EL MÁS GRANDE DE SU ÉPOCA

Un león contra una jauría: la historia de la nave española más grande jamás concebida

Auge y caída del coloso militar Santísima Trinidad, símbolo del final del poderío de los españoles en los mares de medio mundo, frente a las costas de Trafalgar

Foto: El rescate del Santísima Trinidad en la batalla del Cabo de San Vicente del 14 de febrero de 1797. (Antonio de Brugada, Wikipedia)
El rescate del Santísima Trinidad en la batalla del Cabo de San Vicente del 14 de febrero de 1797. (Antonio de Brugada, Wikipedia)

Hacia el año del Señor de 1769, en los astilleros de La Habana, se botaría la nave más grande jamás concebida en la historia conocida hasta ese entonces. Con una eslora de 61,50 metros y un arqueo de casi 5.000 toneladas (que se dice pronto) nunca se había diseñado una nave de esas características ni siquiera en la China de los Ming, ni en ningún otro astillero de Europa. El desplazamiento de esta nave superaba con creces a muchas de las fragatas que surcan los mares actualmente.

Comparando el plano concreto del buque desarrollado por Mateo Mullan (uno de los maestros de ribera irlandeses que Jorge Juan había “levantado” a los ingleses en su estancia en Londres) y el canon que ofrecían las naves estándar del gran Gaztañeta, se observan notables diferencias en lo concerniente a la cuaderna maestra -más robusta y sólida, amén de más ancha-, profundidad de quilla y por ende de obra viva y asimismo, a la proporción eslora/manga. Pero aconteció lo inesperado. Mateo Mullan moría para la vida que no para la memoria de sus innumerables amigos, el 25 de noviembre de "vómito prieto o negro", una especie de fiebre amarilla o ictericia, sumiendo en una terrible consternación a las autoridades de la Armada en Cuba. Mullan dejaría delineado el navío desde la varenga maestra de popa, la quilla, la roda labrada y el codaste, un elemento estructural al final de la quilla.

Este coloso de los mares diseñado con maderas de alta flotabilidad como júcaro y caoba, un gigante que había participado en 1780 en la captura del doble convoy inglés con un aprovisionamiento fuera de lo común con destino a la Guerra de la Independencia de Norteamérica (con toda probabilidad, el mayor desastre logístico de la historia naval de Inglaterra), que supuso unas pérdidas que a punto estuvieron de llevarse por delante la bolsa de Londres; tenía cuatro puentes y cerca de 140 piezas de artillería unos meses antes de que se entablara la batalla naval más épica y decisoria de la historia naval moderna, Trafalgar.

Portada de la primera edición de 'Trafalgar', primera novela de los 'Episodios nacionales' de Benito Pérez Galdós. (Wikipedia)
Portada de la primera edición de 'Trafalgar', primera novela de los 'Episodios nacionales' de Benito Pérez Galdós. (Wikipedia)

El Santísima Trinidad, al mando del ilustre Baltasar Hidalgo de Cisneros, un marino de largo recorrido, en ese momento al mando de un símbolo del poder español en los océanos, probablemente la mayor arma de guerra de su tiempo aunque de torpe y lenta navegación, fue finalmente hundido tras ser capturado tras cinco horas de durísimo combate contra tres fragatas y dos barcos de tres puentes a los que causó tremendas pérdidas materiales y humanas. Se calcula que el daño infligido a la jauría inglesa pudo suponerles unas pérdidas cercanas al millar de marinos e infantes, más allá de las dos naves adversarias hundidas en la lid.

Como el pintor impresionista Pierre Bonnard (1867-1947), Baltasar Hidalgo de Cisneros recorría las cubiertas (en el caso del francés, los museos donde se encontraban sus obras para mejorarlas) provisto de lo mejor de su oficialidad para controlar una situación desbordante en la que el factor humano –en el caso español–, era de un nivel de improvisación increíble. Esa ansia perfeccionista del mando era digna de encomio pero a la postre, destinada al fracaso como es de todos conocido. Tras una heroica lucha contra cinco navíos ingleses, el 21 de octubre de 1805, y tras conseguir hundir a dos fragatas y obligar a una tercera a arriar bandera, su arrancada tropezaría con el hándicap de una lenta y previsible maniobra, lo que añadía una ventaja enorme a sus adversarios, una miríada de fragatas. Rodeado por el Neptune (98 cañones) que lo batía por estribor, el Conqueror con 74 bocas de fuego por la popa, y el África artillada con 64 cañones atacando por babor a la que acabaría sumándose el Leviathan con sus 74 opciones adicionales cortándole el camino por la proa, el Trinidad era una bestia herida encerrada en una trampa mortal. Finalmente, dentro de un combate desproporcionado, el Prince de 98 cañones se sumó al final con lo que el Santísima Trinidad acabaría batiéndose contra cinco enemigos al tiempo.

El amargo sabor de la derrota

En el momento culminante de la acción de Trafalgar, el almirante Cisneros al mando del Santísima Trinidad estaba inconsciente en la toldilla de popa tras un potente golpe de una astilla perdida. Una vez recuperado el conocimiento, el segundo de abordo, Uñarte, informaría a Cisneros del deplorable estado en que se hallaba el navío, pues sin gobierno al estar enteramente desarbolado en todos sus palos era un ejercicio de tiro al blanco.

Sin munición y con una minería de tercera división, la Santísima Trinidad fue capturada por la marinería inglesa, mucho mejor preparada

Gran parte de su artillería estaba al rojo vivo o carente de municionamiento y la restante u operacional no podía hacer fuego al hallarse embarazados los costados por los palos en régimen de agua tocante que actuaban como frenos además de las jarcias y velamen caídos sobre las amuras, restando este enorme desbarajuste cualquier capacidad de reacción o maniobra. Con muchos balazos en la línea de flotación y a flor de agua el perímetro líquido de la nave era un bosque de columnas estalladas en vertical, creando a cualquier espectador la sensación estar asistiendo a un verdadero Apocalipsis.

Sus cubiertas y baterías estaban llenas de cadáveres y heridos. El almirante sugirió al teniente de navío Francisco Basurto que continuara la acción en lo que humanamente fuera posible y sin rendirse no sin antes consultara los oficiales que seguían vivos. Tras ser verificada la triste realidad, el navío quedó imposibilitado de arriar bandera, gesticuló lo evidente con una inglesa incautada en anteriores lides pues no había lugar donde izarla.

Un desastre (casi) anunciado

Finalmente, sin munición y con una marinería de tercera división (presos, galeotes, gentes cazadas a lazo, matones de barrio, borrachines y toda laya de campeones de la periferia existencial), fue capturada por la marinería inglesa –mucho mejor preparada– y entrenada con precisión suiza- y llevada a Gibraltar como trofeo para mostrarla los súbditos de su Graciosa Majestad. Mas no pudo ser, a unas 25 millas de Cádiz, era tal el agua que embarcaba por la agujereada obra viva y muerta, que el navío se fue a pique y a día de hoy es tumba marina y pecio de espectacular valor simbólico, incalculable por su grandeza e infortunio.

Cuando el Santísima Trinidad fue dado por perdido, los ingleses habían evacuado a más de 500 marinos españoles evitándoles una muerte segura

Un número impreciso de muertos que va desde los 200 hasta los 400 habitan esa fantasmagórica tumba dándole la grandeza de aquellos héroes que lo dieron todo y más, sin mayor preparación que la de su arrojo y voluntad dirigidos por una oficialidad desbordada por la demanda de un combate de proporciones muy exigentes, y unas tripulaciones con un entrenamiento de no más de cinco días, muchos de ellos, con navaja al cinto.

Cuando el Santísima Trinidad ya a remolque rumbo a Gibraltar y embarcando agua profusamente fue dado por perdido, los ingleses habían evacuado a más de 500 marinos españoles a sus propios barcos evitándoles así una muerte segura. La noche anterior, se había procedido (según el parte de Hidalgo a Gravina) a arrojar debidamente recubiertos a más de trescientos cadáveres. No dio tiempo, por la premura con que aquel colosal buque se hundía, a evacuar a los heridos en enfermería, una cifra indeterminada que se cree podría alcanzar el centenar de afectados que se supone tuvieron una muerte atroz dentro de la nave ante el abandono súbito de la misma por la imposibilidad de mantenerla a flote.

Por último, Antonio de Escaño, en un parte muy conservador rendido al melifluo Godoy el 5 de noviembre de 1805, asumió que las bajas en el Santísima Trinidad no superaron los dos centenares de interfectos. Al parecer, en vez de sumar, restaba para pulir las cifras totales de muertos en aquel infausto día. Ya lo había advertido Churruca antes de salir al combate, que había que haber dejado hacer al mar su trabajo; una enorme ciclogenesis se aproximaba a uña de caballo por el Mediterráneo con vientos huracanados previo chivatazo de una bajada barométrica espectacular. Pero el acosado y desprestigiado Villeneuve hizo de su capa un sayo. En definitiva, un mal trago.

In memoriam.

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