Las ocho formas de pensar que impiden que pierdas peso
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LA MENTE, ANTES QUE EL CUERPO

Las ocho formas de pensar que impiden que pierdas peso

Ya está aquí septiembre, el mes de los buenos propósitos. Si no queremos volver a fracasar, debemos soslayar estos pensamientos

Foto: Antes de ponernos en marcha, debemos hacer examen de conciencia y prepararnos mentalmente para nuestra nueva vida. (Corbis)
Antes de ponernos en marcha, debemos hacer examen de conciencia y prepararnos mentalmente para nuestra nueva vida. (Corbis)

Ya está aquí septiembre, el mes de los buenos propósitos (sí, incluso más que enero). Horrorizados, hemos comprobado cómo la grasa de nuestro vientre ha aumentado sin que nos hayamos dado cuenta, y nos hemos visto obligados a mostrar nuestras vergüenzas durante todo el verano en piscinas, playas y chiringuitos. Pero no va a volver a ocurrirnos lo mismo, no señor. Por eso, el 1 de septiembre nos hemos plantado en la puerta del gimnasio listos a, este año sí, ponernos en forma.

Pronto descubriremos que no es tan fácil, y es muy probable que, aunque hayamos pasado hambre y sudado sangre, terminemos cediendo a la pereza. El adelgazamiento no empieza por nuestro cuerpo, sino por la cabeza, y si no desterramos los pensamientos que pueden detenernos para alcanzar nuestro objetivo, es probable que nos demos pronto por vencidos. En ocasiones, el problema se encuentra en tener unas expectativas muy altas. En otras ocasiones, en todo lo contrario, y en pensar que, por mucho esfuerzo que pongamos, nunca podremos alcanzar nuestra meta.

Por eso, los psicólogos recuerdan que existen una serie de pensamientos recurrentes que nos intoxican y que, en lugar de contribuir a afrontar el deporte de forma más realista, distorsionan la realidad. La psicóloga Melanie Greenberg recoge alguna de las frases que deberíamos dejar de repetirnos a nosotros mismos en un artículo publicado en Psychology Today.

“Estoy gordo”

Pensar que somos desgraciados, feos, infelices o poco atractivos porque tenemos sobrepeso es infravalorarnos, y reducirnos a una mera cifra. Además, en caso de que perdamos los kilos de más, probablemente nos demos cuenta de que nuestros problemas se encontraban en otro lugar. La gordura no nos define como personas.

“No tengo ninguna fuerza de voluntad”

Rendirse antes de entrar en el campo de batalla. Todas las personas tienen fuerza de voluntad, sólo que hay que ejercitarla. Greenberg sugiere que pensemos en esos momentos de la vida en los que hemos conseguido nuestros objetivos a base de perseverancia, pues nos servirán para recordar que sí somos capaces de superarnos. Dos consejos para mejorar nuestro rendimiento son planificar nuestro horario en función de lo que queramos hacer y buscar amigos que quieran compartir nuestra rutina de entrenamientos.

“Nunca estaré tan delgado como los demás”

Ojear una revista puede deprimirnos ante la colección de fornidos deportistas o bellas modelos que en ellas abundan. Dejando aparte los retoques fotográficos, estas personas han dedicado su vida al ejercicio físico y la belleza. Debemos sentirnos a gusto con nosotros mismos, no pretender ser quien no somos, puesto que es algo que se encuentra fuera de nuestro alcance. El listón no lo ponen los demás, lo ponemos nosotros.

“Tengo que perder peso ya”

Roma no se construyó en un día, pero sí se vino abajo mucho más rápidamente. Las ansias sólo servirán para desanimarnos en caso de que no perdamos kilos con la velocidad que nos gustaría. Es preferible, de hecho, no cambiar de manera drástica nuestra forma de vida, puesto que se trata de algo difícil y poco práctico. Resulta más exitoso introducir pequeños cambios en nuestra dieta, práctica de ejercicio y hábitos, lo cual tendrá efectos mucho más positivos a largo plazo.

“Me he ganado esa hamburguesa”

El pensamiento del nuevo deportista saludable y sano se mueve entre extremos. Queremos perder todo el peso de golpe, por lo que dejamos de comer y pasamos tres horas al día en el gimnasio. Ello, al mismo tiempo, nos conduce a pensar que, ya que hemos sido tan estrictos, podemos permitirnos pequeñas indulgencias como faltar un día al gimnasio, comer una hamburguesa… Pequeñas relajaciones que terminan convirtiéndose en el abandono total del ejercicio y el retorno a los viejos hábitos. Resulta preferible no querer abarcar tanto tan rápido y evitar el estrés mental que nos lleva a desear caprichos como esa hamburguesa.

“Estoy demasiado ocupado para preocuparme por vivir bien”

¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Algo semejante ocurre con el prejuicio mental que nos empuja a pensar que bastante estrés tenemos como para dedicar tiempo a comer mejor o a hacer ejercicio. Es bastante probable que nuestro estrés tenga como origen, además del trabajo, comer mal, no hacer deporte o, simple y llanamente, no permitirnos ni un segundo de descanso en nuestra agenda diaria. Además, la autora recuerda que apuntarnos al gimnasio o comer bien no es algo cuyo plazo termina el 10 de septiembre, sino que podemos dejarlo para un momento en el que el retorno al trabajo no nos angustie tanto.

“Me he saltado la dieta, así que la voy a dejar”

Es el pernicioso pensamiento de “todo o nada”. Entra dentro de lo previsible que, en un momento u otro, nos dejemos llevar y comamos más de la cuenta o nos saltemos la sesión del gimnasio. No es un pecado mortal, y debemos volver a la rutina con la lección aprendida: una y no más.

“Si pierdo 10 kilos, mi vida será mejor”

Malas noticias: es muy probable que no. Aunque mantenerse en el peso ideal siempre es positivo para nuestra salud (o apariencia), no es la panacea que solucionará todos nuestros problemas. En realidad, unos kilos más o menos apenas cambian nada, y si nos sentimos aislados, rechazados, olvidados o inútiles probablemente será por otra razón.

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