RICHARD WALKER Y EL GEN QUE NOS HACE VIEJOS

La “inmortalidad biológica”, en manos de unas misteriosas niñas

Nacemos, crecemos, nos reproducimos, envejecemos y morimos. Es ley de vida, suele decirse. Pero no todo el mundo está de acuerdo, y la ciencia menos

Foto: La secuenciación del ADN de las enfermas del 'síndrome X' puede ayudar a desvelar la incógnita sobre el origen del envejecimiento. (Corbis)
La secuenciación del ADN de las enfermas del 'síndrome X' puede ayudar a desvelar la incógnita sobre el origen del envejecimiento. (Corbis)

Nacemos, crecemos, nos reproducimos, envejecemos y morimos. Es ley de vida, suele decirse. Pero no todo el mundo está de acuerdo. Cada vez con más frecuencia, los biólogos muestran serias dudas de que el envejecimiento sea una parte natural e inevitable de nuestras vidas. Al fin y al cabo, lo que conocemos como tal es un conjunto de modificaciones morfológicas y fisiológicas que aparecen como consecuencia de la acción del tiempo sobre los seres vivos. En definitiva, un proceso en el que la piel se arruga, nuestras células se dañan, los órganos dejan de funcionar y los huesos se hacen más frágiles, pero cuyo origen aún se somete a debate en la comunidad científica

Pero la pregunta que la biología no deja de hacerse es: si nuestro cuerpo está diseñado para sobrevivir, adaptarse al entorno y autorregenerarse, ¿por qué en un momento dado deja de hacerlo? El doctor Richard Walker, antiguo profesor de la Universidad de Florida y autor de Why We Age. Insight into the Cause of Growing Old (Dove Medical Press), ha intentado encontrar una respuesta desde hace décadas. Y puede estar a punto de encontrarla, ya que el pasado año aseguró haber identificado por fin una peculiaridad genética que puede desvelar el misterio de la inmortalidad genética.

Richard Walker, de la Universidad de Florida.
Richard Walker, de la Universidad de Florida.
Como explicó en un documental emitido por la cadena ABC, “si pudiésemos encontrar el gen y al comienzo de la edad adulta silenciar la expresión de la inercia del desarrollo” (es decir, el proceso por el cual el orden interno se comienza a descontrolar), “podríamos conseguir una homeostasis perfecta y ser biológicamente inmortales”. Una optimista conclusión para una investigación de largo recorrido: la idea estaba ahí desde los sesenta, pero Walker no la pudo desarrollar hasta la pasada década.

El extraño caso de la niña que no envejece

Todo comenzó en el otoño de 2005, como explica un artículo publicado en Mosaic, una revista financiada por Wellcome Trust. En un episodio de Dateline aparecía la historia de Brooke Greenberg, una joven de 12 años de edad que no medía más de 70 centímetros. “Es la Fuente de la Eterna Juventud”, afirmaba en el reportaje su padre, Howard. La mujer de Walker lo llamó para qeue viese el programa: este conocía otras enfermedades que aceleraban el envejecimiento, como la progeria o el síndrome de Werner, pero el caso de Brooke le sorprendió.

No dudó en levantar el teléfono e intentar probar sus teorías con la pequeña. A diferencia de otros investigadores, que argumentaban que el origen del envejecimiento es evolucionista o que se centrar en aspectos aislados del envejecimiento, Walker sospechaba que la decadencia física y psicológica podía ser simplemente un efecto secundario de nuestro desarrollo. La enfermedad de Greenberg no sólo impedía su crecimiento, sino también su declive. Así que en ella, y en el llamado “síndrome X” (el hombre que su pediatra puso a la dolencia) podría encontrarse la explicación.

El cuerpo de Brooke sí crecía, pero no al mismo tiempo, sino con una gran descoordinación entre cada una de sus partesLas pruebas apuntaron a lo que Walker llamó “desorganización en el desarrollo”. El cuerpo de Brooke sí crecía, pero no al mismo tiempo, sino con una gran descoordinación entre cada una de sus partes. No era un problema nutricional ni hormonal, sino que tenía que encontrarse en sus genes. Alguno de ellos debía estar defectuoso: si pudiese encontrar cuál de ellos lo estaba, podría encontrar el gen que acelera o ralentiza el envejecimiento. Sin embargo, cuando estaba a punto de secuenciar el genoma completo de Brooke, su padre decidió echarse atrás con la investigación.

Brooke falleció el pasado verano, pero antes, fue analizada por el doctor Eric Shadat de la Escuela de Medicina Icahn del Hospital del Monte Sinaí, que identificó tres genes que no compartía la población general, dos de los cuales parecían influir en el envejecimiento. Los resultados del estudio aún están por publicarse, puesto que quieren encontrar otros pacientes similares.

Un futuro prometedor

El doctor tan sólo ha encontrado a cuatro personas que sufren el llamado “síndrome X”. El doctor prosiguió su investigación con Gabby Williams, cuyos padres se pusieron en contacto con él tras leer un artículo sobre Brooke en la revista People. Con la colaboración de genetistas de la Universidad de Duke, Walker examinó los genomas de Gabby y de sus padres, lo que demostró, en primer lugar, que no había heredado ninguna mutación del exoma, la parte del genoma que se encarga de codificar las proteínas. Sin embargo, las mutaciones que encontró en el genoma de Gabby no podían explicar su condición.

Walker sigue defendiendo que la inmortalidad no es científicamente imposibleWalker publicó su teoría por primera vez en el año 2011, aunque otros investigadores ya habían sugerido hipótesis parecidas. Es el caso de Mikhail V. Blagosklonny del Instituto del Cáncer de Roswell Park en Buffalo (Nueva York), que acuñó la teoría de la “hiperfunción”, que sugería que el envejecimiento era una continuación del desarrollo, sólo que convirtiéndose en algo dañino. La vía genética parece la más convincente: como algunos estudios han puesto de manifiesto, inutilizar los genes de algunas especies de gusanos prolongaba su vida. La clave ahora se encuentra en averiguar los genes que podrían causar el mismo efecto en el ser humano.

Gran parte de la comunidad científica, explica Virgina Hughes en el artículo publicado en Mosiac, cree que Walker se encuentra en el camino correcto, aunque no comparten su entusiasmo sobre que ello pueda explicar el envejecimiento, sobre todo porque es muy poco probable que los que sufren el “síndrome X” lleguen a una avanzada edad. Por su parte, Walker sigue defendiendo que la inmortalidad no es científicamente imposible, tan sólo poco probable. Como explica en el artículo el también genetista de la Universidad de Liverpool Joao Pedro De Magalhaes, el escenario más optimista es el que cree que no se encontrará una solución hasta, como pronto, dentro de 30 años.

Alma, Corazón, Vida
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