los problemas de los jóvenes

"Trabajo, estoy casada, tengo casa, 27 años y tres hijos": no todos los jóvenes son iguales

Solo dos de cada 10 menores de 29 años se pueden marchar de casa de sus padres e iniciar una vida independiente. Estos son algunos de esos pocos "afortunados"

Foto: Juan, en su peluquería. (D. B.)
Juan, en su peluquería. (D. B.)

Solo dos de cada 10 jóvenes en España se pueden emancipar de sus padres. O sea, marcharse de la casa familiar y romper los lazos económicos. Y eso que la definición de 'joven' a efectos estadísticos es bastante elástica: hasta los 29 años. Es la estadística más baja desde comienzos del siglo XXI. El Consejo de la Juventud atribuye estas cifras a la “frágil” situación del mundo laboral y a un mercado de vivienda “totalmente inaccesible”.

La radiografía del joven español abunda en paro y frustración, pero también tiene su reverso. ¿Cuál es el perfil de ese 19,5% que sí ha conseguido marcharse de casa de sus padres? Hay otro tipo de jóvenes. Y algunos representan exactamente el envés del retrato robot.

Encontré trabajo en septiembre, justo después de terminar la carrera, pero lo dejé hace dos años porque quería ser madre pronto

Helena tiene 27 años y tres niños. Los alumbra con una regularidad asombrosa: el primero nació en agosto de 2015, el segundo en agosto de 2016 y el tercero en julio de este mismo año. Se casó con 24 años con un chico de su misma edad. Encontraron un piso en una urbanización con jardín y una pequeña piscina en Majadahonda (una ciudad residencial al noroeste de Madrid). Empezó a trabajar nada más terminar la carrera de Derecho en la Universidad Complutense. Y su marido, también de 27 años, gana bastante más de los famosos 1.000 euros.

Resumiendo, Helena, en si misma, es el contraejemplo de casi todos los baremos numéricos que aplican a la juventud española y que quedan regularmente reflejados en multitud de barómetros. No pertenece a ese más del 40% de los menores de 30 años que está en paro. “Encontré trabajo en septiembre, justo después de terminar la carrera, pero lo dejé hace dos años porque quería ser mejor madre”, explica con un leve acento gallego esta mujer que ahora prepara unas oposiciones.

Fuera de onda

Helena sabe perfectamente que su caso es bastante extraordinario: “El ginecólogo que me atiende en cada embarazo está flipando. Ya la primera vez me dijo ‘me has roto todos los esquemas”. También concede que muchas de sus amigas no entienden su esquema vital “y ellas se dedican a salir por ahí de marcha toda la noche”. En resumen, que sabe que está “un poco fuera de onda”, aunque de vez en cuando dejan a los niños “con un canguro” y salen de cena con otros chicos. “La mayoría de nuestros amigos viven con sus padres, somos conscientes de que nuestra situación no es la más típica”, analiza Helena.

Helena, madre de tres hijos a los 27 años.
Helena, madre de tres hijos a los 27 años.

No es extraña la sorpresa del médico que la atiende. Ya en 1975, Helena hubiera sido ligeramente precoz como madre, pues entonces la edad media para tener el primer niño eran los 25,2 años. Ahora la cifra ha subido hasta casi los 31, una de las más altas del mundo tras Corea, Italia y Suiza, que elevan unas décimas la edad del debut en la maternidad.

Óscar, de 23 años, también vive por su cuenta en una pequeña buhardilla de Villaverde junto a su novia. Su caso es muy diferente al de Helena. Él sí pertenece a esa estadística laboral que habla de contratos temporales y sueldos muy reducidos (una media de 800 euros): “No llego ni al salario mínimo”. Pero su perfil tampoco es tan infrecuente: “Las personas de mi país, República Dominicana, nos vamos bastante pronto de donde nuestros padres porque con ellos también hay que contribuir económicamente, tampoco les sobra mucho y así tenemos más libertad”, explica este joven, que pertenece a un espectro en el que rara vez se pone el foco: no tiene estudios ni pertenece pues a esa tan cacareada "generación mejor preparada de la historia de España".

El caso del canario Juan también es una categoría en sí mismo. Este joven peluquero de 26 años se vino de Las Palmas a Madrid con 22 para empezar en el mundo laboral. Pasó una temporada larga encadenando trabajos precarios: “Te llamaban para hacer una prueba, te tenían cuatro o cinco horas a su servicio gratis y luego la cosa quedaba en nada. También cubrí una baja de tres meses en Llongueras”. Su familia, de madre funcionaria y padre que trabaja en banca (“él es el que me lleva los números”), decidió ayudarle a montar su propio negocio porque “sin algún tipo de ayuda no hay manera”. Su padre se vino de Canarias a Madrid tres meses para ayudarle a encontrar el local, hacer la obra, etc. Desde entonces, el negocio se mantiene y le da “bastante bien para vivir”. La independencia y tener negocio propio tiene sus ventajas, aunque también un lado “muy estresante”, porque “al fin y al cabo eres autónomo, y siempre estás en una especie de sin vivir” sobre el flujo de clientela y de caja: “¿Entrará alguien hoy?”.

“Eso de que te lo den todo hecho a todo el mundo le gusta”, pensaba el otro día cuando estaba limpiando el baño de su piso

La responsabilidad de hacer que el negocio marche es por uno mismo, porque “si tuviera que volverme a Las Palmas, sería un gran fracaso. Yo soy demasiado orgulloso para eso”, pero también por la familia, "que ha hecho el esfuerzo económico y ha dado el apoyo para que uno despegue". Reconoce que si no hubiese venido a Madrid, todavía viviría con sus padres aunque trabajara, porque estaba a gusto y “eso de que te lo den todo hecho a todo el mundo le gusta”, cosa en la que pensaba el otro día cuando estaba limpiando el baño de su piso alquilado después de volver de trabajar. Se considera afortunado al compararse con amigos y conocidos de su edad, “gente que ha ido a los mismos colegios pijos”, que tienen hoy por hoy una situación más que inestable: “Mi hermano estudió biología y va de beca en beca. Ahora se va a presentar a unas oposiciones. Vive por su cuenta, aunque en un piso de mis padres; si no fuera por eso, lo tendría más difícil”.

Nunca en paro

Lucía se fue de casa de sus padres con 26 años. Se marchó porque se casó en junio de 2016 con el que ahora es su marido, un arquitecto de 33 años. Trabaja en la industria farmacéutica y vive de alquiler en el centro de Madrid en una casa de dos habitaciones. Lucía, al igual que Helena, pertenece a esa rara estirpe de jóvenes que nunca han estado en paro. Lleva cuatro años en el mercado laboral. “Al principio tenía un sueldo de birria, claro, pero ahora ya está la cosa un poco mejor”, explica, aunque insiste en que debe “hacer muchos números para cuadrar las cuentas, porque tenemos muchos gastos y nuestros padres no nos ayudan”. En el horizonte de Lucía está tener niños, “en algún momento”, pero no de manera inmediata.

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