Así nació el Banco Bilbao

París, 13 de junio de 1856. Frente al nº 102 de la rue de Richelieu, en las inmediaciones de la Bolsa, pasean dos hombres que hablan
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Así nació el Banco Bilbao

París, 13 de junio de 1856. Frente al nº 102 de la rue de Richelieu, en las inmediaciones de la Bolsa, pasean dos hombres que hablan castellano. Uno lo hace con un fuerte acento vizcaíno y el otro, aunque es natural de Ispaster, Vizcaya, se expresa con una imperceptible entonación mexicana.

El primero se llama Juan Ybarra, mi tatarabuelo materno. El segundo es José Javier Uribarren, hermano de mi cuarta abuela, un rumboso hombre de negocios quien, tras haberse establecido en México, regenta ahora en París una próspera casa de banca. Del palacete que Uribarren posee en la misma playa de Lequeitio partirá para el exilio, doce años más tarde, en septiembre de 1868, la reina Isabel II.

Ni siquiera el viento que se ha levantado y que les obliga a sujetarse los sombreros logra distraerles de la conversación en la que ambos vizcaínos se hallan enfrascados. Uribarren dice a Ybarra que Abaroa, su sobrino, consejero del Crédit Mobilier en representación suya, le ha asegurado que esta empresa aspira a fundar, a orillas del Nervión, el Banco de Bilbao. Para ello basta con acogerse a la ley sobre Bancos de Emisión de enero de 1856. Los hombres fuertes del Crédit Mobilier son Emile Pereire y el conde Morny, hermanastro de Napoleón III. La firma va a dar mucho que hablar en España pues acaba de adjudicarse una obra de envergadura: la construcción de la línea férrea Irún-Madrid.

Uribarren e Ybarra tienen una razón de peso para apoyar la creación de un Banco de Bilbao de titularidad francesa: la promesa de que, a cambio, el Crédit Mobilier construirá una ramal adicional que unirá con Bilbao la línea ferroviaria Irún-Madrid. De ese modo, los productos de los Altos Hornos de los Ybarra y de la fábrica de Bolueta, de la que es consejero Uribarren, se podrán colocar en la meseta sin necesidad de hacerlo, como hasta ahora, a bordo de carromatos tirados por una reata de mulas.

Pero no todos los Ybarra eran partidarios de la titularidad francesa que abanderaba Juan. Gabriel, su hermano, mi tatarabuelo paterno, apoyaba sin reservas al rico Epalza, líder del movimiento cuyo lema era “el Banco de Bilbao, para los bilbaínos”. La ola antifrancesa que invadía Bilbao recordaba a la que vivió la villa durante la guerra de la Independencia.

“La guerra por control del banco ha terminado”

Hacía solo dos meses, el 19 de abril de 1856, que los bilbaínos habían celebrado la primera reunión de accionistas del futuro Banco de Bilbao. El capital escriturado ascendía a ocho millones de reales, de los cuales los Ybarra habían suscrito acciones por valor de medio millón, lo que les convertía en los primeros accionistas del futuro banco junto a su cuñado Zubiría. Tras ellos iban los Epalza con trescientos mil, los Arellano, Urigüen, Zabálburu, Orbegozo, Ingunza, Mac Mahón, Uhagón, Aguirre, Yohn, Lund y Mendiguren.

El 29 de junio de 1856, Gabriel Ybarra escribió a París a su hermano Juan para anunciarle que en Bilbao “han comenzado las funciones para festejar la aprobación por el Congreso de la construcción del ramal adicional que unirá con Bilbao la línea férrea Irún-Madrid. Olvida a los franceses y vente para casa. La guerra por el control del banco ha terminado”.

Once meses después, el 19 de mayo de 1857, el Consejo de Ministros autorizó la titularidad bilbaína del Banco y Epalza, el Pizarro vizcaíno, fue nombrado presidente con Gabriel Ybarra en el consejo. El general Narváez debió de comprender que, a pesar de los recados que, desde Palais-Royal, le hacía llegar Napoleón III, no podía imponer a Bilbao opciones invasoras.

Hoy, las guerras empresariales ya no se libran, como antes, en la calle. Ahora se deciden en los despachos de la alta política. Ciento cincuenta años despué