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El factor definitivo que nos hace ser fieles o no (y no es el deseo sexual)
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otra explicación evolucionista

El factor definitivo que nos hace ser fieles o no (y no es el deseo sexual)

Michael E. Price, profesor de psicología de la Brunel University de Londres, cree que la promiscuidad ha sido mal vista a lo largo de la historia por razones distintas a las que pensamos

Foto: ¿Por qué algunas personas no tienen ningún aprecio por las relaciones estables? (iStock)
¿Por qué algunas personas no tienen ningún aprecio por las relaciones estables? (iStock)

Todos en algún momento hemos mantenido la típica discusión en un grupo de amigos en el que se termina debatiendo sobre la visión que cada uno tiene sobre las relaciones amorosas. Pese a que existan muchos matices, las principales opiniones pueden dividirse, a grandes rasgos, entre los tachados como moralistas y los señalados como promiscuos.

A los primeros se les podrá escuchar argumentos como: “las relaciones son para toda la vida, no deben romperse bajo ningún concepto y lo peor que se puede hacer es cometer el adulterio”. Los promiscuos, en cambio, vaticinan el fin de la monogamia, consideran que el ser humano no está hecho para una única relación y no ven el poliamor o el adulterio como algo negativo. Sea como sea, al final la opinión que cada uno tiene sobre la moral del amor o de las relaciones se fundamenta en la propia experiencia y no en estudios ni fundamentos científicos.

Es tremendamente común el desarrollo de la idea de que nuestra moral amorosa procede de la tradicional mentalidad cristiana que ha acompañado el desarrollo de Occidente durante siglos y siglos. También es muy habitual escuchar otras teorías en las que se compara al ser humano con otros seres vivos y de ahí se extrapola el comportamiento monógamo o polígamo de nuestra especie.

Un factor poco estudiado

Aunque muchos de estos argumentos están bien trabajados y pueden tener cierta consistencia, no dejan de ser unos planteamientos simplistas. O esta es la opinión que defiende Michael E. Price, profesor de psicología de la Brunel University de Londres. Price afirma en Psychology Today que es cierto que la promiscuidad ha sido mal vista a lo largo de la Historia, pero cree que los planteamientos que se han utilizado para explicarlo posiblemente sean erróneos y planos.

En caso de mayor dependencia económica, la familia tendrá más interés en permanecer unida

Por estos motivos se lanzó a investigar nuevas explicaciones y para llevar dicha tarea a cabo se juntó con otros dos psicólogos: Nicholas Pound e Isabel Scott. La principal hipótesis de la que partieron se apoya en el concepto de paternidad y familia, así como en las necesidades generadas en aquellos entornos sociales en los que la mujer es más dependiente económicamente de la figura masculina. Los tres investigadores plantearon la posibilidad de que en estas situaciones estaría peor vista la promiscuidad. Las razones defendidas por los autores son bastante evidentes: en caso de mayor dependencia económica, la familia tendrá más interés en permanecer unida, pues de esta forma será mucho más sencillo poder satisfacer las necesidades económicas de la familia o hijos.

En el trabajo de campo de la investigación utilizaron como muestra a 5.000 estadounidenses y una de las conclusiones más evidentes fue que en aquellos Estados en los que las mujeres ganaban más dinero y eran más independientes del sueldo del marido, la actitud hacia la promiscuidad de alguno de los miembros de la pareja, o de los dos, era mucho más relajada. En cambio, en aquellos casos en los que existía una mayor dependencia, había un rechazo mucho más elevado.

También en ambientes muy religiosos y conservadores

Pero esta conclusión no es la más llamativa de todas, porque también encontraron que esta conexión también prevalecía incluso en aquellos sectores más religiosos o con una idelogía más conservadores. Eso sí, Price hace especial hincapié en que esta variable está relacionada con el nivel de independencia económica de la mujer, no con los ingresos que pueda tener el varón.

Estos resultados son cuanto menos sorprendentes, porque muestran una posibilidad apenas estudiada y un nuevo campo de investigación, pero los autores quieren dejar claro que aunque las conclusiones parezcan tan claras, este factor no son ni mucho menos el único que puede explicar rechazo o aprecio hacia una mayor o menor promiscuidad, pues cada vida es diferente y muchos pueden ser los condicionantes que influyen en que una persona tenga una visión más abierta o cerrada.

De lo que no cabe duda es que tras este estudio se rompen muchos tópicos sobre la promiscuidad y se echan por tierra algunas de esas grandes teorías que tratan de explicar la procedencia de nuestra moral amorosa.

Todos en algún momento hemos mantenido la típica discusión en un grupo de amigos en el que se termina debatiendo sobre la visión que cada uno tiene sobre las relaciones amorosas. Pese a que existan muchos matices, las principales opiniones pueden dividirse, a grandes rasgos, entre los tachados como moralistas y los señalados como promiscuos.

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