Lo que las ofrendas funerarias cuentan sobre el presente y el futuro de la muerte
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Ajuares para otra vida

Lo que las ofrendas funerarias cuentan sobre el presente y el futuro de la muerte

El intercambio entre vivos y muertos a través de un simbolismo que arrulle ante la incertidumbre no es reciente, y tal vez sea más importante de lo que parece

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La muerte es el mayor hilo conductor de la historia: gran parte del conocimiento que la humanidad tiene hoy sobre las culturas que antecedieron a la actual, como la egipcia, la mesoamericana, la china o la maya entre otras muchas, tiene que ver con el estudio de los muertos, ya que el ser humano ha ido dejando evidencias de sus ritos mortuorios, técnicas de enterramientos y ofrendas a lo largo de los siglos, lo cual resulta imprescindible para conocer y reconocer la existencia misma. Este empeño por narrar lo que se escapa de la mente (como una forma de buscar cobijo en la misma incertidumbre) a menudo evidencia que existe una esencia familiar a lo largo y ancho del planeta en la manera de actuar que tuvieron, tienen y tal vez tengan las sociedades ante el duelo.

La arqueología, la antropología, la biología, la paleontología y la historiagrafía se encuentran en la búsqueda de lo primitivo para significar un relato común que tiene que ver con la vida y para la que encuentran respuestas, curiosamente, en la muerte. Las tumbas reúnen el tiempo en su interior, la tierra lo guarda y aguarda el futuro, junto a lo que se desintegra permanecen vestigios de lo que alguna vez fue. A la constancia que dejan unos huesos o su polvo se adhieren, muchas veces, objetos enterrados que detallan el relato individual y con él, la narrativa conjunta de la especie humana.

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Son lo que los arqueólogos denominan “ofrendas funerarias”, o también conocidos como “ajuares funerarios”: piezas que formaron parte de la vida de la persona junto a la que aparecen enterrados pero que no solo hablan de a quién pudo pertenecer ese cuerpo, y que en algún momento se convirtieron en una práctica habitual hasta nuestros días, adaptándose a cada contexto y a cada época. Su origen, aunque es prácticamente imposible de saber de forma exacta, empieza a tenerse más claro. Un equipo de investigadores de la Universidad de York en Reino Unido ha encontrado incrustados en las paredes de los edificios de un asentamiento en Broxmouth (Escocia) artículos cotidianos de la Edad de Hierro (640 a. C. a 210 d. C.), como piedras de 'quernstone' (para moler granos) y cucharas de hueso, llegando a la conclusión de que lo más probable es que alguien las colocara allí deliberadamente junto a restos humanos.

Reconocer el poder emocional de los objetos

Sin embargo, estos no son los hallazgos más antiguos de los que se tiene constancia. Los primeros indicios arqueológicos de sepulturas rituales se encuentran en Europa y Asia en el período de tiempo que los paleontólogos han denominado paleolítico medio, es decir, en enterramientos realizados por nuestros antepasados neandertales (130.000-35.000 a.C). Estos son, precisamente, considerados los primeros seres humanos que desarrollaron una vida espiritual con una creencia en el más allá como lo demuestra su práctica de enterramiento.

La reciente investigación, dirigida por la arqueóloga Lindsey Büster, reitera que el intercambio entre vivos y muertos a través de un simbolismo que arrulle no es reciente, y tal vez tampoco sea solo una costumbre más, sino una noción impulsiva y natural que sostiene un hilo y un halo común temporal y geográfico. En Egipto, en Roma, en China o en Territorio Maya se reconoce esta práctica, tan parecida como distinta en cada zona y cultura. "Es importante reconocer el poder emocional en bruto que los objetos cotidianos pueden adquirir en determinados momentos y lugares", sostiene Büster al respecto, insistiendo en que cada pieza puede contener mucho más significado del que se ha pensado hasta ahora.

La creencia en el más allá se tradujo cada vez con mayor firmeza en el incremento de la riqueza de las ofrendas

Por ejemplo, en lugares tan dispares como Biblos (Fenicia, cerca del actual Beirut), el Tigris medio o la meseta de Irán, los cadáveres se enterraban en grandes tinajas de cerámica común, pero de grandes dimensiones, como las utilizadas para almacenar el grano. También en la actual Europa Central, los túmulos salvaguardaban la unión entre la tangible vida en la Tierra y el augurio de su continuación. La creencia en el más allá se tradujo cada vez con mayor firmeza en el incremento de la riqueza de las ofrendas y los ajuares funerarios que ayudarían a los muertos a vivir después.

Muerte y gastronomía

En el antiguo Egipto, el difunto descansaba en un sarcófago, envuelto en vendas y rodeado de todo un despliegue de piezas como amuletos y joyas. Lo mismo en la Antigua Roma, donde el estudio de numerosos hallazgos apuntan que existía una creencia arraigada por la atención al difunto para asegurar su descanso eterno. Por ello se cubría de ofrendas en forma de comida como pan, vino, frutas o pasteles, pero también de flores como violetas y rosas que se hacían llegar al difunto a través de un conducto de cerámica o de un orificio situado en la cubierta de la tumba, el llamado ‘tubo de libaciones’. Estos actos eran realizados por la familia el día del cumpleaños de la persona fallecida. La práctica se asemeja mucho a la que perdura en la tradición popular mexicana durante la celebración del conocido ‘Día de muertos’. De hecho, esta tradición no solo pervive en algunas regiones del mundo, también se ha convertido en la base de la gastronomía popular de muchos países.

La humanidad tiene su núcleo en la vida a través de la muerte, en significar a esta con pautas semejantes a las que rigen sobre la tierra

Asimismo, en China también existía la costumbre de enterrar a los muertos con todos los objetos que pudieran usar, disfrutar o necesitar en la otra vida. Objetos que varían en función de los períodos dinásticos en los cuales se produjeran los enterramientos. En algún momento fueron piezas de jade y de bronce, y en otras figurillas de animales y personas que gradualmente fueron sustituyendo a los seres vivos que, en un principio, se sacrificaban para que acompañaran al difunto. El sacrificio humano derivó en amuletos en los que se mezcla la religión y la mitología, en definitiva, las creencias.

La humanidad tiene su núcleo en la vida a través de la muerte, en significar a esta con pautas semejantes a las que rigen sobre la tierra. Si bien las diferentes sociedades transitan en el dolor y el duelo de manera diferente, Büster propone en su estudio una nueva forma de apreciación a lo que nos une y plantea la idea de que entender los objetos como recuerdos de seres queridos perdidos podría ser una forma útil de abordar el registro arqueológico y, por tanto, ampliar la historia y el futuro de la muerte. "Los arqueólogos tienden a advertir contra el trasplante de emociones modernas a sociedades pasadas, pero hay una universalidad de ciertas emociones que permite la extrapolación de experiencias modernas al pasado, incluso pese a variaciones propias en el recorrido". Una reinterpretación del significado de los objetos que podría, además, incidir en la lógica consumista actual.

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