Diagnóstico: parado

Cuando despidieron a Mario se lo tomó como un tiempo de relax. A sus 42 años, quería aprovechar para terminar con el inglés, su eterna asignatura

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Diagnóstico: parado

Cuando despidieron a Mario se lo tomó como un tiempo de relax. A sus 42 años, quería aprovechar para terminar con el inglés, su eterna asignatura pendiente, y disfrutar más de sus hijos, Candela y Manuel. Podría sacarlos al parque a la salida del colegio, un lujo que hasta el momento sólo se lo podía permitir los fines de semana. Y no todos. Pero la ilusión por disfrutar de estos pequeños placeres de la vida le duró poco más de un mes. De repente, la casa se le empezó a caer encima y del idioma no quería ni oír hablar. No le apetecía hacer los cursos que le enviaban del Inem y sólo empleaba su tiempo en estar solo, a ser posible dormido. Isabel, responsable del área de consultoría de una multinacional, es consciente de que su marido sufrió hace dos años, cuando se quedó desempleado, lo que los psicólogos ya han bautizado como “el síndrome del parado”. 

 

Con cifras del paro que amenazan con rozar los cinco millones, las consultas de psicólogos y psiquiatras se preparan para curar a más de un parado aquejado de este síndrome, cuyos brotes más enérgicos emergen en tiempos de crisis. La autoestima es la primera que se hace añicos. “Yo no valgo para esto”, “por qué me ha tocado a mí”, o “ahora, a mi edad, dónde voy yo” son ideas que se instalan en la mente de más de un sufridor del síndrome del parado.

 

Especialistas en medicina laboral han analizado el síndrome en cuestión y le diagnostican tres fases. La primera etapa, la de optimismo. Son momentos para el descanso y la calma. Disponen de todo el tiempo del mundo para exprimirlo al gusto del consumidor: viajar, estudiar, descansar. Lástima que esta fase eufórica pase tan pronto como se conciencie de que encontrar trabajo, y más en tiempos de crisis, es demasiado complicado.  Bienvenida, etapa de la obsesión. “El primer mes sin trabajar me sentía bien. Podía levantarme más tarde de las ocho, leer el periódico, pasear, comprar, incluso ir a por los niños al colegio. Pero pronto me entró un ataque de pánico cuando pensaba en qué pasaría si no encontraba un trabajo pronto y llegara el día en que no pudiera hacer frente a la hipoteca”, cuenta Mario.

 

Esta segunda etapa llega cuando los parados se dan cuenta de su verdadera situación: el tiempo corre en su contra. Los nervios les cierra el estómago, no pueden dormir por las noches y la ansiedad les corta la respiración. No saben a qué puerta más llamar para encontrar trabajo, y las pocas plazas que se ofertan en Internet no se adecúan a su currículum. “Todos nuestros amigos ya sabían de la situación familiar, y estaban al tanto para avisarnos de cualquier plaza que quedara vacante. Sólo quedaba esperar y rezar”, dice su mujer, Isabel.

 

Muy pronto acechó a Mario la tercera fase del síndrome: un estado de apatía se instaló en su cuerpo. Fue entonces cuando protagonizó la típica imagen del parado que se pasa el día delante de la televisión, sin ningún quehacer que le motive. Nada. Ni los niños, ni los amigos ni Isabel. Había tirado la toalla y se sentía como un fracasado. En todo. “No me apetecía hacer nada porque creía que fallaba en todo: me sentía mal padre, mal esposo, mal amigo”. Bendita llamada, en este caso de uno de sus colegas, ofreciéndole una entrevista de trabajo. Era de telecomunicaciones, su sector, así que pronto cogió confianza en sí mismo. “En un principio sólo era eso, una entrevista, ¿pero sabes la ilusión que sentí? Parecía que me había tocado la lotería”. Aunque creía no tener muchas papeletas, al final la suerte le acompañó y Mario fue seleccionado para el puesto en una empresa de telefonía móvil. Por fin volvía a respirar.   

 

6.000 suicidios cada millón de parados

 

Detrás del drama familiar y personal que supone atravesar una crisis económica no se puede olvidar la realidad más cruda: el suicidio como vía de escape. Ángel Cárcoba, experto en salud laboral de Comisiones Obreras, cree que cada millón de parados generará 167.000 enfermos y 6.000 suicidios en los próximos diez años, y señaló que muchas de las patologías derivadas de la crisis económica son cardiovasculares y psicosomáticas. La ansiedad producida genera “desequilibrios emocionales e incrementa las enfermedades mentales”. Una situación que provoca, según el experto, más de 50.000 ingresos en psiquiátricos.

 

Por eso el porcentaje de suicidios entre parados supera entre 2 y 3 veces a la población normal. Ver un futuro demasiado negro, aliñado con un poco de depresión o un cuadro de ansiedad constante, hace que quitarse la vida sea una desesperada respuesta a una visión donde no se veían salidas ni soluciones. 

 

 

Alma, Corazón, Vida
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