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Por qué la gente inteligente no tiene más éxito que el zote de turno

Todos conocemos a personas brillantes que no han alcanzado sus metas o que lo pasan muy mal. Además de la suerte, hay otros factores que determinan que esto ocurra

Foto: La paciencia y la ciencia. (iStock)
La paciencia y la ciencia. (iStock)

Nos resulta tranquilizador pensar que las personas inteligentes llegan más lejos que los demás. Por un lado, porque es una de esas cualidades personales que siguen valorándose de forma positiva aunque en un alto grado sea innata, ya que se considera que este factor es lo que nos hace humanos. Por otro, y de manera más sutil, porque casi todos nos consideramos inteligentes (lo seamos más o menos), por lo que de esa manera nos sentimos merecedores del éxito.

No obstante, la realidad es muy diferente. Todos conocemos a individuos terriblemente brillantes que no solo no han conseguido alcanzar las metas vitales que se plantearon de jóvenes, sino que son terriblemente infelices y sus condiciones materiales, mejorables. Habrá quien diga que tan inteligentes no serán si es que han terminado así, pero casos dramáticos como esos o, mejor aún, el del zote de turno que termina ostentando un puesto de gran responsabilidad a pesar de que no tener muchas luces, nos hacen preguntarnos cuál es la relación entre inteligencia y éxito.

El éxito no está relacionado con una única área de excelencia, sino con varias, por lo que es multiplicativo y no aditivo

Una entrada de 'Quora' escrita por el profesor de Física Patrick Diamond que se ha viralizado rápidamente por su capacidad de síntesis intenta responder a dicha pregunta. Aunque se centra en el mundo académico –entendiendo la “inteligencia” como “la habilidad cognitiva relevante para hacer ciencia” y el “éxito” como “productividad en la investigación científica”–, su razonamiento es aplicable a casi todos los ámbitos. En primer lugar, porque hay algo obvio: hay muy poca gente que de verdad destaque por encima del resto.

Esto se debe a que el éxito no está relacionado con una única área de excelencia, explica Diamond, por lo que es multiplicativo y no aditivo, y la distribución es logarítmica normal y no gaussiana, lo cual quiere decir que, como ocurre con las superestrellas del fútbol, hay muy pocos ejemplos de individuos que destaquen realmente por encima del resto. La clave se encuentra en que no hay un único factor que lo pueda predecir: como recuerda Diamond, aunque parezca una obviedad, la mayor parte de factores están relacionado con lo que considera “determinación” (“grit”). Además, hay que meter en la ecucación a la suerte, es decir, estar en en lugar indicado en el momento apropiado.

Directo hacia el éxito

En otras palabras, la mera inteligencia no determina cuán lejos vamos a llegar, sino una combinación de elementos entre los cuales este no es más que uno. El profesor recurre a una vieja clasificación del también físico William Shockley para delimitar cuáles son esas otras cualidades: la capacidad de tener ideas (descubrir un problema), habilidad técnica (para trabajar), experiencia (reconocer un resultado que merece la pena y saber cuándo parar), la habilidad para escribir adecuadamente, la determinación (aprender de las críticas) y la persistencia a la hora de hacer cambios.

Es posible que las personas inteligentes que tropiezan una y otra vez sean particularmente malos en algún otro aspecto de sus vidas

De entre todos esos factores, la inteligencia es uno de los menos relacionados directamente con el éxito, a pesar de que solemos considerarlo como algo esencial; el investigador recuerda que damos más importancia a los puntos relacionados con las ideas y con la capacidad de escritura, pero no, por ejemplo, con los dos últimos, relacionados con la capacidad de gestionar el fracaso y aprender de ello. Como notaba Shockley, estar un 50% por encima del resto en cada uno de estos aspectos te hace un 2460% más productivo que la media. Una burrada muy superior a la de estar un 200% en uno de ellos… pero por debajo en el resto.

Así pues, ser inteligente es tan solo una pequeña parte del complejo proceso de alcanzar el éxito. Como concluye el autor, es probable que los que destacan estén por encima de la media en todas y cada una de estas cualidades; pero también, que aquellas personas inteligentes que no son capaces de triunfar sean rematadamente malos en alguna de ellas. Por ejemplo, frustrándose rápidamente cuando uno de sus proyectos es rechazado, al no ser capaces de saber cuándo deben dar por finalizado un texto o no estar dispuestos a escuchar los consejos ajenos y realizar cambios.

No todo es tener buenas ideas. (iStock)
No todo es tener buenas ideas. (iStock)

Es una vieja discusión que ha emergido en multitud de artículos y discusiones informales, pero que también se nos ha pasado por la cabeza en un momento u otro ante el fracaso de los talentosos y el éxito de los mediocres. En 'Forbes', por ejemplo, Josh Linkner planteaba ciertas cualidades (quizá un tanto tópicas) que definen a estas personas: que por sus características tardan más tiempo de la media en lanzarse a actuar, que conscientes de los riesgos que tiene cada empresa deciden no dar un paso adelante (¿son las personas inteligentes más pesimistas?) o que se apoyan demasiado en las evidencias y los datos y muy poco en su intuición.

Tontos por encima de sus posibilidades

Muchas de las discusiones sobre el éxito o el fracaso de las personas sagaces están relacionados con la actitud que mantienen con los demás. Hay dos teorías enfrentadas: por una parte, que al saberse tan inteligentes, tienden a tratar peor a aquellos que los rodean (o, indirectamente, estos se sienten peor al tratar con ellos); por otra, que las personas más inteligentes dudan de todo y que, por lo tanto, tienen menos seguridad en sí mismas.

Las personas inteligentes son tremendamente conscientes de todo aquello que no saben, por lo que tienen más dudas antes de tomar una decisión

La primera tesis era defendida en un reportaje publicado en 'BBC' apropiadamente llamado 'El problema con los listos'. Este aseguraba que pensar que sabes más que los demás “no te ayuda mucho cuando estás intentando que los demás compren lo que sea que estás vendiendo”. Incluso en el caso de que, efectivamente, seas mucho más inteligente que la media y suelas tener buenas ideas, en los entornos laborales debemos codearnos con iguales a los que debemos convencer que lo que mantenemos es lo correcto. No solo hace falta ser inteligente, sino también saber vender, una habilidad no necesariamente relacionada con el coeficiente intelectual.

Lo más probable es que sea completamente al contrario. El conocido como efecto Dunning-Kruger, acuñado a finales del siglo pasado, sugiere que las personas aparentemente muy inteligentes –y seguras de sí mismas– son en realidad mucho más estúpidas de lo que parecen. Es precisamente esa ignorancia pertinaz la que provoca que confíen exageradamente en su limitado conocimiento, ya que están ciegos incluso a la gran cantidad de cosas que desconocen. Por otra parte, las personas inteligentes son tremendamente conscientes de todo aquello que les escapa. Como se puede leer en la 'Apología de Sócrates' de Platón, “este hombre cree que sabe algo, mientras que no sabe nada; yo, que igualmente no sé nada, tampoco creo saber algo”.

Esta peculiar distribución de factores nos hace entender un poco mejor el funcionamiento del entorno laboral y de la sociedad meritocrática. Esta, como hemos visto, no premia necesariamente la inteligencia – no dispone de las herramientas necesarias para identificarla, protegerla y promoverla–, sino la capacidad de promocionarse y vender sus ideas de cada uno de los individuos, estén en lo cierto o no. ¿Meritocracia? Sobre todo, de los comerciales de sí mismos, en cuanto que se adaptan de forma más estrecha a los factores del éxito definidos en el pasado siglo.

Alma, Corazón, Vida

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