científicos en la penumbra

Los eclipses son minas de oro: lo que la ciencia estudia cuando el Sol se esconde

Más allá de servir para contemplar con más detalle lo que rodea al astro rey, los científicos pueden aprovechar el cercano eclipse solar para realizar diversas investigaciones.

Foto:  Históricamente, los eclipses han permitido descubrimientos científicos (Takeshi Kuboki / Flickr)
Históricamente, los eclipses han permitido descubrimientos científicos (Takeshi Kuboki / Flickr)

Ha sido bautizado como el "Gran Eclipse Americano", ya que será al otro lado del charco donde podrá disfrutarse con plenitud. El eclipse de este lunes 21 será visto de forma completa desde Estados Unidos, pero en España también podrá apreciarse ligeramente. Será cuando el Sol esté a punto de ponerse (a partir de las 20:45 más o menos) y con una premisa: cuando más al oeste estemos, mejor.

Más allá del fenómeno astronómico en sí (la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, ocultándonos su luz y oscureciendo nuestros cielos), los científicos tendrán ante sí una oportunidad única. No en vano, un eclipse solar permite estudiar situaciones difíciles de replicar en un laboratorio e incluso poner a prueba teorías que no tienen por qué estar relacionadas con él. Al menos, no directamente.

De hecho, este no será ni mucho menos el primero que pone en bandeja a numerosos investigadores la posibilidad de corroborar alguna hipótesis o descubrir lo desconocido: ya hace prácticamente un siglo, uno de esos momentos únicos en los que nuestro satélite nos tapó la luz solar sirvió para confirmar que un tal Albert Einstein estaba en lo cierto al enunciar su teoría de la relatividad general.

Lo planteado por el físico alemán en 1915 implicaba, entre otras cosas, que la gravedad es capaz de curvar la luz y de deformar el espacio-tiempo. Lamentablemente, para demostrar su teoría, Einstein necesitaba algo que no tenía: una cantidad de materia enorme y un punto de luz tras ella. El Sol y las estrellas situadas tras él eran buenos candidatos, pero el propio brillo del astro rey da al traste con cualquier posibilidad de observar si la luz de las estrellas se curva o no.

Sin embargo, el astrofísico inglés Arthur S. Eddington pudo corroborar lo teorizado por Einstein poco después gracias a un eclipse solar. Fue a finales de mayo de 1919 cuando Eddington viajó hasta Ia isla de Príncipe, en África, para aprovechar la oscuridad proporcionada por la Luna y observar el comportamiento de la luz emitida por las estrellas localizadas más allá del Sol, aunque a años luz de este.

Una de las imágenes tomadas por Eddington en la isla de Príncipe (Wikimedia Commons)
Una de las imágenes tomadas por Eddington en la isla de Príncipe (Wikimedia Commons)

Lo que logró capturar el astrofísico confirmaba la teoría de Einstein: las estrellas que deberían aparecer en torno a él se veían, desde la isla africana, desplazadas del lugar en el que esperaban haberlas visto. Así, quedaba demostrado que la enorme masa de nuestra estrella predilecta y su gravedad son capaces de curvar la luz.

Lo que esconde el Sol

Las condiciones concretas que se dan cerca del astro que calienta este lugar llamado mundo permiten, además, que se puedan conocer algunos de los secretos que guarda aquel. Uno de los más obvios es la propia corona del Sol: aunque en 1931 fue inventado el coronógrafo (un dispositivo que, acoplado a un telescopio, permite bloquear la luz de un objeto como el Sol para observar lo que hay a su alrededor), un eclipse como el del lunes permite estudiar la corona solar sin necesidad de este artilugio, creado por el astrónomo Bernard Lyot.

Sin embargo, antes de que Lyot desarrollara su creación, un eclipse representaba la única oportunidad de obtener datos de esta parte del Sol. Sin ir más lejos, así fue como los científicos pudieron conocer más sobre la temperatura de la corona. Paradójicamente, a día de hoy y a pesar de la existencia del coronógrafo, un eclipse sigue siendo la única forma de estudiar desde la superficie terrestre las zonas de la corona en las que se generan los vientos solares.

Fue observando la escasa luz solar visible en esos momentos como se descubrió un nuevo elemento, allá por 1868. En concreto, el 18 de agosto de aquel año, el astrónomo francés Pierre Janssen contemplaba un eclipse solar desde la India cuando pudo observar una inesperada línea amarilla en el espectro de la atmósfera solar. Era helio, el primer gas noble que aparece en la tabla periódica y bautizado en honor a esa bola de fuego que permitió su descubrimiento: Helios, en la mitología griega, no era sino el Sol.

Helios, el Sol de la mitología griega, sirvió para bautizar al gas noble descubierto durante un eclipse en el siglo XIX (Wikimedia Commons)
Helios, el Sol de la mitología griega, sirvió para bautizar al gas noble descubierto durante un eclipse en el siglo XIX (Wikimedia Commons)

¿Qué sucede aquí?

Mientras la Luna se interponga entre el Sol y nuestro planeta, aquí también se producirán cambios suficientes para que los científicos tengan que investigar. Uno de los efectos más llamativos y recurrentes se produce en el reino animal y en el mundo vegetal.

La oscuridad inesperada puede hacer que el comportamiento de los animales cambie, algo que ciertos estudios ya han demostrado para algunas mascotas (los perros, por ejemplo, suelen ladrar nerviosos como cuando se anticipan a un terremoto) y otros seres vivos que actúan en consecuencia a la cantidad de luz que reciben: los flamencos, por ejemplo, acuden a sus refugios para dormir cuando se produce el eclipse, volviendo a despertar en cuanto este termina.

Por si fuera poco, algunos investigadores estarán muy atentos durante el fenómeno solar del próximo lunes para tratar de vaticinar qué efectos tendría un hipotético apagón del astro. Será en la Universidad de Missouri donde aprovecharán para tomar datos sobre los cambios del viento y el comportamiento atmosférico durante el fenómeno, con la intención de extrapolar la información a una ausencia solar prolongada.

Mientras tanto, un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Oklahoma y de la Universidad de Nebraska tomará datos de todo lo que suceda en la atmósfera. Para ello, se valdrán de un grupo de drones que, con sus sensores, captarán cualquier cambio climático en los minutos que dure el esperado Gran Eclipse Americano.

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