El curioso comportamiento del ser humano en los peores momentos posibles
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"PRESERVAR LO QUE QUEDA DE HUMANO"

El curioso comportamiento del ser humano en los peores momentos posibles

¿Por qué en mitad de un desastre o una tragedia aflora en las personas un sentido del humor inigualable y la ambición creativa? Una filósofa explica esta llamativa actitud

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Foto: iStock.

¿Qué harías en caso de saber que en cuestión de días, horas o minutos vas a morir? Esta sin duda es una de las preguntas más típicas sobre las que reflexionamos en algún momento de nuestra vida. ¿Qué hacer cuando eres consciente de que todo va a desaparecer en cualquier momento? Una de las escenas más inmortales del cine de los últimos años es cuando, justo cuando el Titanic está a punto de hundirse, en la famosa película de James Cameron, la banda de música del buque no cesa de tocar hasta que el agua ya ha anegado todo el barco y los intérpretes no tienen ninguna opción de salvarse.

Ahora, cabe preguntarse: ¿por qué nos emociona tanto esta escena? Según narra el libro 'El Titanic: La extraordinaria historia del barco a prueba de naufragios' de Geoff Tibballs, el director de la orquesta quiso liberar a sus músicos, pero ellos se negaron y siguieron tocando, tal y como también muestra la película. Y según las especulaciones, no interpretaron baladas tristes ni con un componente trágico, sino piezas de 'ragtime', un estilo hermano del jazz o del swing muy popular en los salones de baile por su ritmo rápido y marcadamente alegre. Estas anécdotas, que no dejan de ser una mezcla de mito y realidad, apuntan a que el ser humano en sus últimos momentos o en las horas más fúnebres en las que ya solo les queda presagiar el final, desisten de su empeño de sobrevivir y se afanan en labores artísticas que ya nadie estará dispuesto a escuchar, leer o contemplar.

"Había canciones, poemas y bromas sobre el campo de concentración. Todos estaban decididos a ayudar a los demás a olvidar, y así lo hicieron"

Esta actitud del ser humano frente a lo irreparable que tiene la muerte también ha estado presente en otras muchas escenas trágicas de la historia. Sin ir más lejos, en los campos de concentración nazis. Como relata el filósofo Viktor Frankl en 'El hombre en busca de sentido', los judíos hacinados en Auschwitz por las noches se lanzaban a compartir creaciones musicales, poéticas y humorísticas. "Venían a reír o quizás llorar un poco; sea como sea, para olvidar", escribió Frankl. "Había canciones, poemas, bromas y sátiras sobre el campo. Todos estaban decididos a ayudar a los demás a olvidar, y así lo hicieron. Las reuniones tuvieron tanto éxito que algunos presos se lanzaron a bailar cabaret a pesar de su inmensa fatiga, aunque no hubieran recogido su porción diaria de alimento".

Arte y humor para los últimos momentos

Frankl sentenció así que el sentido del humor entre todos ellos "era una de las armas del alma humana para luchar por la supervivencia", tal y como viene recogida la cita en un interesante artículo de Sarah Fine, filósofa del King's College de Londres, en 'Aeon'. No sabemos cómo, pero en nuestros peores momentos, además de aflorar la mejor versión de uno mismo por norma general (el lector seguro que recordará algún momento trascendental y complejo en su vida personal en el que comprobó el decisivo apoyo de sus seres queridos) también emerge un sentido estético o artístico muy potente y crucial, que invade el cuerpo y el alma haciendo mucho menos pesadas las duras circunstancias que le ha tocado experimentar.

placeholder En esta famosa fotografía de Buchenwald, podemos encontrar a Wiesel en la segunda fila, el séptimo contando desde la izquierda. (Wikipedia)
En esta famosa fotografía de Buchenwald, podemos encontrar a Wiesel en la segunda fila, el séptimo contando desde la izquierda. (Wikipedia)

En otras palabras, el arte y el humor está presente en nuestros peores momentos, ahí donde ya la desesperación es tal que no atisbamos a ver ninguna luz en el camino. Así lo corrobora Fine en su artículo, quien también habla del escritor Elie Wiesel, otro superviviente más del Holocausto nazi quien, nada más entrar en el campo de concentración, presenció los mayores horrores que un ser humano podía cometer. Tal y como cuenta en 'La noche', tenía 15 años cuando fue llevado a Auschwitz y, nada más llegar, le separaron de su madre y sus hermanas después de haber presenciado cómo los nazis arrojaban niños pequeños a las llamas. "Mi propia alma fue invadida y devorada por una llama negra", escribió.

"Nunca antes había oído un sonido tan hermoso"

A los pocos días, el escritor fue trasladado al campo de trabajo de Buna. "Mientras el ejército soviético avanzaba, Wiesel describe cómo las SS les sacaron del campo de concentración al frente de batalla, siendo obligados a correr durante horas y horas en la oscuridad de la noche, a través de la nieve y el hielo", asegura Fine. "Aquellos que no podían mantenerse en pie fueron disparados, pisoteados o se congelaron hasta morir. Al llegar al campo de concentración de Gleiwitz, los prisioneros fueron metidos en barracones en los que las personas caían una encima de otras y eran aplastadas. Wiesel reconoció la voz de Juliek, un violonista judío de Varsovia".

"Las únicas personas que pueden sobreponerse y sobrevivir a todo el sufrimiento infligido por la prisión son los que ejercen artes creativas"

"Esa noche, en una barraca oscura donde había cadáveres apilados encima de los vivos, Wiesel escuchó a Juliek tocar parte de un concierto de Beethoven en su violín", prosigue la filósofa de 'Aeon'. Wiesel dejó escritas estas palabras sobre este episodio tan turbio y terrible de su vida: "Nunca antes había oído un sonido tan hermoso. La oscuridad nos envolvió. Solo podía escuchar el violín, y era como si el alma de Juliek se hubiera convertido en su arco. Estaba jugándose la vida interpretando esas notas. Todo su ser se deslizaba sobre las cuerdas. Sus esperanzas incumplidas. Su pasado, carbonizado, su futuro, extinguido. Tocó aquello que ya nunca más volvería a tocar". El violinista murió esa misma noche.

El arte de los refugiados

Pero no hace falta remontarse tanto para hallar ejemplos similares en los que el arte emerge durante las peores (o últimas) horas del ser humano. Sarah Fine también habla en su texto de los refugiados de Calais a raíz de una exposición en el Migration Museum de Londres en la que se pueden ver cómo se organizan entre ellos para estimular la creatividad. Asimismo, la filósofa menciona la obra del escritor y periodista Behrouz Boochani, quien estuvo encarcelado durante años en la isla de Manus, en Australia, donde presenció cómo sus compañeros se las arreglaban para tocar música. Uno de ellos, el músico Mostafa 'Moz' Azimitabar, le lanzó unas palabras al escritor que sirven como explicación definitiva de por qué surgen estas respuestas artísticas en los peores momentos: "La música es una herramienta para preservar mi sentido de persona, es para que no se me olvide que ante todo sigo siendo humano".

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Boochani describe que cuando huyó de Irán y fue detenido como prisionero en un campo de inmigrantes, solo llevaba "ropa, unos cigarrillos y un libro de poesía". Tanto es así que en su libro 'No Friend but the Mountains' asegura: "He llegado a un buen conocimiento de esta situación: las únicas personas que pueden sobreponerse y sobrevivir a todo el sufrimiento infligido por la prisión son los que ejercen artes creativas".

Si extrapolamos estas anécdotas al presente, nos damos cuenta de que en este mismo año, en las horas más desesperanzadas que vivimos a raíz de la pandemia, fue la cultura la que nos salvó o, al menos mitigó la sensación de estar encerrados o el miedo a que la enfermedad provocada por el coronavirus impactara en nuestra vida y en la de nuestros seres queridos. Así también se puso en valor que, gracias a las series, libros y obras musicales, como a los bailes que se originaban en torno a ellas y que fueron subidos a la red, pudimos sobrellevar mejor el hecho de enfrentarnos a un problema colectivo tan grave como es una pandemia.

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