“Existe una tribu india de América en la que la mujer encinta ofrece, en presencia de su marido, una flor o un regalo a aquella de sus amigas que ella misma ha escogido para que la reemplace en el lecho conyugal mientras dure el tiempo del embarazo. ¿Qué sentido puede tener para esta mujer y para su esposo la palabra fidelidad?”

En el prólogo del libro La fidelidad, la infidelidad (Kairós, 1973), del pedagogo Jean Gondonneau, la psicóloga Catherine Valabrègue ilustra así lo variable que puede ser en cada cultura el concepto de fidelidad que, asegura, “depende en gran medida de las reglas en uso, y de las tradiciones religiosas y familiares, de una sociedad determinada”.

Quizás nos resulta fácil de asimilar que el concepto de fidelidad de una tribu de nativos americanos sea muy distinto al nuestro, pero la realidad es que la manera en que son percibidas las relaciones extramatrimoniales –entendiendo éstas como todas aquellas aventuras que se consuman al margen de la relación de pareja monógama– varía enormemente entre las sociedades desarrolladas, entre países e, incluso, entre regiones. La globalización ha ido asimilando muchas de nuestras costumbres, pero la infidelidad sigue siendo uno de los aspectos en que más nos distinguimos.

Un estudio publicado este verano por la empresa demoscópica británica YouGov ha puesto de manifiesto las enormes diferencias existentes en los hábitos sexuales de los europeos. Según la encuesta –elaborada con las respuestas de más de 10.000 personas–, Dinamarca y Finlandia son los países más infieles: un 32% de sus ciudadanos han engañado a su compañera al menos una vez en la vida. Curiosamente, dos países con una larga tradición –o fama– en lo que respecta a la libertad sexual son los menos infieles: Francia (con un 22% de adúlteros) y Holanda (con un 15%). España, con un 23%, es también uno de los países con menos infidelidad. Una cifra levemente superior a la que se obtuvo en la última encuesta del CIS sobre hábitos sexuales, de 2008, en la que se apuntaba que el 20% de los españoles, hombres y mujeres, habían tenido alguna relación sexual con alguien que no era su pareja en ese momento.

La infidelidad y el autoengaño

Visto lo visto podríamos pensar que, sencillamente, los daneses ponen más los cuernos a sus esposas que los franceses, pero sociólogos y psicólogos están convencidos de que esto no es cierto. Uno de los mayores problemas con los que se encuentran los investigadores al estudiar la infidelidad es la dificultad para obtener datos fiables sobre la misma, principalmente porque la gente miente en las encuestas, pero también porque no todos entienden la pregunta “¿has sido infiel a tu compañero sentimental?” de la misma manera.

La infidelidad se da en proporciones similares en todos los países, aunque ésta no se refleje igual en las encuestas, pero la manera en que se entiende cambia enormementeLa experiodista del Wall Stret Journal Pamela Druckerman vivió en sus carnes las enormes diferencias regionales existentes en la visibilización y comprensión de la infidelidad cuando su periódico la destinó como corresponsal en Sudamérica. En Buenos Aires y Sao Paulo, las dos ciudades en las que estuvo trabajando, los hombres casados intentaban ligar con ella de forma rutinaria, algo que para una estadounidense –uno de los pueblos menos tolerantes con la infidelidad– resultaba chocante. Esta experiencia le animó a escribir el libro Lust In Translation: The Rules Of Infidelity from Tokyo to Tennessee (Penguin, 2008), en el que trata de abordar las sorprendentes diferencias existentes en la concepción de la infidelidad a lo largo del globo. Su conclusión es clara: la infidelidad se da en proporciones similares en todos los países, aunque ésta no se refleje igual en las encuestas, pero la manera en que se entiende cambia enormemente.

En Tokio, ciudad en la que Druckerman trabajó también como corresponsal, descubrió que el sexo de pago no computaba como infidelidad, un autoengaño que sigue funcionando en muchas partes del mundo –incluido España–. Al final, todo depende de lo que estemos dispuestos a reconocer: y esto es lo que verdaderamente cambia entre países.

El psicoterapeuta Luis Muiño está convencido de que la monogamia sexual prácticamente no existe y lo único que está cambiando es que empezamos a hablar abiertamente de ella. En el 89, cuando empezó a impartir terapia, ningún paciente reconocía abiertamente la infidelidad. “Las personas se acostaban repetidamente con gente que no era su pareja, pero nunca reconocían que habían sido infieles, porque creían que no lo habían sido”, asegura. “Te contaban que estaban aburridos, que no les hacían caso y necesitaban un abrazo. Pero nadie se quedaba en el abrazo”.

Ahora, asegura Muiño, está empezando a encontrarse a gente en terapia que reconoce abiertamente la infidelidad, “que les apetecía acostarse con otra persona y lo han hecho”. Y eso, insiste, es una absoluta novedad.

Del colectivismo al individualismo

El distinto grado de reconocimiento de la infidelidad, que no su práctica, explica la diferencia existente en las encuestas entre los países del norte de Europa (en particular los escandinavos), donde las cifras son mayores, y los del sur de Europa, donde son menores. Según Muiño, esto sucede debido al carácter más individualista de las sociedades del norte: “En las culturas individualistas lo que importa es cada uno. Se entiende que si no tienes relaciones satisfactorias con tu pareja puedes tener una aventura. En los países colectivistas, como España, lo que importa es el interés de los otros, y una infidelidad te aleja de la comunidad, no se ve como algo normal. La presión social subterránea es mucho más fuerte”.

El reconocimiento progresivo de la infidelidad en los países mediterráneos, tradicionalmente muy colectivistas, es una de las múltiples consecuencias de una transición hacia el individualismo que, según Muiño, se completará en menos de una década.

En España sólo el 61% de las personas reconoce haber visionado pornografía alguna vez en su vida El caso de Francia, un país con una enorme tradición de libertad sexual, es particularmente interesante para entender la diferencia entre colectivismo e individualismo. En la misma encuesta elaborada por YouGov, sorprende el bajo porcentaje de personas que reconocen haber visto pornografía alguna vez en la vida. Otra vez son Dinamarca y Finlandia los países con un mayor porcentaje, un 63%, y Francia el que menos, un 38%. En España sólo el 61% reconoce haber visionado pornografía. Teniendo en cuenta que, en la era de internet, es difícil no toparse con contenido pornográfico, aunque sea de rebote, sorprenden unas cifras tan bajas. Esto lleva a preguntarnos si países como Francia, en apariencia menos atrevidos (pese a su fama), son realmente más conservadores en cuanto al sexo o, simplemente, mienten más.

“La pornografía, que no deja de ser una necesidad individual, sigue siendo tabú en las sociedades colectivistas”, explica Muiño. “Francia, en concreto, es una cultura en la que hay una gran presión social de lo que es políticamente correcto. Hay un fuerte colectivismo intelectual. Parece que todo el mundo lee a Foucault y nadie a Stephen King. Aunque no son colectivistas en otros sentidos si lo son para no parecer cavernarnios, viscerales o brutos; parece que todo el mundo es intelectual. No estoy seguro de que responda a una realidad o a una fachada, pero sé que la presión para que ocurra es grande”.