Las cinco cosas que más me sorprendieron cuando di la vuelta al mundo
  1. Alma, Corazón, Vida
ALEXANDER BELANAL Y SUS POSTALES DEL MUNDO

Las cinco cosas que más me sorprendieron cuando di la vuelta al mundo

Viajero en la vida real y lector apasionado, el madrileño Alexander Benalal explica lo que ocurre (y lo que aprendes) cuando das la vuelta entera al planeta

Foto: ¿Cómo veríamos nuestro planeta si viniésemos de otro mundo? Alexander Belanal tiene la respuesta. (iStock)
¿Cómo veríamos nuestro planeta si viniésemos de otro mundo? Alexander Belanal tiene la respuesta. (iStock)

Viajero en la vida real y lector apasionado, el madrileño Alexander Benalal cuenta en Postales del joven Moss. Vuelta al Mundo Exterior (La Línea del Horizonte Ediciones) los avatares del cronista Moss junto a su mujer por todo el mundo, de Rusia a Estados Unidos pasando por Siberia, Mongolia, China, Japón o Argentina. Comparado con Eduardo Mendoza, Tom Sharpe o Bill Bryson por su sentido del humor, la novela nos permite contemplar nuestro propio mundo con los ojos de un extraterrestre. En el presente artículo nos explica las lecciones que ha aprendido después de dar la vuelta al planeta.

Pongamos que soy español. Y castellano. Que tengo un espíritu soñador y una secreta ambición de lanzarme a la aventura y "desfacer entuertos", o por lo menos no "facerlos". Y que se me presenta la ocasión de salir de mi pequeño universo de obligaciones y rutinas en Madrid para, durante siete meses, dar la vuelta al mundo. Es decir, pongamos que, si me lo permiten, soy una suerte de Don Quijote moderno, o por lo menos me siento como tal, y durante más de medio año me lanzo a la aventura de recorrer continentes y países sin rumbo fijo.

¿Cuáles son las cinco principales cosas que me sorprenderían?

1. Lo puede hacer cualquiera

Pues bien, la primera es que hacer algo así está en manos de cualquiera. De cualquiera que tenga manos. Y pies. Y no tenga ataduras (o más bien grilletes, del tipo que sean) que le impidan moverse. Viajar sin más pretensión que descubrir y mirar es barato. A veces más barato que permanecer sentado, en casa, pagando alquiler, seguros, letras varias y quién sabe qué caprichos que nos entretienen para no pensar. Incluso sin tener letras ni seguros (¿quién no paga un alquiler?), viajar puede ser más económico. Basta con saber dónde perderse. Una cama más que digna en China puede costar tres o cuatro dólares. Un plato de comida en Tailandia, uno. Si uno anda apurado existe el couch surfing en que personas ponen a disposición de viajeros sus casas para que pernoctes en ellas. Sin cargo alguno y en miles de ciudades.

2. No sabemos nada del mundo

El segundo descubrimiento es que este mundo nuestro que tanto creemos conocer por lo que vemos en televisión y cine, no se parece en nada a la idea que nos habíamos hecho de él una vez salimos a recorrerlo. En nada se parecen el hecho de ver fotografías de la Ciudad Prohibida o El último emperadorde Bertolucci, con entrar en ese complejo palaciego y perderse literalmente por los recovecos, jardines y detalles. En nada saber de la tragedia de Hiroshima por los libros a reencontrarte con sus víctimas y anécdotas en el preciso punto en que sus vidas cambió. No es lo mismo saber que existe una línea de tren que cruza Siberia de un tirón, que pasarte cinco días con sus noches encerrado en un camarote sin apenas comida, compartiendo un improvisado lenguaje de signos, ilusiones y víveres con un ruso al que ya siempre irá aparejada tu idea y recuerdo de esos días. Nada tiene que ver saber de Tokio o Tahití, o de una cosa llamada "el sueño americano" con vivir la experiencia de esos sitios o proyectos, y recorrerlos de la mano de sus gentes y particularidades.

3. El tiempo retrocede

El tercer descubrimiento es que, cuando uno viaja sin más ambición que mirar y conocer y sin prejuicios, el tiempo, más que pasar, retrocede. Transcurren los días y se rejuvenece. Se junta uno con niños y con ancianos, con borrachos y locos, que son las personas más cuerdas de este mundo. Y empieza a usar los ojos de un modo mucho más inocente, menos preconcebido, más natural. No es difícil que, estando enfrente de un templo grandioso, le llame a uno más la atención la mirada perdida de una mujer con alzhéimer que busca en vano sus recuerdos con una sonrisa ladeada. O ir a comprar pan y acabar rodeado de personas mutiladas por los Jémeres Rojos, en Camboya, en una obra de teatro improvisada para no olvidar.

4. La aventura no acaba nunca

El cuarto descubrimiento es que una aventura como la que describo no acaba nunca. Llega el final, sí. Y uno regresa. Pero el viaje sigue. En el corazón. Y en el recuerdo. En el modo de ver y de relacionarse con el mundo al que regresa. En el modo de entenderlo. También yace una promesa de repetir esa aventura algún día, cuando sea posible. Mañana o dentro de cuarenta años. Cuando se dé. Porque la vida es eso: no hacer planes que se nos caigan a la mitad. Y no resignarse a nada que tenga más de norma que de juego.

5. El cuerpo te pide compartir tus vivencias

Y ya finalmente, el quinto descubrimiento es que no hay Quijote sin Cervantes y por lo tanto cuando uno vuelve de tal aventura el cuerpo le pide que la escriba. Que la cuente. Que le ponga palabras a ser un niño otra vez y lanzarse a redescubrir este mundo en el que uno busca constantemente un ideal en lo real: la libertad. Cada cual lo hace a su manera, yo he conocido muchos casos. En el mío escribí mis experiencias en un libro, Postales del Joven Moss, y tuve la suerte de que una editorial que sabe de pasos y caminos me lo publicó. En el suyo, si se anima, quién sabe. Pero se sorprendería. Porque aventuras como esta lo devuelven a uno a lo que era y eso es algo que siempre se quiere compartir con los demás.

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