AUGE Y CAÍDA DE GEORGE PRICE

El gran científico que se hizo mendigo para desmontar su teoría

George Price nació en Estados Unidos, fue profesor de Harvard, participó en el proyecto Manhattan, trabajó para IBM pero es sobre todo recordado por sus teorías evolucionistas

Foto: Una de las pocas fotografías que se conservan de Price, nacido en 1922.
Una de las pocas fotografías que se conservan de Price, nacido en 1922.

En inglés existe un dicho que afirma algo así como que “si arañas a un altruista, verás a un egoísta sangrar”. Esta máxima asume que ninguno de nuestros comportamientos se lleva a cabo de forma completamente desinteresada, por mucho que pensemos sinceramente que así es, sino que estamos programados para ello. Esta es una de las implicaciones de la teoría más célebre de George R. Price, ecléctico científico estadounidense que participó en el Proyecto Manhattan, alertó contra el comunismo, trabajó para IBM, desarrolló la teoría de la estrategia evolutivamente estable y murió en casi un absoluto anonimato tras regalar todos sus bienes a los pobres en un intento de trascender la teoría que él mismo había enunciado.

Hijo de una cantante de ópera y un electricista, su carrera arrancó a comienzos de los años cuarenta, cuando participó en el Proyecto Manhattan para investigar los efectos de la radiación atómica. De ahí pasaría a ser profesor de química en Harvard, mientras participaba de forma cada vez más activa en la denuncia del comunismo y conminaba a Estados Unidos a invertir en la carrera armamentística para no quedarse atrás durante la Guerra Fría. Su lógica militarista no era un puro pálpito, sino que procedía de su revisión de las ideas sobre la teoría de juegos de John Nash, el matemático interpretado por Russell Crowe en Una mente maravillosa.

Tomamos decisiones en apariencia altruistas para permitir la superviviencia de los genes en otros familiares cercanos

Según el equilibro de Nash (o de Cournot, también conocido como equilibrio del miedo), en los juegos de dos o más jugadores cada uno elige su mejor estrategia en función de la del resto de jugadores, conocida por todos. Ningún jugador gana nada modificando su estrategia si el resto no la modifica. Se trata de un término muy utilizado en economía que sirve para describir la situación de varias empresas que compiten por un mismo mercado, y que Price desarrolló junto al biólogo evolucionista John Maynard Smith en «La lógica del conflicto animal», publicado en Nature y uno de los estudios más revolucionarios sobre la influencia genética en el comportamiento.

La estrategia evolutivamente estable (ESS), una teoría ampliamente utilizada en la biología evolucionista, es adoptada por una población y no puede ser invadida por ninguna otra estrategia alternativa. Esto explica por qué las astas de los ciervos son tan decorativas pero no letales: porque, en muchos casos, el conflicto se resuelve de forma ritualizada, previniendo daños graves en el perdedor, pero otorgando ventaja al individuo más fuerte y sano o, simplemente, plantándose cara hasta que uno se da por vencido. La mutación no sólo pondría en peligro a la especie en su conjunto, que debería resolver los conflictos de otra forma más virulenta, sino también al individuo que rompiese las reglas del juego.

Uno para todos, todos para uno

Las implicaciones más sugerentes de las teorías de Price son las morales, especialmente en su investigación sobre el altruismo humano, que el científico consiguió explicar evolutivamente durante su exilio en Londres. Atrás dejaba a su mujer Julia Madigan, de quien se había divorciado en 1955 por razones religiosas, y sus dos hijas. También el trabajo que mantuvo en IBM entre 1961 y 1967, donde servía como consultor en procesamiento de datos gráficos, decepcionado al sentir que sus colegas se habían aprovechado de su desarrollo del diseño asistido por computadora. Era el verano del amor –o, mejor dicho, el otoño; llegó en octubre de 1967–, un año después de que una operación de tiroides dejase su hombro parcialmente paralizado.

Cuando nos comportamos altruistamente, en realidad hemos calculado el coste y el beneficio de nuestro comportamiento para los que nos rodean

A partir de las teorías de Bill Hamilton, uno de los grandes evolucionistas del siglo XX, desarrolló una ecuación que ponía en relación el coste de llevar a cabo un comportamiento y el grado de parentesco con la persona beneficiada por este. Según la regla de Hamilton (R*B>C) de selección familiar, el parentesco y el beneficio deben ser lo suficientemente grandes como para compensar el coste reproductivo del donante. En algunas ocasiones, esto puede costar la vida al animal, cuando salva la vida de un gran número de familiares, como ocurre con las abejas; en otras, no merece la pena eliminar la posibilidad de extender nuestro gen en beneficio del de nuestros hermanos.

Price llevó un poco más lejos esta teoría, que se encuentra en la base de El gen egoísta de Richard Dawkins, en la conocida como ecuación de Price, y que se puede expresar de la siguiente manera:

En román paladino, la ecuación introduce matemáticamente la expresión “la supervivencia del más fuerte”. Si un rasgo se asocia con la supervivencia, se producirá con más frecuencia: es pura lógica darwiniana. Pero la segunda parte de la ecuación tiene en cuenta los factores que dificultan el proceso de la selección natural. La fórmula intenta saltar del interés individual al del grupo, y a tener en cuenta cómo los individuos egoístas ponen en peligro la supervivencia de la especie. Ante todo, sugiere que la evolución ha potenciado los rasgos de comportamiento que benefician la jerarquía biológica, del gen más sencillo a la sociedad en su conjunto. Cuando nos comportamos altruistamente, en realidad hemos calculado el coste y el beneficio para los que nos rodean de dicho comportamiento.

Línea directa con Dios

Las teorías de Price le dejaban en una encrucijada moral. Si el altruismo no existe, ¿hay alguna forma de trascenderlo? Si el altruismo es beneficioso evolutivamente, ¿por qué no llevarlo aún más allá? El científico, que rompió su primer matrimonio por su irrenunciable ateísmo, se convirtió al cristianismo evangélico. Empezó a estudiar la Biblia intentando identificar algún código oculto. Aseguraba haber visto a Jesucristo y que se comunicaba directamente con él. Dejó de tomar la medicación para poner a prueba a su creador, y dejar que fuese él quien decidiese si debía vivir o no.

Eran los primeros años 70 y el Londres alternativo de las comunas se encontraba en auge. Price decidió deshacerse de casi todo su dinero y sus posesiones, que entregó a los mendigos en Camden, y vivir en la indigencia primero y en un refugio después. Aun así, no pudo quitarse de la cabeza la gran pregunta: ¿lo estaba haciendo porque quería, o porque estaba programado genéticamente para ello? En unos meses, pasó de su despacho en el University College de Londres a limpiar retretes en Euston Road, antes de terminar en una casa okupa en Tolmer's Square.

El 6 de enero de 1975, Price acabó con su vida cortándose la arteria carótida con unas tijeras. Según la nota que dejó a su muerte, a pesar de su deseo de comenzar una nueva vida en la campiña estadounidense con la productora cinematográfica Sylvia Stevens, la mujer de la que estaba enamorado y con la que pretendía casarse, a ella nunca se le pasaría por la cabeza tal posibilidad, por lo que no creía que eso fuese posible. Apenas una decena de personas, la mayor parte de ellas mendigos a los que ayudó, acudieron a su entierro. Junto a ellos se encontraban sus compañeros y reivindicados científicos Bill Hamilton y John Maynard Smith. Price está enterrado en una tumba sin nombre en el cementerio de Saint Pancras. Quizá pueda afirmarse que, en su último gesto, logró desmentir todas sus teorías.

Alma, Corazón, Vida

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