"SE TRATA DE SABER, PERO TAMBIÉN DE SENTIR"

Vacaciones en el infierno: ¿por qué nos gusta visitar Auschwitz o Hiroshima?

No todo el mundo busca tirarse en una hamaca con un mojito, de modo que los lugares establecidos como centros turísticos son cada vez más variados

Foto: El campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, recibe cientos de visitantes cada día. (Corbis)
El campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, recibe cientos de visitantes cada día. (Corbis)

Irse de vacaciones es un poco como ir al cine. Uno sabe que durante el tiempo que se expande ante sí sólo tendrá que sentarse y relajarse, pero ante nosotros puede aparecer una comedia romántica, un drama independiente o una peli de terror. No todas las vacaciones son siempre apacibles, ni todo el mundo busca tirarse en una hamaca bajo un cocotero con un mojito y unas gafas de sol, de modo que los lugares establecidos como centros turísticos son cada vez más variados.

Entre ellos destacan los numerosos monumentos, escenarios o restos de lo que en su día fue una tragedia humana. Estos lugares horribles se están convirtiendo en un objetivo turístico más, como la Torre Eiffel, el Big Ben o la Fontana di Trevi. Además, no es que los emplazamientos se hayan adecuado para que los interesados vayan a informarse o conocer la tragedia allí sucedida –que también–, sino que realmente estos lugares se han convertido en un punto de visita obligatorio más, donde debe uno hacerse la foto de rigor. ¿De dónde viene esa atracción extraña a estos lugares terribles?

Negocio: la negación del ocio

Es evidente que las empresas y los gobiernos se aprovechan de estas tragedias para obtener beneficios económicos, llegando a poner en algunos de estos lugares (como se planea para Fukushima) tiendas de souvenirs o restaurantes. Es verdad que no deja de ser algo que forma parte de la historia y la cultura de los países, pero la diferencia es que las catástrofes de Auschwitz o de la Zona Cero pertenecen a la historia contemporánea.

El psicólogo clínico y consultor Juan Cruz ve una cierta relación entre este tipo de manipulación empresarial y la que ocurre, por ejemplo, en los programas del corazón.Pasamos de lo rosa a lo negro para alimentar un morbo extraño, y los organizadores de este circo de los horrores manipulan a su antojo emociones que, según Cruz, no son malas de por sí. La curiosidad, el interés e incluso las ganas de empatizar, de saber y conocer lo que les ha ocurrido a los otros son muy humanas. Hacer de ellas un negocio, no obstante, debe hacernos pensar en el coste ético que tienen muchas de las políticas económicas actuales.

Es el 'yo estuve ahí', con más solemnidadSegún Cruz, la motivación de ir a estos lugares surge a menudo por la necesidad y la curiosidad de conocer de primera mano el lugar de los acontecimientos. Dice el psicólogo que, al hallarse uno en el mismo sitio en que tuvieron lugar los hechos, “la estimulación del cerebro es multisensorial, la mente y sus procesos neurocognitivos viajan al pasado” y, en consecuencia, “las sensaciones se quedan mucho más grabadas; se trata de saber, pero también de sentir”. Cuando uno, como visitante, se halla en un lugar así y siente compasión por los que allí vivieron una tragedia irreversible, inevitablemente se olvida del neg-ocio (la negación del ocio) y se conmueve con lo que está viviendo. Así, son más bien las empresas y los gobiernos, en opinión de Cruz, los que están manejando la economía hacia unos derroteros que nos deberían hacer plantearnos algunas cosas. Pero los visitantes suelen canalizar la emoción, y no dejarla caer en saco roto.

Otra de las motivaciones para acudir a estos lugares es la “tendencia humana a dirigirnos a lo catastrófico, al dolor, como forma de confrontar la realidad de la vida, que es la muerte”, añade el psicólogo. Así, además, nos sentimos más vivos. La visita, por otra parte, alimenta nuestro ego: es el famoso “yo estuve ahí”, que decimos con más solemnidad al acercarnos a estos lugares terribles. Cruz advierte que las personas sensibles pueden verse muy conmocionadas con este tipo de incursiones turísticas, y nos anima a sacar de ellas reflexiones constructivas.

En cualquier caso, lo que es evidente es que estos sitios están cada vez más acondicionados, accesibles y publicitados para que formen parte de nuestras vacaciones. Aquí reunimos algunos de los más célebres.

Fukushima (Japón)

Los planes para convertir la paralizada central nuclear de Fukushima en una atracción turística son ya una realidad. El lugar, que posiblemente pase a llamarse Fukushima Gate Village, se halla en el límite de la zona de exclusión, a unas veinticinco millas (cerca de 40 kilómetros) del que quizá sea el segundo peor accidente nuclear de la historia, cuyo detonante fue el terremoto ocurrido en Japón en 2011. Los turistas serán alojados enhoteles que se han construido especialmente para proteger a los huéspedes de los altos grados de radiación que aún se dan en el área. También habrá restaurantes, tiendas de souvenirs y un museo dedicado a mostrar el impacto que tuvo el desastre entre la gente local.

Prípiat (Ucrania)

El pueblo llegó a estar habitado por 50.000 personas, la mayoría de las cuales trabajabancerca de la central nuclear de Chernobil. Tras el desastre, que tuvo lugar en 1986, fue abandonado, pero recientemente ha atraído a miles de visitantes que acudían para vagabundear por las calles y los edificios vacíos. Cientos de máscaras antigás desechables pueblan el suelo del comedor del colegio, y la propaganda soviética cuelga aún de las paredes.

La Zona Cero (Estados Unidos)

Desde la famosa caída de las Torres Gemelas el once de septiembre de 2001, el World Trade Center se ha convertido en visita obligada para todo aquel que se deje caer por Manhattan. La construcción del monumento que homenajea a los fallecidos se terminó en 2011. Además, también está planeada la creación de un Museo Nacional 11 de Septiembre, con exposiciones donadas por los supervivientes.

Auschwitz (Polonia)

El famoso campo de concentración nazi suscita una asombrosa fascinación. Hay habitaciones con montones de gafas, de zapatos, de pelo. En las paredes del pasillo están meticulosamente inscritos los nombres de las víctimas y el año de su muerte. Además del pequeñísimo pueblo en que vivían los doctores y comandantes, se pueden visitar las cámaras de gas, totalmente desnudas, donde se produjo el genocidio.

También suscitan a este respecto mucha curiosidad la casa de Ana Frank (Ámsterdam) y el monumento a las víctimas del Holocausto (Berlín).

Hiroshima (Japón)

El Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, en el parque homónimo, está dedicado a los miles de personas que perdieron la vida en los ataques nucleares de 1945. El museo se construyó en 1955 y la fundación que lo dirige reúne objetos de recuerdo de los incidentes y narraciones de las experiencias de las víctimas. No sólo se expone la catástrofe del seis de agosto, sino que también se da información sobre las armas atómicas en el mundo.

My Lai  (Vietnam)

Desde Hoi An, un pintoresco pueblo vietnamita, se pueden reservar tours que llegan hasta My Lai, lugar donde se dio la masacre en la que al menos 347 hombres, mujeres y niños fueron brutalmente asesinados por las tropas estadounidenses.

Las prisiones

Muchas antiguas prisiones alrededor del globo atraen a los turistas, entre las cuales se encuentra la célebre Alcatraz, en una isla cerca de la costa de San Francisco. También despierta el interés de los vacantes Robben Island, donde estuvo preso Nelson Mandela durante veintisiete años.

Además, no pocos hoteles se han construido en lo que antes fueron prisiones, como el Malmaison Oxford, el Four Seasons (Estambul) o el Lloyd Hotel (Amsterdam).

Por su parte, el Louisiana State Penitentiary abre sus puertas de seguridad dos veces al año e invita al público a disfrutar de lo que se ha venido a llamar un “rodeo extremo”.

Alma, Corazón, Vida
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