SENTANDO LAS BASES DE UNA BUENA VIDA

"No quiero pasar de los 75 años": 5 razones para vivir menos tiempo

“Quiero vivir setenta y cinco años”, asegura Ezekiel Emanuel, director del Departamento de Bioética Clínica del Instituto Nacional de Salud Estadounidense

Foto: A partir de los 75 años comienza el declive final de nuestras capacidades mentales y motoras. (iStock)
A partir de los 75 años comienza el declive final de nuestras capacidades mentales y motoras. (iStock)

“Setenta y cinco. Ese es el tiempo que quiero vivir: setenta y cinco años”. De esta manera arranca un sugestivo artículo publicado en The Atlantic por Ezekiel Emanuel, director del Departamento de Bioética Clínica del Instituto Nacional de Salud Estadounidense. En él, el autor de Reinventando la sanidad pública (Public Affairs), una de las referencias mundiales de la ética médica, expone sus razones por las que preferiría no seguir viviendo después de los 75. No es que pretenda suicidarse o solicitar la eutanasia cuando llegue a dicha edad, sino que, simplemente, no hará nada por prolongar su vida de forma artificial. Ello incluye reducir sus visitas médicas al mínimo, renunciar a las vacunas, a pruebas médicas y, en caso de sufrir cáncer u otra enfermedad potencialmente mortal, evitar todo tratamiento. Emanuel no es un suicida, pero a partir del año 2032, la muerte se lo llevará sin que ponga ningún impedimento.

Puede parecer una excentricidad, como le recuerdan su familia y amigos, pero Emanuel tiene sus razones para mantener su posición incluso en el caso de que llegue a dicha edad en plenitud de capacidades físicas y mentales. Que le quiten lo bailao, como se dice, ya que recuerda que a los 75 años habrá vivido una existencia totalmente plena. “Habré amado y sido amado. Mis hijos ya serán mayores y estarán en el ecuador de sus vidas. Habré visto el nacimiento de mis nietos. Morir a los 75 no será una tragedia”. De hecho, el profesor de la Universidad de Pensilvania, que presume de haber escalado el Kilimanjaro este mismo año, planea realizar en vida su servicio fúnebre, y que la banda sonora de este no se encuentre formada por lloros y gritos, sino por risas y recuerdos.

El doctor Emanuel en el exterior de su oficina del Edificio Eisenhower. (Samuel Masinter)
El doctor Emanuel en el exterior de su oficina del Edificio Eisenhower. (Samuel Masinter)

La razón por la que nos resulta tan peculiar la visión de este médico, uno de los grandes luchadores en favor de la eutanasia –con la que reconoce que su caso no tiene nada que ver, puesto que esta es una forma de mitigar el dolor– es cultural. Existe un nuevo tipo de hombre, “el americano inmortal” (aunque se puede extender a todos los países occidentales) que cree en una serie de mitos que son falsos. La mayor parte de sus compatriotas, explica, están obsesionados por la eterna juventud, y de ahí que hagan ejercicio continuamente, que mejoren su dieta, que cuiden su salud… Una aspiración que, en opinión de Emanuel, resulta “equivocada y potencialmente destructiva”. ¿Por qué?

1. Vivimos más, pero no necesariamente mejor

En los años ochenta, el profesor de Stanford James F. Fries enunció la teoría de la “compresión de la morbidez”, en la que todo el mundo desea creer. Esta sugiere que, a medida que la esperanza de vida aumenta, también lo hace la cantidad de tiempo que disponemos en plena forma. Se trata de una idea intrínsecamente americana, coherente con el mito del “inmortal” del que Emanuel había hablado. “Nos dice exactamente lo que queremos creer: que viviremos vidas más largas y, de repente, moriremos sin ningún dolor o deterioro físico”, explica. Pero la realidad es que las razones del aumento de la esperanza de vida han cambiado sensiblemente a partir de los años sesenta. Hasta esa fecha, los avances médicos permitieron que la mortalidad infantil descendiera de forma espectacular. Desde los años sesenta, la expectativa de vida en los países occidentales sigue aumentando, pero por razones muy distintas: debido a que la mortalidad infantil no se puede reducir más, se ha alargado la vida después de los sesenta años.

La medicina no ralentiza el envejecimiento, sino que hace que tardemos más en morir

Un panorama ideal, podría parecer. La lógica sugiere que, si vivimos más tiempo, también aumentará el tiempo que podemos disfrutar de nuestro bienestar. Pero parece ser que no es así. Citando una serie de investigaciones realizadas por la profesora de la Universidad de California del Sur Eileen Crimmins, “el incremento de la longevidad parece estar acompañada por el incremento en las discapacidades”. Datos refrendados por los estudios sobre “esperanza de vida saludable” realizados por el Instituto de Salud Pública de Harvard, que señalan que, en la actualidad, pasamos mucho más tiempo de nuestras vidas sufriendo enfermedades incapacitantes. En resumidas cuentas, no se trata de un incremento de la esperanza de vida, sino un aumento de la esperanza de vida… enfermos.

Como bien resume Emmanuel, “la salud pública de los últimos 50 años no ha ralentizado el proceso de envejecimiento”, sino más bien, “ha ralentizado el proceso de la muerte”. Al final, nuestro tiempo extra en este mundo se emplea en morir más lentamente. Como recuerda el profesor, la muerte en el mundo contemporáneo suele ser el resultado de las complicaciones de enfermedades crónicas como el cáncer, la diabetes, los problemas coronarios, etc. Las investigaciones médicas del futuro no deberían centrarse ya en alargar la vida, recuerda el doctor, sino en acabar con las enfermedades crónicas asociadas a dicha prolongación de la existencia.

Un jubilado en la localidad malagueña de Ronda. (Reuters/Jon Nazca)
Un jubilado en la localidad malagueña de Ronda. (Reuters/Jon Nazca)

2. Tu cabeza no funcionará igual

En Estados Unidos, unos cinco millones de ciudadanos sufren alzhéimer. En España, 40.000 nuevos casos son diagnosticados cada año, y la cifra total asciende hasta 600.000. Como alertó el pasado 18 de septiembre la Sociedad Española de Neurología, en el año 2050 puede haber en nuestro país un millón y medio de casos, es decir, más del doble que en la actualidad. A medida que envejecemos, las probabilidades de sufrir una enfermedad neurodegenerativa aumentan. Nos gusta pensar que somos los elegidos y a que nosotros no nos tocará, pero es algo que todo el mundo piensa, includos aquellos que terminarán cayendo en las redes de dicha enfermedad.

Ni siquiera en el caso de que consigamos mantenernos al margen de enfermedades como el alzhéimer podremos evitar problemas como la ralentización de nuestro pensamiento, la pérdida de memoria y las dificultades a la hora de resolver problemas. “A medida que nos movemos cada vez más lento, también pensamos lentamente”. La creatividad, la originalidad y la productividad descienden drásticamente a partir de los 75 años.

3. Ya hemos dado lo mejor de nosotros mismos

Una consecuencia de lo planteado anteriormente, y también, la muestra de que nos gusta engañarnos. La mayor parte de profesionales alcanzan su cénit unos 20 años después de comenzar su trabajo. A partir de ahí, nuestras capacidades descienden poco a poco, especialmente en lo concerniente a la creatividad. Emanuel recuerda que esta curva probablemente esté originada por razones relacionadas con la neuroplasticidad y la formación de nuevas conexiones neuronales, lo que le lleva a asegurar que “es difícil, si no imposible, generar nuevos pensamientos creativos, porque no desarrollamos un nuevo conjunto de conexiones neuronales que pueda sustituir la red existente”. Ejemplo de ello es lo complicado que resulta a un anciano aprender una nueva lengua. El problema, una vez más, es que tendemos a pensar que nos apartaremos de la media, que nuestra vejez será más inspirada que la del resto. Y, aunque en algunos casos puede ser así, Emanuel recuerda que la mayor parte de nosotros encajaremos con los datos, y estos dicen que seremos menos creativos.

4. Nuestras expectativas y ambiciones cambian

Es inconsciente, pero debido a que nuestras capacidades mentales y físicas están mermadas (y, si aún no lo están, pronto lo estarán), y a que nuestro horizonte vital es mucho más limitado, empezamos a reducir nuestras expectativas sobre el futuro hasta que acabamos por completo con nuestras ambiciones. Pero no sólo limitamos nuestra visión del futuro, sino también nuestras vidas, que poco a poco se convierten en monótonas y conservadoras. ¿Para qué embarcarse en una empresa que sabemos que no podremos terminar? Es preferible que nos quedemos sentados en el sillón, esperando que termine el programa de televisión.

5. Vivir demasiado supone un elevado coste emocional para nuestra familia

La evolución natural provocaba que, en el pasado, el patriarca fuese sustituido por adultos en su plenitud cuando este fallecía. Ahora, y no hay más que observar a la Familia Real inglesa para darse cuenta de ello, un anciano sustituye a otro. Es la llamada generación sándwich, que se ve obligada a cuidar de sus hijos y sus padres en el mismo grado. Emanuel mantiene que, más allá de los 75, los padres pueden convertirse en un gran peso para la familia, de la que dependen cada vez más, y a la que ya no pueden aportar gran cosa, ni siquiera emocionalmente. Además, explica, “deseamos que nuestros hijos nos recuerden en nuestro mejor momento, activos, vigorosos, animados, astutos, entusiastas, divertidos, cálidos, cariñosos, no encorvados e indolentes, olvidadizos y repetitivos”. Ningún padre quiere ver morir a sus hijos, pero ningún hijo quiere enfrentarse con la muerte de sus padres. “La tragedia definitiva”, considera el doctor, “es dejar a nuestros hijos y nietos con recuerdos marcados no por nuestra alegría de vivir sino por nuestra fragilidad”. 

Alma, Corazón, Vida

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