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Verdades y mentiras del manifiesto que le costó el puesto al ingeniero de Google

Algunos claman que es una sarta de enunciados machistas, otros que no dice nada que no haya dicho antes la biología. ¿Pero cuánto de lo que dice es cierto y cuánto una milonga?

Foto: Montaje: Carmen Castellón
Montaje: Carmen Castellón

Google ha anunciado, a través de su CEO Sundar Pichai, el despido del ingeniero que escribió una nota interna, titulada La Cámara de Eco Ideológica de Google, acerca de las políticas de diversidad de la multinacional con base en Mountain View. Pichai aduce que el autor "ha violado nuestro Código de Conducta y se ha pasado de la raya al difundir dañinos estereotipos de género en nuestro lugar de trabajo".

El autor de la misma, identificado como James Damore, ha declarado a Bloomberg que ha sido despedido por "perpetuar estereotipos de género". El contenido de la circular ha sido ampliamente comentado desde que dos publicaciones especializadas en tecnología, Motherboard y Gizmodo, publicaran su contenido.

Los detractores del llamado #GoogleMemo califican estas diez páginas de misóginas, pero la nota también ha encontrado numerosos defensores, dentro y fuera de Google, que aluden a que Damore simplemente estaba aplicando a su compañía ideas que la biología evolutiva ha respaldado sobradamente. El ya exempleado de la empresa es licenciado en biología por la Universidad de Illinois y con estudios de posgrado en biología sistémica por la Universidad de Harvard. Como investigador pasó por el MIT entre 2011 y 2012, aunque sólo ha publicado un par de trabajos.

Antes de exponer las principales tesis del documento y lo que la ciencia sabe actualmente sobre ellas, un pequeño descargo de responsabilidad: estos estudios científicos analizan y comparan grupos de personas, en sus resultados hablan de promedios o tendencias pero en ningún caso de individuos: que quede claro, ser mujer no supone ventaja o desventaja alguna con respecto a un hombre cualquiera para ejercer cualquier trabajo, en el sector informático o en cualquier otro.

Ahora sí, esto es lo que dicen los estudios científicos sobre las aserciones lanzadas por Damore en su manifiesto.

El autor comienza explicando que las diferencias entre hombres y mujeres tienen una base biológica, posiblemente relacionada con la testosterona prenatal, y que muchos de estos rasgos son universales. Un estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology (2008) se propuso, precisamente, comparar varios rasgos de la personalidad entre hombres y mujeres en 55 culturas diferentes. En todos los países sin excepción, las mujeres puntuaron más alto que los hombres en los mismos rasgos: escrupulosidad, extroversión, amabilidad e inestabilidad emocional.

Damore aclara en su nota que "muchas de estas diferencias son pequeñas y hay un solapamiento significativo entre hombres y mujeres, por lo que no se puede decir nada de un individuo dadas estas distribuciones a nivel de población".

Es más, los científicos observaron que "las diferencias entre hombres y mujeres en sus rasgos de personalidad se vuelven más extremas con el desarrollo creciente de la sociedad humana", es decir, en países con mayor renta.

El número de mujeres dedicadas a carreras de ciencia, ingeniería o tecnología oscila, ya desde la universidad, entre el 20% y el 30% del alumnado (en España está en el 25%, de acuerdo con el programa Mujer e Ingeniería que trata de fomentar estas vocaciones). Muchos otros estudios han demostrado que, desde el colegio, las mujeres puntúan igual, o incluso más que los hombres en matemáticas, ciencia y otras disciplinas técnicas, entonces, ¿por qué no buscan este tipo de trabajos cuando son mayores?

Tras estudiar más de 500.000 ejemplos, Rong Su, de la Universidad de Illinois, y sus compañeros llegaron a la siguiente conclusión: "Los intereses pueden jugar un papel crítico en las elecciones ocupacionales y la disparidad de género en carreras de ciencia y tecnología". Esto además ocurre en todos los países de la OCDE, como señalaba en 2015 Kiko Llaneras en este análisis para 'Politikon'.

El conflicto en el texto de Damore está principalmente en torno a los puestos de liderazgo, que no dependen de una elección o una preferencia personal. Como muestra, el número de mujeres que se convierten en diputadas del Congreso en España alcanzó, en la última legislatura, las 139: un 40% del total de parlamentarios. Sin embargo, la media de mujeres en los consejos de administración de las empresas del IBEX35 es actualmente de 2,63. Sólo dos de ellas, Santander y DIA, están presididas por mujeres.

Por tanto, sí, puede darse la razón al extrabajador de Google en que a la mayoría de mujeres no ven como apetecible el trabajo de programadora, pero si no están en puestos de dirección o liderazgo no es por una preferencia personal.
Esencialmente es cierto, y por las mismas razones que apuntábamos antes: las mujeres puntúan más alto en determinados rasgos de la personalidad, como extroversión o amabilidad, y éstos suelen estar asociados a tratar con gente. Los masculinos suelen estar asociados al riesgo o a la búsqueda de la novedad. Las palabras concretas que mencionaba Damore: estética contra ideas, gente contra cosas, aparecen tal cual en muchos estudios de psicología, incluido el mencionado en el primer epígrafe.
Esto, por supuesto, no incapacita a mujeres u hombres para ejercer trabajos destinados a priori al otro género. A grandes rasgos, como explica en el hilo superior la bióloga Marta Iglesias, existen diferencias entre hombres y mujeres en cuanto a la forma de cooperar, aunque esa tendencia se da de forma natural tanto en unos como en otros.
Según diversos estudios, cualitativos y cuantitativos, las mujeres sufren más estrés que los hombres en el trabajo, al igual que ansiedad y depresión. Esta diferencia se acentúa, además, entre los 35 y los 44 años. Una de las fuentes más fiables para comprobar esto es la recopilación anual sobre estrés laboral que hace la Oficina Nacional de Estadísticas de Reino Unido. En el último informe recogen que "en el periodo de tres años -2013 a 2016- la tasa de prevalencia de estrés laboral en hombres fue de 1190 casos y en mujeres de 1820 casos por cada 100.000 trabajadores". Es evidente que las mujeres tienen una prevalencia mayor, pero lo que dice Damore no es esto, sino que las mujeres lo soportan peor.

Entre las razones que las mujeres aducen para su mayor estrés están las responsabilidades familiares o unos menores ingresos que sus compañeros masculinos. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando se atenuan o eliminan esos factores? ¿Soporta una mujer sin hijos y bien pagada peor el estrés que un hombre sin hijos y bien pagado? Un estudio de la Asociación Americana de Psicología sobre Estrés y Género arroja algo de luz al respecto.

¿Ha experimentado usted una gran cantidad de estrés?, preguntaba el estudio. Un 33% de mujeres contestaron más de un 8 en una escala de 1 a 10, frente a tan sólo un 20% de hombres. Sin embargo, en mujeres solteras esta cifra se situaba mucho más cerca de los hombres, en el 22%. ¿Han aumentado sus niveles de estrés en los últimos cinco años? Un 56% de las mujeres casadas dijo que sí, frente a un 39% en hombres. En mujeres solteras, esta cifra estaba en el 41%, sólo dos puntos porcentuales más.

Damore razona que las brechas de género no siempre equivalen a machismo, sino que simplemente, hombres y mujeres aspiran a diferentes tipos de trabajo. Para el exingeniero de Google, esto no siempre beneficia a los hombres, y pone como ejemplo a mineros de carbón, basureros o bomberos. En general, añade, el 93% de las muertes laborales corresponden a hombres.

El problema aquí es que el autor cae en el mismo problema que denuncia en su carta: para elevar una anécdota a categoría de ley, ésta debe ser universal. ¿Escogen los mineros de carbón ese empleo por ser hombres o porque es lo que hay? En Bangladesh, por ejemplo, la gran mayoría de trabajadores en las fábricas de confección de ropa son mujeres, sin embargo, quienes dirigen los sindicatos de trabajadores son hombres. O al menos, tradicionalmente lo eran.

¿Viven los hombres para trabajar mientras que las mujeres trabajan para vivir? De nuevo, algo que puede parecer intuitivo para muchos pero que no está exactamente refrendado por la ciencia. Siguiendo con el anterior ejemplo, si los principales consejeros delegados del IBEX35 son hombres, ¿quiere decir esto que las mujeres no pueden hacer ese trabajo? Evidentemente, la respuesta son Ana Patricia Botín o Ana María Llopis.

El concepto 'work-life balance' tomó vuelo en psicología hace unos años, pero nunca ha sido unánime que las mujeres lo hayan perseguido más que los hombres. Además, este tipo de actitud, que tan crucial parece en la treintena, parece disiparse a partir de los 50 años, cuando los niños ya han crecido y el sueldo suele ser más acorde a la experiencia. Un estudio publicado en 2009 en Gender, Work and Organization con personas ya en la cima de su vida laboral parece demostrar esto mismo. Para Penny, una escocesa de 51 años, buscar este equilibrio "nunca fue un problema": no tenía hijos ni compromisos y además tenía un horario de oficina.

Para escribir su libro, En Compañía de Mujeres, la estadounidese Grace Bonney entrevistó a cien mujeres que llevaban su propia empresa. Según contó la escritora, "lo que más me abrió los ojos fue que casi todas estas mujeres tenían en común la idea de abandonar ese equilibrio trabajo-vida, porque creo que es un concepto que no está anclado en la realidad".

Para muchas mujeres, la noción de equilibrio es ficticia y supone, de facto, una presión extra. Quizá por ello ha caído últimamente en desgracia entre las mujeres trabajadoras. Incluso Ivanka Trump en su último libro 'Mujeres que trabajan' ataca el equilibrio trabajo-vida, o más bien, niega su existencia.

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