UN ENIGMA CENTENARIO

La identidad del autor del manuscrito Voynich, el libro más misterioso

Durante el último siglo, historiadores, académicos y aficionados han intentado descifrar, sin éxito, uno de los volúmenes más extraños que jamás haya conocido el hombre

Foto: El detalle del manuscrito que ha llamado la atención de Skinner.
El detalle del manuscrito que ha llamado la atención de Skinner.

Pocos libros han dado lugar a tanta especulación como el conocido como manuscrito Voynich, un misterioso volumen escrito en algún momento entre 1404 y 1438 en un idioma desconocido. Durante el último siglo, desde que fue hallado por el anticuario lituano Wilfrid M. Voynich “en un castillo en el sur de Europa” nadie ha sido capaz ni de traducirlo ni de descubrir a su verdadero autor; es más, ni siquiera se conoce exactamente cuál era su posible utilidad. Es decir, si realmente se trataba de un libro científico o no era más que una sofisticada broma para vaciar los bolsillos de los coleccionistas.

La teoría más reciente sobre la identidad de su autor ha llegado de la mano del escritor y editor australiano Stephen Skinner, especializado en la larga línea de literatura mágica que va desde el doctor John Dee, el astrónomo inglés consultor de la reina Isabel I, hasta Aleister Crowley. Desde luego, al menos ha conseguido saltar a las primeras páginas de los medios británicos, los más interesados en el texto Voynich, que se encuentra almacenado en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale.

El único lugar donde se podía ver a mujeres bañándose juntas eran los baños de purificación utilizados por judíos ortodoxos

Según su teoría, este texto debe haber sido ideado y creado a la fuerza por un judío del norte de Italia. Skinner basa su hipótesis no en el indescifrable texto, sino en las imágenes que lo acompañan, y que ya habían permitido dividirlo en seis secciones (herbario, astronómica, biológica, cosmológica, farmacéutica y recetas). Como explica en la introducción de una nueva edición facsímil del texto, hay ciertas imágenes que permiten localizar geográfica y culturalmente al autor. O, por lo menos, permite descartar otras posibilidades, como las que establecían que su origen era azteca, árabe, Leonardo da Vinci o una falsificación del siglo XX.

Se trata, en concreto, de las célebres imágenes de la sección “biológica” en las que varias mujeres desnudas aparecen bañándose en unas aguas verdes. Como ha explicado el escritor a 'The Guardian', “el único lugar donde podías ver a mujeres bañándose juntas en Europa en ese momento era en los baños de purificación que han sido utilizados por los judíos ortodoxos durante los últimos 2.000 años”. Se trata, en definitiva, de un 'mikvah', un baño utilizado en la cultura judía para la inmersión ritual. En el caso de las mujeres, su objetivo era la purificación después de haber menstruado. Cabe la posibilidad, no obstante, de que se trate de una mera casualidad. Algo difícil de creer, mantiene Skinner, debido al rigor de la sección médica del volumen.

Una saga sin fin

Hay otra buena razón que ha llevado al autor de 'Geometría sagrada' (Kaleidoscopio) a defender esta teoría. En un momento en el que la cultura occidental era esencialmente cristiana y la Inquisición garantizaba que nadie se salía del canon católico, no hay ninguna referencia aparente a Jesucristo en todo el volumen. Ni una triste cruz. Skinner sospecha que el autor podía ser alguno de los alquimistas astrólogos que, aunque perseguidos por la Inquisición, eran demandados como médicos ante la escasez de facultativos.

Lo más probable es que el verdadero autor de esta pieza genial no sea ninguno de los nombres que habitualmente se han barajado

Ahora bien, ¿por qué del norte de Italia? La respuesta la da la imagen de un castillo que muestra las características almenas gibelinas, típicas de castillos que tan solo podían encontrarse en el siglo XV en el norte de Italia. El círculo se estrecha: Skinner asegura que su autor puede ser, por lo tanto, un judío de ciudades como Pisa, en las que la clase dirigente no apoyaba al papa, sino al Sacro Imperio Romano Germánico. Es posible, no obstante, que tanto uno como otro hallazgo no expliquen tanto el origen del autor como su carácter viajero. Es decir, que se trate simplemente de construcciones y rituales que el autor recogió de lugares que visitó, pero que no eran su verdadero origen.

De lo que Skinner está también seguro es de que no pasó por las manos de John Dee, y en ese sentido, parece saber de lo que habla. Básicamente, porque a este le gustaba escribir en los márgenes de los libros que pasaban por sus manos y dejarlos marcados con una particular firma, y el Voynich no presenta ninguna de estas marcas. Tampoco aparece en sus minuciosos registros de compras y ventas, a pesar de que se le ha relacionado con él a través del autor y polígrafo franciscano Roger Bacon, el primer candidato a ser autor de este manuscrito. Skinner añade que lo más probable es que el verdadero autor de esta pieza genial no fuese nadie cuyo nombre ya conozcamos.

Una de las páginas de la sección herbal.
Una de las páginas de la sección herbal.

¿Dónde resume su genialidad? Básicamente, en ser indescifrable a pesar de tener sentido. Aunque a lo largo de la historia se ha sospechado que el manuscrito podía ser simplemente una broma para despistar a coleccionistas e historiadores, incluso en el caso de haber sido así, se trataría de una broma sofisticadísima. Las investigaciones más recientes, como la realizada por el lingüista de la Universidad de Bedfordshire Stephen Bix, han puesto de manifiesto que el texto, de hecho, presenta las mismas características que un texto convencional.

Bix consiguió traducir algunos pasajes de la sección “herbario” y “astronómica” gracias a las ilustraciones, otros tratados medievales escritos en árabe y la búsqueda de nombres propios, el método que se suele utilizar para decodificar esta clase de documentos de los que se carece de otras referencias. El físico teórico Marcelo Montemurro de la Universidad de Manchester realizó un análisis estadístico del libro y concluyó que había determinadas palabras que se repetían con frecuencia, como correspondería a un libro sobre un tema concreto. Es decir, la colocación de los términos no es casual. No obstante, Bix localiza su origen mucho más lejos que Skinner. Según su versión, probablemente se trata de “un tratado sobre naturaleza escrito en un lenguaje de Oriente Próximo o Asia”.

O más allá: según una investigación publicada en el 'American Botanical Council', su origen debía ser mesoamericano, ya que en él aparecen plantas que solo crecen en dicha región, y la misteriosa lengua podía tratarse de una variación del nahúatl azteca. Y la madeja se vuelve a liar...

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