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Aragón y Bizancio: la hipocresía de occidente
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Aragón y Bizancio: la hipocresía de occidente

Desde una almena privilegiada de más de 20 metros de altura, la primera de las tres murallas que protegían desde hacía más de mil años a la capital del Imperio Romano de Oriente, las vistas no podían ser más desoladoras

Foto: Mehmed II. Obra de Gentile Bellini (Fuente: Wikimedia)
Mehmed II. Obra de Gentile Bellini (Fuente: Wikimedia)

Entonces los espíritus de los demonios reunieron a los reyes en el lugar que en hebreo se llama Armagedón.

Apocalipsis 16:16

Así reflexionaba el ilustre capitán aragonés Pere Juliá sobre una de las más elevadas almenas de la inexpugnable muralla de Constantinopla. En un aparente estado de ensimismamiento, con la mirada perdida ante el vasto e inabarcable ejército de Mehmed II, no salía de su asombro. Mientras, una enorme bandada de pájaros abandonaba las copas de los árboles de un parque cercano, anunciando su ausencia ante los lúgubres acontecimientos porvenir, en tanto buscaban otros pagos en este sabio ecosistema que tanto despreciamos.

Como una ola que cruza el tiempo, los turcos venían arrasando el viejo Imperio Bizantino hasta reducirlo a la mínima expresión. Era un 29 de mayo de 1453 y la primavera indicaba con su suave brisa cíclica atemperada en la gran masa líquida del Mármara, entre los Dardanelos y el Bósforo, que el orden de las cosas de la naturaleza cumplía con sus compromisos puntualmente desde el primer momento de la eternidad.

Entretanto, en el corazón de la civilización se iba a dirimir una de las batallas más crueles que se han visto sobre esta tierra. Las cenizas de Bizancio se iban a posar lentamente en la memoria colectiva de los reinos de occidente, que nunca movieron un dedo por aquellos condenados. ¿Por qué siendo conscientes de la diferencia entre el horror y la belleza, entre el bien y el mal, somos incapaces de imponer nuestras voluntades individuales a los implacables intereses de quienes carecen de todo escrúpulo?

Foto: Vasco de Quiroga (Fuente: Wikimedia)

Pero el hambre de poder de los intocables no cesa, y consume en su ambición la inocencia y recursos de naciones enteras a las que, después de destrozarlas, volverán a reconstruir con los jugosos dividendos obtenidos de los beneficios previos de la venta de sus mortales juguetes.

Mehmed II lo sabe y convoca al Dios del Trueno, un tal Orbán, un maestro artillero especializado en hacer unos rotos descomunales con un espectacular cañón a las insalvables murallas que nunca pudieron ser franqueadas antes por nación alguna. Un pequeño ejército de cerca de 9.000 efectivos apoyado por 500 mercenarios de diferentes latitudes aguarda lo inevitable. Es el fin de un ciclo. Dos cocas aragonesas consiguen romper el cerco milagrosamente al amparo de la noche, cambiando el trapo blanco de sus velas por dos improvisadas y silenciosas hileras de remos en ambas amuras, algo ciertamente más discreto y que evitaba su localización por la omnipresente flota turca.

Al amparo de la noche atraviesan el Cuerno de oro. Aragón había sido proveedor habitual de Bizancio y tenía el sello garante de preferencia para mercadear en Constantinopla y en el puerto griego de Gálata, uno de los barrios más abigarrados y bulliciosos de aquella colosal urbe que llegó a tener más de 500.000 habitantes en la época de los Comnenos y Paleólogos.

"Cerca de 150. 000 turbantes contemplaban con avidez el saqueo de la ciudad más rica del mundo"

Entretanto, Pere Juliá sabe con certeza que no escaparan al cerco y que nadie vendrá en su socorro. La Iglesia de Roma no puede ni ver a los 'desviados' ortodoxos de aquella latitud oriental y hace todo lo que está en sus manos para que no tengan asistencia. Solo Aragón desafía al subido sultán.

Desde esa almena privilegiada de más de 20 metros de altura, la primera de las tres murallas circuncéntricas que protegían desde hacía más de mil años a la capital del Imperio Romano de Oriente, las vistas no podían ser más desoladoras. Cerca de 150. 000 turbantes contemplaban con avidez el saqueo de la ciudad más rica del mundo. Veintidós asedios había soportado desde su construcción por Teodosio II allá por el siglo V; únicamente los cruzados en 1204 habían hecho una escabechina entre sus hermanos cristianos empujados por el conspicuo Dux veneciano Enrico Dándolo.

Pere Juliá reflexiona. La muerte nos muestra a los humanos no solamente lo desnudos e impotentes que somos ante nuestras ínfimas capacidades y enormes limitaciones, ante las inquietantes verdades inaceptables por abrumadoras para nuestra exigua razón enfrentada a la angustia de lo irresoluble, sino que además nos enfrenta a la apariencia de suficiencia tan artificial que esgrimimos como modesto escudo en este tránsito llamado vida.

placeholder Caída de Constantinopla (Fuente: iStock)
Caída de Constantinopla (Fuente: iStock)

El paso por esta forma de realidad adulterada por nuestra propia percepción, solo nos sirve para tener un asidero y consuelo ante la firma y sello que nos remite expeditivamente y sin contemplaciones arrojados a un vacío lleno de incógnitas, y que no nos da facilidades para poder entendernos; para ese entonces, lo que se ha comprendido ya no existe y, despojados ante la última gran evidencia, solo nos queda la resignación, algo para lo que no estamos muy preparados y, cada vez más, lo desconocido se hace patente.

Meandros de un río interminable, fragmentos de un alma enorme e inconmensurable del mismo calado que la amplitud del entero universo y más allá de sus fronteras, solo atinamos a reconocer nuestro desconcierto, que no es poco y a eso encima, cínicamente lo llamamos inteligencia. Pero, si hay algo ineludible, es la constante de las constantes, esa violencia inmanente y eterna sujeta a una sencilla razón, la de que somos animales de instintos básicos maquillados con una pátina de educados ciudadanos de bien que llegado el momento pueden convertirse en aviesos y legales asesinos en serie en defensa de coartadas ideológicas, ya sea bajo la presión de la coerción o de los hechos consumados que encubren oscuros intereses y de paso, liberan el infierno de represión que acumulamos tras soportar tantas convenciones, normas, reglas, leyes, etc.

"Un olvido antológico, todavía hoy incomprensible, supuso que una avalancha turca entrara por la entornada Kerkaporta como tromba imparable"

Y dicho esto…

El fin de la Edad Media había amanecido y fenecido tras una intensa lluvia ocre y terrosa cabalgada por los vientos provenientes de Anatolia. Todas las superficies, incluidas las verticales, parecían quedar impregnadas por aquel presagio de sangre. Comenzaba una de las más grandes carnicerías de la historia y un cambio de guardia frente al otrora todopoderoso imperio romano en su prolongación oriental tras un dominio sostenido de cerca más de 2.200 años.

Aquel anacronismo en medio de la marea musulmana era un reto que el sultán turco quería resolver y el complejo asalto se decantaría de la forma más inesperada.

Tras una salida de hostigamiento por parte de las fuerzas defensoras ya muy mermadas por los combates dirimidos en días anteriores, un olvido antológico, todavía hoy incomprensible, supuso que una avalancha turca entrara por la entornada Kerkaporta como tromba imparable.

Foto: Fuente: iStock

Un destacamento aragonés de cerca de dos centenares de mercenarios con el capitán Pere Juliá al mando, todos ellos elementos residuales de las famosas Compañías Catalanas o almogávares aragoneses, qué más da que da lo mismo, hicieron frente a aquella horda de turbantes que los desbordaban por todos los flancos. Peré Juliá y el cónsul Joan de la Vía, una decena de hombres y sus hijos, a la postre, serían ejecutados sin dilación por orden directa del sultán.

Al otro lado de la ciudad, un aristócrata castellano llamado Francisco de Toledo, que decíase heredero de la familia Comnena, una de las grandes y más prestigiosas sagas bizantinas, combatió hasta el aniquilamiento rodeado por una guardia personal de cincuenta hombres.

La descripción que hace de este tremendo momento histórico (que cambió el orden mundial radicalmente) el extraordinario escritor austriaco Stefan Zweig en su no menos escalofriante relato del asalto, es dentro de la tragedia que supuso para la cristiandad y su negligente omisión de socorro, que bien podría ser hasta deliberado por las fricciones entre Roma y Bizancio, un relato de una exaltación épica al estilo Homérico.

¿Salió Roma triunfante tras aquella escabechina en oriente? Lo cierto es que el esplendor de Bizancio y sus innumerables obras de arte quedarían arrasados por gentes que abominaban cualquier forma de iconografía pues así lo manifestaba el profeta en su libro sagrado, el Corán. De Constantinopla no quedó piedra sobre piedra. Fue arrasada hasta los cimientos mientras la hipocresía occidental se rasgaba las vestiduras en medio de una obscena y colosal pantomima.

Cosas veredes amigo Sancho.

Entonces los espíritus de los demonios reunieron a los reyes en el lugar que en hebreo se llama Armagedón.

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