Un reciente estudio ha suscitado el interés de muchos medios estadounidenses, incluyendo menciones notables en The New York Times y en la televisión. La investigación señala que, según los estudios realizados por el biólogo Justin García de la Indiana University, las mujeres tienen menos orgasmos cuando se hallan en una relación sexual esporádica que cuando se encuentran en una relación estable. Los resultados coinciden con los que han señalado los últimos estudios en torno a este mismo tema, como los de la investigadora Paula England, una socióloga de la New York University.

England, que contó con miles de estudiantes de diferentes universidades, concluyó que sólo el 40% de las mujeres habían experimentado un orgasmo en la última relación sexual no significativa que habían tenido, mientras que el 75% sí lo había experimentado durante su último encuentro sexual con su pareja habitual. Todas estas publicaciones parecen sugerir que, a pesar de la visibilidad que se ha querido dar a los cambios en los hábitos sexuales de las mujeres jóvenes –que presuntamente aceptaban y tomaban la iniciativa en relaciones sexuales superficiales, fugaces y carentes de importancia–, a la hora de la verdad el sexo que estas jóvenes están experimentando no es igual de satisfactorio, al menos en lo que al orgasmo se refiere.

El análisis de estos temas resulta complicado porque ética, ciencia, biología y fuentes dudosas se entremezclan en una amalgama difícil de desentrañar. Pero, ¿cómo interpretan, en general, los biólogos y sociólogos los resultados de estas investigaciones?

¿Monógamas por naturaleza?

En gran medida, esta reflexión resulta complicada porque laten bajo la superficie matices morales o éticos, antropológicos e incluso literarios. A menudo se apela a la dificultad inherente en las mujeres para disfrutar verdaderamente del sexo sin compromiso, ajeno a la seguridad y la intimidad que conlleva la tradicional relación monógama. Se afirma, de hecho, que los sentimientos de seguridad y cercanía emocional son importantes para muchas mujeres a la hora de disfrutar de la excitación sexual y de experimentar un orgasmo.

Las mujeres disfrutan más del sexo cuando hay en él una implicación emocional y, en general, cuando hay intimidad y monogamia de por medioPor otra parte, se alega también que el problema reside, no tanto en la naturaleza femenina, sino en el fracaso masculino a la hora de relacionarse con las mujeres con la estimulación psicológica que parece requerir el orgasmo. En efecto, según los datos, los hombres en los encuentros frívolos y esporádicos se centran menos en los preliminares, se preocupan menos por el orgasmo ajeno y son menos proclives a practicar sexo oral, al tiempo que menos comunicativos y atentos a las necesidades y preferencias de la mujer en cuestión.

¿Está el orgasmo sobrevalorado?

Un tercer argumento se refiere al hecho de que, quizás, si analizamos el asunto en profundidad, no haya en él problema alguno. Al fin y al cabo, el orgasmo no es la única ni la principal razón para establecer una relación sexual. Los investigadores David Buss y Cindy Meston, de la University of Texas, mostraron hace algunos años que las razones que llevan a querer practicar sexo eran muy variadas, y entre ellas se incluían la compasión, el aburrimiento o el deseo de venganza.

La necesidad humana de contacto y conexión no se reduce al orgasmoEn la misma línea, la investigadora Debby Herbenick sugería en una entrevista que aquellos que ven problemas en la falta de orgasmo pueden ser, ellos mismos, el problema. ¿Por qué presionar a la mujer por no llegar al orgasmo? ¿Y por qué culpar a los hombres de falta de habilidad? Según Hebernick, la necesidad humana de contacto y conexión no se reduce al orgasmo.

Búsqueda y prevención

A estas cuestiones sexuales se han aplicado en varias ocasiones dos teorías psicológicas que dividen la motivación humana en dos categorías: un comportamiento de aproximación y uno de evitación. Es decir, la motivación de los seres humanos tiene como objetivo la búsqueda de una consecuencia positiva o la anulación de un resultado negativo ("más vale prevenir que curar").

En este contexto, el sexo de aproximación buscaría un resultado positivo, como el placer físico o la intimidad con la pareja. El sexo de evitación, por el contrario, querría neutralizar conflictos en las relaciones o eliminar malos sentimientos como, por ejemplo, la culpa.

Es, así, interesante observar que los estudios de los últimos años muestran que los individuos que normalmente experimentan sexo de aproximación están más satisfechos y obtienen como consecuencia emociones positivas. En cambio, aquellos que –inconscientemente, en la mayoría de los casos– tienen un sexo de evitación experimentan una respuesta negativa, con emociones difíciles y conflictos no resueltos.

Parece, pues, que según los últimos estudios científicos, las mujeres disfrutan más del sexo cuando hay en él una implicación emocional y, en general, cuando hay intimidad y monogamia de por medio. Nada que no dijera la poesía antes, que no en vano escribió Francisco de Quevedo: "Polvo será, más polvo enamorado".