LA FUENTE DE LA SALUD

La gran máxima de la alimentación que contaban los sabios de la Antigüedad

El exceso es el enemigo de lo valioso, algo muy evidente en el caso de las dietas. Algunos alimentos muy saludables pierden todo su valor o son peligrosos cuando se ingieren en grandes cantidades

Foto: La fuente de nuestro bienestar se encuentra también en la comida que nos llevamos a la boca. (iStock)
La fuente de nuestro bienestar se encuentra también en la comida que nos llevamos a la boca. (iStock)

La medicina integrativa parte de la medicina naturista clásica e incorpora los valores de la llamada medicina biológica. Es el enfoque las doctoras Monsterrat Noguera Fusellas y Padma Solanas Noguera han adoptado en 'La fuente de la salud. Una aproximación a la medicina integrativa' (Paidós). En el fragmento que reproducimos a continuación las autoras nos explican cuál debería ser la base de nuestras costumbres alimenticias.

Los sabios griegos de la Antigüedad, amantes de la mesura y la proporción, decían: «De nada, demasiado». El exceso es el enemigo de lo valioso, algo que resulta muy evidente en el caso de la dietética. Algunos alimentos muy saludables pierden todo su valor, transformándose incluso en nocivos cuando se ingieren en grandes cantidades. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el chocolate negro, el que contiene más de un 90 % de cacao. Ingerido en pequeñas cantidades es antioxidante, pero en exceso se convierte en un irritante hepático e intestinal, puesto que el sabor amargo estimula al hígado en pequeñas dosis, pero en exceso puede llegar a saturarlo.

Lo mismo sucede con el té verde, otro importante antioxidante que tomado en exceso —es decir, más de tres tazas al día—, daña el intestino, concretamente el colon. Con todo, el modo de prepararlo es importante. Los compuestos antioxidantes del té verde se destruyen si los sometemos a temperaturas superiores a noventa grados, lo cual significa que para preparar la infusión, el agua no tiene que llegar a hervir.

Hoy, que nadamos en la abundancia de productos comestibles, gracias al enorme desarrollo experimentado por una industria alimentaria que produce mucho para consumir mucho, el exceso y la opulencia constituyen un grave problema, especialmente si se tiene en cuenta la pésima condición de buena parte de los alimentos producidos. Indudablemente, la dieta constituye uno de los factores más determinantes de la salud humana, junto con el aire que respiramos y el agua que bebemos, siempre y cuando los alimentos sean de calidad, puesto que, desgraciadamente, no todo lo que ingerimos hoy tiene el mismo valor nutricional, como alerta la doctora Olga Cuevas Fernández, especialista en alimentación y nutrición. Es lo que sucede con los productos refinados, cuya cualidad es muy inferior a la de los alimentos integrales y ecológicos. Más aún, los alimentos refinados son los principales culpables de los problemas de salud en nuestras sociedades. En el caso de la harina blanca, por no citar más que un ejemplo, casi el 80 % de los minerales y el 90 % de las vitaminas, así como toda la fibra, se pierden durante el proceso de refinamiento. De ahí la importancia de consumir, preferiblemente, alimentos integrales, que no hayan sido despojados de sus sustancias nutrientes específicas.

Se dice que “nuestra juventud ha entronizado el bocata“. Pero no es sólo los más jóvenes los que lo han hecho: también las personas adultas

Más allá de la diferencia de valor nutricional existente entre los alimentos refinados y los integrales, lo peor es que no todo lo que hoy comemos llega a la categoría de alimento, y si no es un alimento, tampoco es una medicina, en el sentido hipocrático del término que mencionábamos anteriormente. Y es que, por desgracia, no siempre lo que la industria del sector produce es bueno para comer —según la célebre expresión del antropólogo Marvin Harris—, aunque sí lo sea para vender. Así pues, a la máxima griega «De nada, demasiado» habríamos de añadir «Y de algunas cosas, poco, muy poco, o casi nada». La llamada «comida rápida», fast food en inglés, que constituye uno de los signos de los tiempos tan acelerados que corren, es un buen ejemplo de las cosas que hay que evitar o, cuando menos, comer muy ocasionalmente.

Es sobradamente conocido que los principales consumidores de comida rápida —las populares hamburguesas, por ejemplo— son los adolescentes y los adultos jóvenes, no mayores de veinticinco años. Cómo bien afirma la doctora Marta Castells, «nuestra juventud ha entronizado el bocata». Bien, nuestra juventud y los no tan jóvenes también. A veces, en la propia casa, al final de una cansada jornada laboral, quedan pocas ganas de cocinar, por lo que el bocadillo de lo que sea es el recurso más socorrido. Sea como fuere, hay que saber que el 60 % de las calorías procedentes de las hamburguesas consumidas en los establecimientos especializados en comidas rápidas se derivan de las grasas saturadas de origen animal, las más nocivas para la salud junto con las llamadas trans, que son el fruto de la manipulación de los alimentos —por ejemplo, la hidrogenización de las grasas vegetales, a la que ya nos hemos referido con anterioridad.

Por todo ello, no nos cansaremos de subrayar la importancia de adquirir unos hábitos alimentarios saludables desde la infancia y primera adolescencia, pues sabido es que los errores que se cometen de joven se pagan de mayor. De ahí la importancia del cuidado de la alimentación infantil. En las sociedades avanza-das, la mayoría de las enfermedades suelen hacer acto de presencia, ya sea en la edad adulta, ya en la tercera edad. Se trata de las llamadas enfermedades crónicas, gestadas a lo largo de los años, como, por ejemplo, la hipertensión, la artritis, la osteoporosis o fragilidad de los huesos, las afecciones cardiovasculares y el cáncer, este último cada vez más frecuente. En definitiva, hay que enseñar a comer bien ya desde niño, aunque no sea ésta una tarea fácil, sobre todo porque es difícil sustraerse a la publicidad tan llamativa de ciertos productos cuya repercusión nutricional sobre los más pequeños no es nada saludable. Y es que niños y adolescentes son los más fácilmente influenciables, inducidos por factores externos, como el caso citado de la publicidad.

Comer menos y mejor

Saber comer es comer menos y mejor. Y comer menos y mejor para vivir más y en mejores condiciones. Y es que la salud y la longevidad están directamente relacionadas con el control de la ingesta de calorías. Hoy sabemos que un 30 % menos de calorías significa un 20 % más de vida. Así de sencillo. La metabolización de la comida consume gran parte de la energía que generamos a lo largo del día. Cuanto más comemos más quemamos y, como es sabido, quemar oxida y, en consecuencia, envejece. Las personas obesas viven menos años y en peores condiciones, debido a que la obesidad produce inflamación, y la inflamación, además de dolor, implica oxidación y envejecimiento precoz. La obesidad, cada vez más prevalente en nuestra sociedad, incluso entre la población infantil, es una de las consecuencias más alarmantes de dicho exceso calórico.

Según los últimos estudios realizados en España, uno de cada seis adultos es obeso, y uno de cada dos tiene sobrepeso, que es hoy uno de los factores más altos de riesgo de cáncer. En cuanto a la infancia, el 26 % de los niños y el 24 % de las niñas sufren sobrepeso. En términos generales, hoy comemos mucho y mal, lo cual tiene una incidencia muy negativa en nuestra salud. Es un hecho incontestable que consumimos al día demasiadas calorías (dos mil quinientas el hombre, y dos mil doscientas la mujer, aproximadamente), producto de una dieta desequilibrada, a lo cual hay que añadir el efecto pernicioso del sedentarismo.

Una persona gruesa presenta un mayor grado de toxicidad que una persona delgada; ya que la mayoría de tóxicos es liposoluble, esto es, se disuelve

Se considera que alguien tiene sobrepeso cuando pesa diez kilos más de lo que le correspondería según su altura y constitución. Una persona gruesa presenta un mayor grado de toxicidad que una persona delgada; ya que la mayoría de tóxicos es liposoluble, esto es, se disuelve y acumula en las grasas. Por eso, cuando alguien pierde peso libera gran cantidad de tóxicos, lo cual acostumbra a desencadenar un estado generalizado de cansancio y dolor de cabeza, entre otros síntomas. Son lo que podríamos denominar crisis depurativas, que indican que nuestro organismo está realizando un esfuerzo denodado por liberar tóxicos. Cuando esto sucede, conviene tomar desintoxicantes, ya sean medicamentos, o bien a través de zumos de manzana o zanahoria, infusiones de tomillo o romero, o caldos vegetales de cebolla, apio y nabo. Lo que resulta contraproducente es cortar de raíz los síntomas, tomando antiinflamatorios contra el dolor de cabeza, por ejemplo, puesto que, insistimos, se trata de crisis depurativas enormemente positivas, aunque por momentos resulten molestas.

Por supuesto, todo lo que hemos afirmado acerca del control del peso no nos ha de conducir a la obsesión por la balanza, como sucede con el caso extremo de la anorexia, mal que aqueja a tantas jóvenes de hoy. La delgadez o el sobrepeso no son situaciones aconsejables para una vida más sana. Hay que huir de los extremos y de todo exceso. Insistimos una vez más: de nada, demasiado. El reto consiste en hallar la justa medida de las cosas. Además, ¿quién ha dicho que comer de una forma sana y equilibrada tenga que ser tortuoso o aburrido?

Alma, Corazón, Vida

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