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Alfonso aprendió a la fuerza que la distracción es el mejor antídoto contra la agorafobia. "Al estar parado en un semáforo, evitaba mirar el color rojo, tenía que echar la vista hacia los asientos o hacia los conductores de alrededor", asegura. "Si la persona es demasiado consciente de la gran atención que presta a sus síntomas y de la interpretación que les da, no va a dejar de sentir ansiedad", señala por su parte la psicóloga. "Lo normal es que no pueda parar de prestarle atención a los síntomas o no parar de pensar de una forma catastrófica". Por ello, en terapia psicológica se trabajan técnicas de distracción y relajación, además de abordar un enfoque cognitivo-conductual.

"Si esa persona acaba evitando todo, nunca va a mejorar. Por ello, en primer lugar debe aprender a distraerse"

"Trabajamos no solo los pensamientos o las preocupaciones que asaltan a un agorafóbico, sino también la conducta", explica Mae Wood. "Si esa persona acaba evitando todo, nunca va a mejorar. Enseñarle a poder distraerse es una de las medidas, además de ayudarle a crear emociones positivas para que se hable a sí mismo en tono positivo y supere su miedo a exponerse a esas situaciones". También aconseja realizar ejercicio físico y una rutina de sueño adecuada. Alfonso, quien desde hace tiempo realiza yoga, afirma que el otro día sufrió al habérsele olvidado tomar la pastilla diaria de su tratamiento contra la ansiedad antes de ir a una de las sesiones, por lo que volvió a sentir miedo. "¿Qué pasaría si de repente me entra un ataque en mitad de la clase? ¿Qué pensarían los otros de mí?" Afortunadamente, no pasó nada, ya que confirma que al llegar se distrajo y todo fue con normalidad, pero "el miedo está ahí".

Posibles explicaciones y soluciones

Normalmente, los problemas nacen de un antecedente histórico en la vida del paciente que puede permanecer olvidado en el inconsciente o al contrario, estar demasiado presente. En el caso de Alfonso, por ejemplo, afirma que tuvieron que pasar años hasta que pudo recorrer la calle en la que vivía con sus padres hasta los 25. Incluso, recuerda una vez en la que no pudo ir a buscar a su hija porque estaba realizando una actividad deportiva en el colegio en el que estudió, teniendo que quedarse en un portal de una calle adyacente.

"He descubierto que no siempre tienes que estar sufriendo porque algo muy malo te vaya a ocurrir, no tiene sentido"

Estas son algunas de las claves para entender la vida de alguien aquejado de agorafobia, un trastorno poco común pero que conecta con otros que por desgracia tienen una gran prevalencia en la población, como la ansiedad o la depresión. Si te has sentido identificado no dudes en pedir ayuda psicológica, pues como reconoce el propio Alfonso, en ocasiones el problema tiene un sentido cíclico. "Ahora ya no tengo tanto miedo", concluye. "He descubierto que no siempre tienes que estar sufriendo porque algo muy malo te vaya a ocurrir, no tiene sentido".

Un semáforo en rojo, un teatro a rebosar o quedarte parado con el coche en un túnel en mitad de una calzada urbana. A muchos, estos elementos y situaciones les resultarán de lo más anodinas, cotidianas e, incluso, placenteras; pero otros como Alfonso* temblarán ante la perspectiva de verse ahí inmersos. A sus 60 años, reconoce estar mejor, pero aún le sobreviene esa sensación de miedo y desamparo al recordar ciertos momentos en los que miraba en derredor para encontrar una mano de ayuda ante el temor a un nuevo ataque de ansiedad.

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