A FONDO: IRSE DE CASA EN ESPAÑA Y EN LA UE

¿Son unos vagos o los hemos estafado? Por qué los jóvenes se independizan tan tarde

Los problemas de los jóvenes en una España en crisis son innumerables, y sus ecos nos llegan a través de los medios todos los días. Según

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¿Son unos vagos o los hemos estafado? Por qué los jóvenes se independizan tan tarde
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    Los problemas de los jóvenes en una España en crisis son innumerables, y sus ecos nos llegan a través de los medios todos los días. Según datos del Injuve, más del 77% de los jóvenes menores de 30 años viven todavía en casa de sus padres. El paro creciente, las dificultades para llegar a fin de mes o lo complicado que resulta crear una familia son temas que escuchamos a diario y cuya gravedad ha dado lugar a manifestaciones varias y diversas plataformas de queja. Pero, ¿qué sucede con la fase justo anterior? Sabemos que un treintañero en la España actual puede hallarse sin trabajo o sin medios para pagar un alquiler. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? Habrá que preguntar a su veinteañero correspondiente para dar con la respuesta.

    Resulta sorprendente lo tarde que se independizan los jóvenes españoles, sobre todo en comparación con los de otros países europeos. Son numerosas las razones por las que el vuelo del nido paternal se hace difícil.

    Las razones más evidentes

    La salida del hogar de los jóvenes españoles se ve dificultada por una serie de motivos que, aunque son muy obvios y es sencillo reparar en ellos, merece la pena reseñar.

    La omnipresente crisis ha provocado la bajada de los alquileres y, aún así, estos siguen siendo muy elevados en proporción al sueldo de un joven trabajador. En diciembre de 2012 el BOE publicaba el salario mínimo interprofesional para 2013, fijándolo en  645,30 euros. ¿Qué hace alguien que cobra seiscientos euros cuando tiene que pagar un alquiler de, con suerte, 300 euros? Eso sin contar con ese limbo legal que suponen los becarios, estudiantes en prácticas y demás contratados cuyas condiciones laborales son siempre un misterio y que, con muchísima frecuencia, cobran bastante menos del salario mínimo establecido. 

    Los bajos sueldos dificultan la independencia de los jóvenesEn líneas generales, pues, podemos decir que los jóvenes españoles no pueden independizarse porque es casi imposible conseguir un trabajo con un sueldo que permita pagar un alquiler demasiado caro si lo consideramos en proporción con los ingresos recibidos. Pero dentro de esa panorámica encontramos razones complejas que detallan esta situación.

    Ausencia de trabajo (¿remunerado?)

    Uno de las grandes trabas es, evidentemente, lo complicado que resulta en general encontrar trabajo actualmente. El número de jóvenes en paro ascendía al 57,2% en abril de este año, pero esa no es la única razón por la que éstos no consiguen ganar dinero. Sería triste, pero factible, que un ingeniero de caminos trabajase poniendo copas o doblando camisas en algún gran almacén. Sin embargo, a menudo esto no sucede porque muchos de estos jóvenes no tienen ingresos pero no están desocupados. Prácticas y contratos de becarios no remunerados se dan con más frecuencia de la que debería, y las empresas aprovechan la situación para ofrecer horas y horas de trabajo no pagado que el becario tiene incluso que agradecer (“¡con la que está cayendo!”). 

    Javier Pardo, de 23 años, cursará en septiembre los últimos exámenes de la Licenciatura en Farmacia, y sólo le faltará para obtener el título la realización de unas prácticas en alguna farmacia. A Javi no le interesa ese tipo de trabajo, pero dichas prácticas son obligatorias, dado que el título de licenciado le facultará para abrir, si quisiera, una farmacia. Parece razonable. 

    No obstante, las prácticas, que se prolongarán a lo largo de seis meses (tres en una farmacia y tres en un hospital), pueden suponerle a este veinteañero madrileño jornadas de ocho horas por las que no cobrará ni un céntimo. Esta jornada completa le impedirá poder dedicarse a algún otro trabajo complementario, de manera que esos meses sus ingresos serán nulos, aunque su ocupación y su nivel de trabajo será muy alto.Hay quien considera que la crisis económica no es un factor influyente en la emancipación tardía

    Algo parecido le ocurrió a Jorge López cuando, con 22 años, terminó su Grado en Comunicación Audiovisual. Las prácticas no sólo eran obligatorias para obtener el título de graduado, sino que la universidad ni siquiera se las facilitaba. Tras mucho buscar y mucho esperar, Jorge encontró al fin unas prácticas en un pequeño canal de una televisión local, donde le pagaban menos de lo que se gastaba en ir y volver desde su casa a su lugar de trabajo, situado en la periferia madrileña. Enseguida este joven descubrió que la mayoría de los trabajadores eran becarios como él, y que la empresa se sostenía gracias a sus irrisorios sueldos. Además, lo que llevó a cabo no fueron unas prácticas propiamente dichas, sino el trabajo requerido en un puesto de trabajo habitual. 

    A pesar de todo, hay quien considera que la crisis económica no es un factor verdaderamente influyente en lo que a la tardía emancipación de los jóvenes se refiere. El sociólogo Adolfo de Luxán señala que en tiempos de bonanza los jóvenes españoles también se independizaban más tarde y que éstos sienten más tarde esa necesidad de autonomía. Los vínculos familiares son fuertes en los países mediterráneos y hallamos en ellos, según Luxán, las razones de la tardía emancipación. No obstante, según el experto en la materia Santiago Pérez Camarero, las principales razones de la tardía emancipación de los jóvenes españoles son económicas. Pérez Camarero, que ha realizado y estudiado numerosas y recientes encuestas sobre el tema, concluye sin dudar que nuestros jóvenes son mentalmente muy independientes, y que si no se van de casa es porque no les es posible a nivel financiero. A menudo, dice el sociólogo, decimos que estos jóvenes viven estupendamente porque se van de vacaciones a sitios lejanos y tienen un ocio que requiere un cierto nivel económico. Pero ésta es simplemente la manera que tienen los estudiantes de adecuarse a la situación: un trabajo en el que se gana, pongamos por caso, 400 euros al mes, no es suficiente para emanciparse pero sí permite, viviendo en casa de los progenitores, llevar una vida holgada y ahorrar para viajar en verano. Los gastos se sustituyen: un sueldo que proporcionalmente permite vivir con moderación en otros países, en España sólo sirve para gestionarse un ocio sin miramientos.

     

    Estudiar y trabajar

    Simultanear la carrera con algún tipo de trabajo, sea de media jornada o de jornada completa, esté o no relacionado con los estudios en cuestión, se ha vuelto misión imposible en España.

    La implantación del plan Bolonia en las universidades fue muy polémica, y sus ventajas e inconvenientes han sido muy debatidos. Pero, obviando si el sistema es pertinente o no a nivel académico, parece indiscutible que el plan Bolonia exige la asistencia del alumno a todas las clases, la elaboración de trabajos de manera regular a lo largo del curso y una vigilada evaluación continua. ¿Cómo compatibilizar ese modelo de universidad con la vida laboral? Parece que el nuevo sistema hace de la vida universitaria una suerte de prolongación de la regulada vida escolar. ¿Estamos mimando demasiado a los jóvenes? ¿Hacen estos cambios que los estudiantes maduren más tarde? ¿Todos están dispuestos a abandonar el cómodo hogar familiar, haciendo descender notablemente su nivel de vida? El experto Pérez Camarero considera terriblemente injusto afirmar que los jóvenes no se van de casa porque son vagos o indolentes, y achaca la prolongada estancia en el hogar familiar a dificultades de tipo económico. ¿Estamos mimando demasiado a los jóvenes?

    En cualquier caso, la imposibilidad de compaginar trabajo y estudios da como resultado algunos currículum vítae claramente descompensados: o bien el joven en cuestión tiene en su haber un buen expediente académico, con resultados notables y cursos de idiomas, o bien posee una experiencia laboral considerable. Es muy complicado hallar trayectorias equilibradas. Además, una de las consecuencias de la falta de trabajo es la prolongación de los estudios, por lo que no es extraño hallar jóvenes de más de veinticinco años con excelentes currículum académicos pero sin experiencia en el mundo laboral.

    Como resulta muy difícil, por no decir imposible, compaginar la carrera –o incluso un máster– con un trabajo, los casos de jóvenes independizados en España son minoritarios, y casi siempre responden a una situación excepcional que facilita la emancipación. Tal es el caso de Pablo Mato, un joven de 23 años que termina en septiembre la Licenciatura en Filología Hispánica. Cursó el tercer año de su carrera en Londres gracias a la beca Erasmus, a pesar de la cual se vio obligado a trabajar para financiar su estancia allí: el dinero de la beca era insuficiente y, además, se pagaba a posteriori. En agosto tiene la intención de independizarse, pues el año viviendo solo en Inglaterra terminó de despertar unas ganas de autonomía que siempre había experimentado, y ahora que termina la carrera considera que ha llegado el momento de vivir por su cuenta.

    Los casos de jóvenes independizados en España son muy minoritarios La suerte le ha sonreído: la tía de uno de sus mejores amigos les ha ofrecido un piso a un precio muy bajo, ya que no consigue venderlo (tal vez sólo tengan que cubrir los gastos, pero eso ya sería rentable para la propietaria, que lleva dos años bajando el precio de un apartamento que nadie quiere comprar). Pablo es huérfano de padre y acaba de recibir parte de una herencia que le permitirá vivir el año que viene sin necesidad de encontrar un trabajo estable. Cuenta, eso sí, con trabajar esporádicamente o con las siempre socorridas clases particulares, que pagan las cañas de una inmensa parte de los jóvenes españoles. El máster en que se quiere matricular lo paga el Estado gracias a una beca del Ministerio de Educación y Ciencia, concedida por la renta baja de su madre y su condición de monoparental. Gracias a la conjunción de todas estas fortuitas circunstancias, Pablo conseguirá irse de casa en septiembre de este año. Pero, ¿qué pasa en casos más estándares? ¿Es necesario reunir toda una serie de intrincados requisitos y de azares oportunos para poder, con suerte infinita, independizarse? ¿No debería tratarse de un proceso más natural y sencillo?

    La falsa independencia

    “Yo todavía vivo con mis padres”, dice Bernardo Matias, un portugués de 24 años que está a punto de terminar la licenciatura en Medicina. “Sólo he vivido sin ellos durante el año de Erasmus en Estrasburgo. La razón es que termino los estudios este año y aún no tengo ingresos. En Portugal no hay muchas ayudas para los estudiantes, como las que tenían en Francia”.

    El sueño se acaba y el síndrome post-Erasmus es más frecuente de lo que parece

    La situación de Portugal, junto con la de Italia, es muy similar a la española. Así, muchos jóvenes sólo viven de manera autónoma cuando consiguen una beca para irse al extranjero. Eso mismo le sucedió a Stefano Arrigoni, que en Italia no consiguió independizarse hasta los 26 años, cuando comenzó la especialización, una vez terminada la carrera de Medicina. Sin embargo, cada vez que pudo obtener una beca la aprovechó para vivir en el extranjero. En Italia le resultaba imposible. “La mayoría de los jóvenes viven con la familia hasta el fin de sus estudios y muchos ni siquiera se emancipan cuando tienen trabajo”, declara este joven inquieto, y se queja de que “a menos que seas increíblemente pobre o que vengas de muy lejos, no hay ninguna ayuda para pagar la universidad, que es muy cara; y lo mismo sucede con los pisos”.

    La ayuda económica por parte de los progenitores, a menudo necesaria (“La beca Erasmus son los padres”, reza una frase que prolifera en las redes sociales) parece legitimarse con la salida al extranjero, que suele ir acompañada de alguna beca que facilita en cierta medida la vida en el país de destino. Así, la mayoría de los jóvenes han vivido sin sus padres, pero dependiendo económicamente de ellos. Muchos recursos se adquieren con esa experiencia, los estudiantes maduran y aprenden a responsabilizarse, pero todo queda en una ilusión. El sueño se acaba y el síndrome post-Erasmus es más frecuente de lo que parece. Después de un año viviendo con amigos, ¿cómo volver a casa de papá y mamá y no enloquecer en el intento?

    En muchos casos, la frustración entre los jóvenes crece. Se quedan con la miel en los labios y anhelan una independencia que en su propio país parece inviable.La razón para irse al extranjero debería ser el anhelo de vivir en otro país, no la necesidad de huir del propio

    Otro fenómeno resultante de esta falsa independencia es el de los estudiantes que se dedican a empalmar becas con el fin de prolongar la ilusión de la emancipación. Tras el Erasmus viene una beca Séneca y después, tal vez, alguna a Hispanoamérica… todo con tal de no volver al hogar. Parece obvio que las estancias en otras universidades son siempre beneficiosas y ofrecen innumerables ventajas. Pero también es cierto que, en algunos de estos casos, los estudiantes simplemente quieren estudiar fuera a toda costa y su elección no responde a criterios académicos, a intereses particulares o a necesidad de aprender otro idioma o conocer otra cultura, y ésa no es la motivación deseable. La razón para irse al extranjero debería ser el anhelo de vivir en otro país, no la necesidad de huir del propio.

    La segunda parte de este reportaje se publicará mañana.

    Alma, Corazón, Vida
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