LO IMPORTANTE ES NO INTENTARLO

Olvídate de los propósitos de Año Nuevo, no te hacen ningún bien

“Año Nuevo, vida nueva”. Ya está aquí el fin del año 2013 y con él, una nueva remesa de objetivos a alcanzar para el próximo año. ¿Lo conseguiremos?

Foto: Cada Año Nuevo pensamos en aquello que queremos cambiar en nuestras vidas. (Corbis)
Cada Año Nuevo pensamos en aquello que queremos cambiar en nuestras vidas. (Corbis)

“Año Nuevo, vida nueva”. Ya está aquí 2014 y, con él, una nueva remesa de objetivos a alcanzar en este nuevo año, que probablemente se parezcan sospechosamente a los propósitos del año anterior (y a los del anterior del anterior, y así, ad infinitum). Como señala un meme que ha popularizado en la red estos últimos días, “mi meta para 2014 es cumplir los objetivos del 2013, que debería haber cumplido en 2012, que prometí en 2011 y planifiqué en el 2010”.

Aunque seamos plenamente conscientes de que raramente logramos cumplir dichos propósitos, seguimos haciéndolos cada 31 de diciembre, ya que no pensamos en ellos como algo de por sí negativo. Simplemente, nos sentimos bien por haber sido capaces de dejar el paquete de tabaco a un lado por unos días. Sin embargo, no todo el mundo se muestra de acuerdo, y hay quien señala que los propósitos de Año Nuevo no sólo no sirven para nada, sino que nos perjudican de manera significativa. ¿Por qué?

Una retórica de color rosa

Es la tesis que mantiene Steve Salerno, autor de Sham: How the Self-Help Movement Made America Helpless (Three Rivers Press), en la revista Time. “Me preocupa que los propósitos ocupen el lugar de la acción”, explica el autor. “Se piensa que algunas palabras mágicas, algunas promesas, transformarán de manera mágica sus vidas, cuanto todos sabemos que el trabajo para una transformación real es duro, agotador y a menudo implica sacrificio y elecciones desagradables”.

Al igual que ciertas sustancias dañinas, las promesas son adictivasEs una tesis semejante a la que mantiene el propio autor en Sham, siglas de Self-Help and Actualization Movement. Como explica Salerno en dicho volumen, la de la autoayuda es una industria que mueve más de 8 mil millones de dólares al año y que sirve para poco más que para hacer sentirse un poco mejor a sus lectores. Pero no porque cambien de verdad sus vidas (algo mucho más complicado y que raramente suele ocurrir), sino porque somos adictos a una “retórica de color de rosa” que sugiere que lo único y más importante para cambiar nuestras vidas es proponérnoslo.

Y, en realidad, recuerda Salerno, no es así: hacen falta sangre, sudor y lágrimas para mejorar. El autor propone que al hacer estos propósitos, no estamos más que sustituyendo una adicción por otra. Al igual que ciertas sustancias dañinas, las promesas son adictivas y nos ayudan a sentirnos bien por unos instantes, y por eso nos las seguimos haciendo. Al menos, hasta que la resaca de la mañana siguiente nos devuelve a la realidad…

Paso a paso se llega lejos

Esta retórica puede ser completamente perniciosa en el caso de que nos enfrentemos a adicciones que pueden dañar nuestra salud, señala Salerno. Como nos damos por vencidos rápidamente, pensamos que al menos lo hemos intentado, y esperamos al año siguiente para volver a ponernos en marcha. En realidad, debemos aprovechar cualquier momento del año para tomar medidas efectivas sobre aquello que nos perjudica a nosotros mismos (o a los demás).

Es preferible no esperar nada de nadie más que de nosotros mismos¿Cómo? A través de, paradójicamente, lo que la propia autoayuda nos enseña que es más útil a la hora de cumplir un objetivo. Poniéndonos plazos temporales concretos con objetivos muy específicos. Ser más delgados, más guapos y más listos pueden ser metas loables, pero raramente se alcanzan. No ocurre lo mismo con perder dos kilos, echarse crema en la cara por las noches o hacer un crucigrama al día, que no son más que pasos en un camino que nos llevará mucho más lejos.

Los libros de historia nos dicen que los propósitos de Año Nuevo se remontan a hace siglos, cuando los babilónicos o los romanos realizaban ofrendas a los dioses, a los que prometían satisfacer en el nuevo ciclo que se abría. Pero, como recuerda el artículo, se trataba de objetivos muy concretos y, por lo tanto, fáciles de alcanzar, como saldar deudas económicas. Hoy en día, apunta Salerno, son propuestas más abstractas y psicológicas, que no busca solucionar problemas con los demás, sino con nosotros mismos (y nuestra mala conciencia).

Existen ciertas ventajas asociadas a no hacer propósitos de Año Nuevo, señalan los psicólogos. Sin grandes metas en el futuro, ni expectativas que excedan nuestras capacidades, sólo nos queda enfrentarnos al día a día de la mejor manera que podamos. Como explica el trabajador social Robert Taibbi respecto a las expectativas, es preferible no esperar nada de nadie, más que de nosotros mismos. Ni tampoco de unas promesas que se romperán en cuanto las hojas empiecen a caer del calendario de enero.

Alma, Corazón, Vida
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