visibles hasta el 24 de agosto

Las Perseidas, el fenómeno astronómico que iluminó el mundo antiguo

Hubo un tiempo en el que las lluvias de estrellas como las Perseidas y las apariciones de cometas se consideraban augurios de acontecimientos excepcionales. Y el Universo un lugar cerrado y finito

Foto: (Reuters)
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Desde el pasado 17 de julio hasta el 24 de agosto podremos observar uno de los fenómenos astronómicos más bellos que existen, las Perseidas. Una lluvia de estrellas, producida por el cometa Swift-Tuttle, que alcanzará su máximo de actividad entre la noche del 12 y la madrugada del 13 de agosto. Se trata de un acontecimiento astronómico bien conocido y estudiado, generalmente sin mayor trascendencia que su valor estético. Sin embargo, durante la mayor parte de nuestra historia, más o menos hasta la Revolución Científica de los s.XVI y XVII, las lluvias de estrellas, las apariciones de cometas y otros fenómenos astronómicos de naturaleza transitoria como los eclipses, eran considerados augurios de acontecimientos excepcionales.

[Cómo observar la lluvia de estrellas de las Perseidas]

La transitoriedad de estos sucesos celestes contrastaba con la supuesta inmutabilidad y divinidad que por entonces se le atribuía a los cielos. Hasta el final de la Edad Media, la interpretación aceptada del Universo era aquella que bebía de la tradición aristotélica, y que algunos siglos después fue revisada, sin sufrir grandes cambios, por Ptolomeo. En esta cosmología, compartida y aceptada por la Iglesia Católica, el Universo era un lugar finito, formado por una serie de esferas homocéntricas, cuyo centro era la Tierra, y cuya esfera más exterior era el fondo de estrellas fijas. Este Universo cerrado estaba a su vez dividido en dos regiones: la región sublunar y la supralunar.

En la región sublunar los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego) estaban mezclados entre sí debido al movimiento que le imprimía, por frotamiento, la esfera de la luna. A su vez, las esferas anteriores le transmitían el movimiento a la luna. La región terrestre, o el mundo sublunar, era el lugar de la corrupción. Solo aquí se producía el cambio, la degeneración y la muerte.

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Mientras tanto, el mundo supralunar estaba compuesto por un quinto elemento, el éter, y en él no existían ni la corrupción ni el cambio; era una región inmutable asociada con la Divinidad. Sin embargo, ambos mundos estaban conectados entre sí a través del movimiento de las esferas. Los cambios en la región sublunar del Universo provenían de las más altas esferas, de la región divina y, así, quedaban dotados de significado; cielo y tierra, lo divino y lo humano, se encontraban entonces conectados por cadenas de causalidad invisibles. Debido a esta influencia del cosmos en la vida terrenal, interpretar los cielos no era solo una cuestión propia de lo que ahora denominaríamos el ámbito científico de la astronomía, sino que era una tarea fundamental a la hora de tomar decisiones políticas, sociales y culturales.

Pero este mundo cerrado poco a poco fue dando paso a un cosmos, primero, infinito, y actualmente, de acuerdo con las teorías cosmológicas más recientes, en expansión. En este tránsito de una interpretación del cosmos a otra el Universo se desacralizó. Pasó de ser un lugar divino al que recurrir para dar explicación a los fenómenos terrestres, a convertirse en un espacio homogéneo e isótropo completamente secularizado.

Llegado este punto, quizás nos preguntemos, ¿cómo pudo estar vigente durante tantos siglos la interpretación antigua del cosmos? ¿cómo podían creer los antiguos algo tan erróneo? Pues simplemente porque así lo decía la tradición.

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Aristóteles, conocido como el gran científico de la Antigüedad, y luego Ptolomeo, habían construido una cosmología plenamente coherente con la visión antigua del mundo. No se puede entender el cosmos antiguo de forma aislada a la política, la religión o la cultura; la ciencia no era (ni es) una esfera apartada del resto de la sociedad. Entonces, ¿eran nuestros antepasados menos críticos y más ignorantes que nosotros? ¡En absoluto! La realidad es que la mayor parte de la población carecía de la formación suficiente como para entender los asuntos celestes. Pero eso era una realidad en el s.XII y lo sigue siendo ahora.

Cabría entonces reflexionar acerca de hasta qué punto actualmente aceptamos ciertas cuestiones de forma acrítica. La mayor parte de aquellos que no somos expertos en la materia confiamos, como hacían los antiguos, en figuras de autoridad como Newton, Planck o Einstein. Actualmente, solo un pequeño porcentaje de la población tiene acceso a una crítica verdaderamente fundada en la materia. Ahora bien, puede que nosotros no hayamos cambiado tanto como nos gustaría reconocer, pero lo que sí ha cambiado radicalmente es el modo de hacer ciencia. Quizás fenómenos como el de las Perseidas ya no nos desvelen un mundo mágico: la astronomía que nació a raíz de la Revolución Científica queda muy lejos de las prácticas astronómicas de los antiguos. Pero el método científico que sigue la astronomía moderna se ha mostrado más eficaz y también más útil para conocer el Universo que habitamos y que tanto ansiamos explorar; y solo por eso vale la pena cuidarlo y preservarlo.

*Lucía O. de Zárate es astrofísica e investigadora predoctoral en Filosofía de la Ciencia y la Tecnología, IA, Administración y Gestión Pública en la UAM

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