descubre el país vecino

A pie, en camello y sin dejar de regatear: un mundo diferente a 14 kilómetros de España

Marruecos, con sus contrastes entre ciudades laberínticas, montañas y playas paradisíacas, es un destino perfecto entre septiembre y mayo

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Pisar Marruecos es una experiencia tan abrumadora como necesaria para conocer el primer rincón de África. Solo 14,4 kilómetros separan España de la puerta de entrada al continente vecino, una cultura que impacta por su riqueza histórica y que, más allá de cualquier prejuicio, conquista al viajero con un encanto difícil de describir. Marruecos es un país de sensaciones y de contrastes continuos que invitan al que llega por primera vez a perderse por su vasto territorio. Lo más recomendable es empezar por un viaje a Marrakech, la capital turística del país y ciudad ‘majzen’ (imperial) junto a Rabat, Fez y Meknes. Un epicentro de vida que reúne muchas de las características de este destino y que supone una mágica toma de contacto con Marruecos.

Los expertos de la agencia de Viajes Pangea aconsejan planear las excursiones a Marrakech entre los meses de septiembre y mayo. El calor veraniego puede resultar fatigante para visitar una ciudad en la que merece la pena caminar para llegar a los sitios. El trayecto, entre casas de tonos rojizos y puestos de venta con todo tipo de productos, es en sí mismo toda una experiencia. Pero ha de hacerse con la cautela de no perder nunca las referencias: su trazado laberíntico hace que sea muy fácil desorientarse por el interior de su medina.

En ella se encuentran los principales atractivos de esta ciudad. Entre otros, resulta imprescindible visitar su famosa plaza Djemaa el Fna. Un lugar trepidante en el que el bullicio no se detiene con el regateo, que puede bajar el precio de un producto hasta un 50%; la gastronomía callejera, la cultura y la vida urbanita también envuelven al viajero. No en vano, este espacio está considerado por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Para huir del mundanal ruido, nada mejor que un paseo en camello por su gran palmeral.

Marrakech es también el punto de partida perfecto para visitar el Atlas y hacer una ruta por sus famosas Kasbahs. Estas antiguas fortificaciones en mitad de la nada servían de defensa militar a los pueblos bereberes, de intercambio comercial y refugio de ganado contra el frío y las tormentas de arena. Entrar en alguna de ellas resulta una experiencia fascinante por lo enmarañado de sus trazados y las caprichosas formas que adaptan sus casas para aprovechar todo el espacio. Una de las más impresionantes —a 190 kilómetros de Marrakech— es la de Ait ben Haddou, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Si visitándola te sientes como una estrella de cine, no te extrañes. En ella se han rodado escenas de algunas joyas cinematográficas como ‘Lawrence de Arabia’ o ‘Gladiator’.

Un pueblo azul, la joya del Rif

Chaouen. (Pixabay)
Chaouen. (Pixabay)

De camino por el norte, en este caso hacia su parte más occidental, se encuentran verdaderos tesoros en los que merece la pena hacer una parada. Tetuán, capital del antiguo protectorado español en Marruecos, tiene una de las medinas mejor conservadas del país y también está protegida por la Unesco. En las estribaciones del Rif se encuentra la guinda de este sistema montañoso, Chaouen. Las raíces de este pueblo azul —sus fotos decoran la portada de la mayoría de guías turísticas sobre el país— se hallan en el viejo Al Ándalus, desde donde llegaron la mayoría de las familias que habitaron esta ciudad considerada ‘santa’ y cuya apariencia es similar a la de los pueblos blancos de Andalucía.

Tánger, la ciudad más cosmopolita de Marruecos, ha conquistado durante siglos a artistas y famosos que, durante su época colonial, instalaron allí sus residencias. Su luz sacó de la depresión a Henri Matisse y fascinó a toda una generación de pintores que encontró en sus calles su fuente de inspiración. Heredera de ese pasado, aún conserva parte de ese encanto y supone un lugar ideal para descubrir la gastronomía marroquí, con especial atención a su pastelería. En sus zocos, el intenso olor a especias —su mezcla más famosa es el ‘ras al hanut’— lo envuelve todo.

Marruecos se abre a la costa atlántica desde Casablanca, la gran metrópoli marroquí a pesar de que Rabat sea la capital y centro de poder del país. En esta enorme ciudad se encuentra la Gran Mezquita de Hassan II. La mayoría de templos del país prohíbe el acceso a los no musulmanes. Sin embargo, este lugar es perfecto para conocer por dentro una mezquita. Su visita está permitida, pero solo de forma guiada, previo pago de una entrada.

Casablanca. (Shutterstock)
Casablanca. (Shutterstock)

Otro de los atractivos de esta zona oeste son las playas. Pese a que 'a priori' no parezca un destino marítimo, ciudades como Agadir presumen de costa con más de 300 días de sol al año. Tras el terremoto que la asoló en 1960 —el seísmo se cobró la vida de 15.000 personas—, se creó una ciudad moderna que se ha volcado en satisfacer los viajes de sol y playa de nacionales y extranjeros de todo el mundo.

África romana, en Marruecos

Los viajeros tampoco suelen asociar Marruecos con el turismo arqueológico. Sin embargo, este país tiene algunos de los vestigios mejor conservados del pasado romano en África. Las ruinas de Volubilis, en los límites del Rif, dibujan en el horizonte el esplendor de una ciudad próspera en la que llegaron a vivir 20.000 personas. Un paseo por ellas permite imaginar la vida hace dos milenios visitando los restos de una antigua panadería, subiendo las escaleras de su capitolio o adentrándose en parte de las casas de Dionisio, Euphebus y Orfeo.

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