Revisitando ‘El Padrino’

Si la tragedia de El Padrino era la tragedia de América, la de Un Profeta puede ser también en parte la de Francia. Algo de eso

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    Si la tragedia de El Padrino era la tragedia de América, la de Un Profeta puede ser también en parte la de Francia. Algo de eso ahí en la película de Jacques Audiard. Por qué si no ese plano inicial en el que la bandera de su país ondea a través de los barrotes del furgón que traslada a su protagonista a la prisión. Desde luego, el género carcelario francés (polar), que tuvo su apogeo en los años 60 y 70, ha sido uno de los mejores cronistas de los conflictos sociales y políticos que ha sufrido el país galo. Y Audiard consigue con esta película, menos shakesperiana que aquella de Coppola, elaborar una radiografía sociológica de una Francia cuyo poder ha pasado con el tiempo de las mafias corsas a las magrebíes.

    Audiard traslada su historia de capos al universo carcelario, un microcosmos ya de por sí plagado de reglas y clichés de los que nunca abusará, pero de los que se servirá en parte para potenciar la efectividad de su historia, que es en realidad la de un preso magrebí de diecinueve años condenado en la vida bastante más que en la cárcel. El protagonista de Audiard, al mismo tiempo héroe y antihéroe, vivirá en prisión el proceso habitual de todo gánster: iniciación, ascenso y ¿declive? Pero lo realmente importante de esta historia no es el qué sino el cómo: cómo un joven inmigrante, sin familia, sin amigos, sin verbo y sin dinero irá trepando por la soga del mal, aupado hacia la cima por el malsano ambiente carcelario y por las clases doctrinales de un viejo mentor, que al mismo tiempo es alter ego.

    Lo que es verdaderamente loable es que Audiard no haya caído en la tentativa de elaborar un relato especialmente moralizante, que condene a los malos y patrocine a los buenos. Ese es su mayor triunfo. Más allá, incluso, de esa portentosa recreación, cercana al cinema verité, del descenso a los infiernos del presidio, tan excelentemente dirigida, guionizada y fotografiada por Stéphane Fontaine.

    No están entre las referencias de Audiard ni melodramas épicos y algo sensibleros como Cadena Perpetua ni relatos grandilocuentes de la mafia como El Padrino o Scarface. No al menos en el plano estético. Las semejanzas con éstas dos últimas cintas radican únicamente en el retrato ulterior de la negritud del alma humana, del ‘efecto Lucifer’ que provocan en él las situaciones límite relacionadas con el hampa. No hay además demasiada violencia en Un Profeta. Audiard es más bien un Ken Loach con mayor pulso dramático y su película una Gomorra (Mateo Garrone, 2008) que trabaja con más minuciosidad y sutileza a sus personajes, como ya hiciera en su obra más conocida hasta la fecha, De latir mi corazón se ha parado.

    Por encima de cualquier otro logro, Audiard consigue crear un personaje principal omnipresente y fascinante -genial el joven actor Tahar Rahim-. Un tipo considerado corso por los magrebíes y magrebíes por los corsos. Un tipo sin amigos en el patio de la cárcel. Un tipo que entrará en el presidio sin saber leer y escribir y que saldrá hablando varios idiomas y coronado como rey de los delincuentes.

    LO MEJOR: Los primeros 45 minutos de película son brutales, al igual que la última escena.

    LO PEOR: Hacia el final del filme, el metraje, algo excesivo (alrededor de dos horas y media), se convierte en reiterativo por momentos.

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