LEYENDAS DEL MAR

Roger de Lauria, el almirante que extendió la Corona de Aragón por todo el Mediterráneo

En las últimas décadas del siglo XIII el reino experimentó una fuerte proyección exterior. Uno de los grandes responsables fue este marinero fiel amigo de Pedro III

Foto: Estatua de Roger de Lauria en Barcelona. (Wikipedia)
Estatua de Roger de Lauria en Barcelona. (Wikipedia)

"Las democracias del mundo necesitan defender y mantener sus valores de la Ilustración. Un retroceso global del equilibrio entre el poder y la legitimidad hará que el contrato social se desintegre tanto a nivel nacional como internacional".

Cesare Pavesse.

Pedro III de Aragón era un rey de talla enorme, robusta y de imagen impactante. Su visión de un reino con grandeza la llevaba en la genética. Un día de asueto, en una playa de la actual Tarragona, según miraba al Mediterráneo se quedó en uno de esos extraños trances que le asaltaban cuando estaba tramando algo y pensó: esta agua verde, hasta donde llegue el horizonte y más allá, sea lo que sea lo que haya, será para Aragón. Y dicho y hecho…

Hijo de Jaime I el Conquistador, sucedió a su padre en el año 1276 como rey de Aragón, de Valencia y Conde de Barcelona; y algo más tarde, asimismo, de Sicilia. Pedro III y sus terribles almogávares, cambiaron la historia de Europa y causaron asombro a medio mundo. Este rey aragonés es un gran olvidado en nuestra intensa y prolífica historia y, por cierto, es el único español que aparece en la ‘Divina Comedia’, bueno, él y su prole. Dante Aligheri lo alaba y dice de Pedro III que atesora multitud de virtudes, mientras que a Carlos de Anjou lo pone a caer de un burro. Asimismo este magistral renacentista italiano pone a parir al papa de turno, Martín IV, del cual dice que murió de una indigestión de vino y anguilas en pleno ayuno de Cuaresma para más inri; y del rey de Francia dice que murió deshonrando la flor de lis en unos escabrosos temas horizontales.

La norma más determinante en la cadena trófica es la de esgrimir el poder sin reparos, la más mínima concesión te conduce a un proceso de contabilidad que resta. El Mare Nostrum en aquel tiempo era un galimatías donde la piratería hacía su agosto y los mercaderes venecianos, pisanos, genoveses, etc. tenían que andar con tiento y poner sus barbas a remojar porque a la mínima se quedaban con los hombros igualados. Solo había un poder en aquel mar milenario y lleno de historias que pudiera dar la cara e imponerse en medio de aquel ‘Totum Revolutum’.

Durante los siglos XIII, XIV y XV, los diferentes reyes de Aragón mantuvieron un pulso sostenido contra los otomanos y toda la pléyade piratas y corsarios que poblaban aquel mar que fue en tiempos tempranos el imperio marítimo de los aguerridos Pueblos del Mar, y después, de los griegos, romanos, cartagineses y otros muchos amos.

Estatua de Roger de Lauria en Barcelona. (Wikipedia)
Estatua de Roger de Lauria en Barcelona. (Wikipedia)

El infante Pedro (futuro Pedro III de Aragón), tenía un compañerete de juegos que se llamaba Roger de Lauria; un día cruzaban espadas de madera y al otro cabalgaban mientras disparaban con el arco en movimiento. Esta noble amistad les llevaría muy lejos a ambos.

Nacido en la región sureña de Bassilicata (la Andalucía de Italia) Roger de Lauria fue armado caballero por su gran amigo, el que más tarde sería Pedro III de Aragón y ambos en perfecta comunión y sintonía, se apoderaron del Mediterráneo sin muchas contemplaciones.

No todo el campo era orégano

Hacia el año 1283, al alzarse los sicilianos en armas frente a los Anjou, Pedro III apremiado por el sesgo que podría tomar aquella revuelta, se vio embargado por un cabreo importante, y entonces, tomó su decisión. El rey aragonés, a la sazón estaba casado con la hermosa Constanza, heredera de un antiquísimo linaje germano, los Hohenstaufen, con claras opciones sobre la propiedad de la isla; por lo que la tomó por asalto para recordarles a los normandos quien cortaba el bacalao. Lauria en aquel momento era el almirante de la flota. En días anteriores, ya les había aplicado un severo correctivo a los crecidos ante franceses.

Al este de Malta les arreó también una somanta a los angevinos o anglo-normandos (vinculados a la casa de Anjou) en una antológica y memorable paliza. Ya muy subido el almirante de Pedro III, se plantó cerca de Capri en el Golfo de Nápoles y les atizó otra vez sin muchos miramientos y en franca minoría con una pequeña flota de galeras y lo que sería un atisbo de las futuras cocas; corría el año 1284. Ya a velocidad de crucero, tras hacer guantes por aquellos pagos de Dios, en Castellammare (1287) en el golfo de Trapani entrando por el oeste arrasaría la antiquísima e inexpugnable fortaleza más tarde reconstruida por los aragoneses con la mano de obra cautiva. Todo aquel rifirrafe acabaría favoreciendo a Pedro III dándole la coartada perfecta tras las famosas Vísperas Sicilianas.

Este episodio se veía venir. Los normandos –parte embrionaria de la futura Francia– abusaban en una atropello permanente de la población local un día sí y otro también. Cuando despuntaba la primavera en aquella antiquísima tierra de gentes curtidas en historia con las huellas de arrugas milenarias, el 30 de marzo de 1282, las campanas de las iglesias de Palermo llamarón al oficio de vísperas y en un sincronizado levantamiento, el pueblo de esta atribulada urbe que había pasado por las manos de los griegos, cartagineses, romanos y árabes entre otros, masacró a la guarnición gala acantonada intramuros. Los relajados francos que andaban zascandileando tranquilamente mientras retozaban en las aguas aledañas del pequeño espigón del puerto pegado a la fortaleza, acabaron pasto de la ira del populacho para regocijo de los aragoneses.

El rey de Aragón se había hecho adicto a conquistar y con su amigo y compinche de correrías, Roger de Lauria, se pusieron manos a la obra

Pero Pedro III tenía esculpidas en su mente unas cuantas ideas en bajorrelieve sobre el futuro de Aragón y su proyección en el mar que bañaba el reino por el este. Y aquel mar que olía a Dios, estaba esperando a su intérprete.

Y como ya se sabe (según El Roto) respecto a las fronteras, [sic] “dícese del lugar donde termina una locura y empieza otra”. El rey de Aragón se había hecho adicto a conquistar por aquí y por allá y no sabía de límites y con su amigo y compinche de correrías, Roger de Lauria, se pusieron manos a la obra; esto es, a repartir estopa a granel.

El secreto de sus victorias

Pero todas esas victorias, encerraban un secreto: los famosos carpinteros de ribera que tanto alentó Jaime I (el padre) en su momento y Pedro III (el hijo) más tarde. Meticulosos, detallistas en extremo, crearon unas naves marineras de tremendo impacto por su velocidad (eran cuchillas sobrevolando las olas) un bordo más elevado que sus antecesoras y castillete desde el que los ballesteros almogávares hacían delicias de las suyas, además de un entrenamiento en el cuerpo a cuerpo que para sí lo quisieran la legión o los marines. Las cuidadas hoy –y entonces– atarazanas de Barcelona, fabricaban estas espectaculares naves de fino porte y letal presencia.

Roger de Lauria, además de ser un líder indiscutible, era un Rommel o un Manstein del mar. En la decena de batallas navales a las que se enfrentó, demostró arrojo, temeridad, consignas claras y directrices absolutamente comprensibles; quizás, fuera el equivalente militar a un Einstein de la época. Su famoso ‘Nelson Touch’ de usar ese ardid de atraer al adversario a un lugar favorable para sus intereses y darle la puntilla, han pasado a estudiarse en las academias navales de Annapolis, en la Marine Nationale francesa y en la Marina Real Inglesa que no es moco de pavo. Sus triunfos en el golfo de Nápoles o la mismísima batalla de Malta hablan por sí mismos de un consumado ajedrecista.

En la decena de batallas navales a las que se enfrentó, demostró arrojo, temeridad, consignas claras y directrices absolutamente comprensibles

Carnicerías como las de las islas Formigues donde ejecutó a cientos de prisioneros o la del cabo Orlando, donde masacró a otros muchos, han enturbiado su leyenda; pero la victoria, según su criterio justificaba los medios. Roger de Lauria fue sin duda, inventor de las tácticas más vanguardistas, un maestro del arte de la guerra en el mar. Usaba pequeños esquifes para romper los timones de las embarcaciones adversarias en medio del combate y dejaba a las naves adversarias sin dirección en medio de la batalla, usaba unos primarios cócteles Molotov con el “fuego de Arquímedes“, agujereaba los cascos de sus adversarios en la mismísima línea de flotación, embestía los remos de sus oponentes para restarles energía en las maniobras y dejarlos a su merced. Era un “hacha”.

Se sabe que en sus años postreros acabó instalándose en sus tierras del reino de Valencia y cuando le visitó la Gran Sombra pidió como último deseo ser enterrado en la abadía catalana de Santes Creus, al lado de su valedor y amigo Pedro III, excomulgado curiosamente por un papa muy cariñoso con los efebos que lo acusaba de mujeriego, aspecto este, en el que el hipócrita purpurado tenía razón.

Roger de Lauria, fidelidad hasta el último momento.

Alma, Corazón, Vida

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