Contra la obesidad

¿'Impuestazo' a la comida basura? La ciencia demuestra por qué no siempre funciona

El Ministerio de Consumo pretende incrementar el IVA a los alimentos insanos y los expertoscreen que es una medida necesaria para reducir la obesidad, pero que se queda corta

Foto: (Reuters)
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El Ministerio de Consumo, con Alberto Garzón al frente, ha decidido recientemente declararle la guerra a la comida basura. Grasas saturadas, sal y azúcares son los principales ingredientes de muchos productos procesados que copan los supermercados. Estamos hablando de bollería, precocinados, hamburguesas, bebidas azucaradas o las patatas fritas de bolsa. Perjudican la salud, pero son muy baratos, así que el nuevo Gobierno se plantea medidas fiscales para gravarlos y desincentivar su consumo.

¿Bastará una subida del IVA para que cambiemos una pizza por un kilo de naranjas? ¿Es la mejor forma de mejorar la salud? ¿Es suficiente? El sobrepeso y la obesidad se están convirtiendo en una pandemia, así que otros países ya han puesto en marcha medidas similares y algunos expertos han estudiado sus efectos.

De hecho, implementar medidas de salud pública contra los alimentos insanos es una vieja reclamación de los especialistas. En España, un tercio de los menores y dos tercios de los adultos padecen exceso de peso y esto genera un sobrecoste médico directo de 2.000 millones de euros, según un análisis que acaba de publicar en Gaceta Sanitaria un grupo de investigadores liderados por Miguel Ángel Royo Bordonada, de la Escuela Nacional de Sanidad, Instituto de Salud Carlos III.

'Comida basura' sobre una mesa.
'Comida basura' sobre una mesa.

En contra de lo que afirmó hace unos días el diputado de Ciudadanos y ex directivo de Coca Cola Marcos de Quinto al conocer las intenciones de Garzón, quien aseguró en Twitter que “no hay alimentos buenos o malos” y que el concepto de “comida basura” no es científico, la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo cita habitualmente en sus documentos y asegura que la dieta es uno de los factores más importantes de entre los que desencadenan enfermedades graves y mortalidad, junto con el tabaco, el alcohol y la falta de ejercicio. En concreto, el exceso de sal y el de azúcares libres en las comidas están entre los elementos más dañinos.

¿Qué hemos hecho hasta ahora?

Por eso, ya se han anunciado una serie de medidas en los últimos años para intentar atajar el problema, pero la mayoría se han quedado en el aire. Por ejemplo, el código PAOS de autorregulación de la publicidad de alimentos y bebidas dirigida a menores. “Es un código ético que no es vinculante y, además, parte de la propia industria que fabrica los alimentos y de las empresas que los publicitan. El resultado es que se incumple sistemáticamente. Cuando hay un incumplimiento flagrante que llama mucho la atención y se ponen sanciones, pero a veces ni siquiera se paga y no pasa nada”, explica Miguel Ángel Lurueña, experto en tecnología de los alimentos.

El plan para reformular alimentos que el Gobierno del PP y asociaciones de productores que representaban a miles de empresas presentaron en 2018 también ha recibido numerosas críticas. La idea era reducir los componentes menos saludables de los alimentos procesados, como grasas y azúcares, pero para muchos se queda en un lavado de imagen de la industria.

Más opiniones favorables ha cosechado la idea de implantar la fórmula Nutriscore en el etiquetado, una especie de semáforo que clasifica los alimentos en cinco categorías por colores (del verde al rojo) y por letras (A-B-C-D-E) según sean más o menos saludables. Sería una manera sencilla de informar que aún no sabe cómo se va a implementar.

Joven con obesidad. Foto: Pixabay.
Joven con obesidad. Foto: Pixabay.

Así llegamos a esta nueva idea del Ministerio de Alberto Garzón de gravar los alimentos insanos, que en realidad no es tan nueva ni tan original. De una u otra forma, ya se aplica en más de 20 países, aunque no siempre a nivel nacional (por ejemplo, lo hacen algunos estados de Estados Unidos). De hecho, en España la Generalitat de Cataluña aprobó un impuesto a las bebidas azucaradas en 2017.

“En los últimos cinco o seis años se han generado bastantes evidencias de que es una medida efectiva para reducir el consumo si el aumento de precios es suficiente”, señala Royo. Incrementar los impuestos a los productos menos sanos desincentiva su consumo, según un estudio publicado en 2018 que analizaba los casos de Francia, Reino Unido y México, países en los que se han llevado a cabo distintas medidas en esta línea. En Australia, otro estudio estimó que se obtendrían grandes beneficios para la salud pública si se optaba por un plan completo que combinase la subida de impuestos a los productos insanos con la subvención de los más saludables.

¿Y qué pasó con el impuesto a las bebidas azucaradas de la Generalitat? Los catalanes redujeron su consumo y lo hicieron sobre todo por el incremento del precio, según un estudio publicado en noviembre de 2019, pero también porque se concienciaron acerca de los efectos que tienen sobre la salud.

Precisamente, la mayoría de los análisis que avalan este tipo de medidas se centran exclusivamente en el caso de las bebidas azucaradas (refrescos, zumos e isotónicas), aunque también hay evidencias de que serían efectivas con respecto a la comida basura. Es justo lo que sucedió en México y en Hungría.

Los casos de México y Hungría

En 2014 México implantó un impuesto del 8% a una serie de alimentos insanos y, según un estudio realizado posteriormente en más de 6.000 hogares, fue todo un éxito. El primer año las compras de estos productos bajaron un 4,8% y el segundo, un 7,4%. Además, las familias que tenían una mayor preferencia por este tipo de comida fueron, precisamente, las que más redujeron su consumo.

Un vendedor ambulante de tacos trabaja este martes en la ciudad de Reynosa en el estado de Tamaulipas (México). (EFE)
Un vendedor ambulante de tacos trabaja este martes en la ciudad de Reynosa en el estado de Tamaulipas (México). (EFE)

En Hungría, que fue pionera, la propia OMS realizó un informe de evaluación con un resultado mucho más impactante: entre el 16 y el 28% de la población cambió sus hábitos de consumo. Además, los autores destacan la toma de conciencia que supuso la medida. Mientras que en un primer momento la reducción del consumo se debió al precio, con el tiempo caló la idea de que eran productos no saludables y este argumento se convirtió en el más importante para rechazarlos.

Royo cree que la vía del IVA es la más lógica para actuar en un doble sentido: subirlo para los alimentos menos saludables y bajarlo para los más saludables. “Deberíamos llegar al 0% de IVA para la cesta básica: fruta, verduras, cereales integrales o legumbres”, propone.

En cambio, Lurueña considera que “reducir el impuesto a los saludables no tendría mucha repercusión porque el IVA que tienen ya es muy reducido, del 4%. Bajarlo al 0% no sería significativo. Aplicar el 21% a los insanos sería una medida mucho más contundente”.

También se puede poner un impuesto específico, sobre todo a determinados productos. “Las bebidas azucaradas están claramente asociadas con perjuicios para la salud como las enfermedades cardiovasculares o la diabetes, esto está muy documentado. Además, se puede escalar la medida en función del nivel de azúcar que tengan”, comenta Royo.

Cómo saber cuáles son los productos saludables

Sin embargo, no es tan fácil para la comida: “Los alimentos procesados son complejos, con muchos ingredientes y diferentes propiedades nutricionales. Algunas categorías están claras, las frutas son saludables y los embutidos no, pero unos cereales pueden ser mejores que otros en función de si llevan fibra o mucho azúcar”.

(EFE)
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Por eso, no resulta tan sencillo determinar qué productos deben ser gravados, pero “se podrían utilizar herramientas como Nutriscore”. Así, a peor calidad nutricional se podrían aplicar impuestos progresivamente más altos. El semáforo nutricional también podría servir para regular la publicidad para menores y otras estrategias. Incluso incentivaría a las empresas a fabricar productos más saludables que ayudasen a mejorar su imagen, según los expertos.

Otra clave sería ofrecer una mejor oferta en comedores de colegios y hospitales o cambiar los productos que ofrecen las máquinas expendedoras instaladas en estos espacios públicos, llenas de productos no saludables en la actualidad. “Sería más coherente con la misión de un hospital”, señala Royo. Todas estas ideas están recogidas en el análisis publicado por éste y otros expertos en Gaceta Sanitaria. En concreto, plantean actuar sobre la demanda (a través de los impuestos), la publicidad (prohibir ciertas acciones, sobre todo de cara al público infantil), la oferta (los alimentos que ofrecen los centros públicos), el etiquetado (implantación del Nutriscore) y la reformulación de los alimentos (pero esta vez ambiciosa y de obligado cumplimiento).

Una combinación de estas medidas probablemente haría más difícil que la industria alimentaria se valiese de algunos trucos como las alegaciones de salud nutricionales en productos insanos. “Por ejemplo, a día de hoy un producto de bollería industrial podría destacar en su envoltorio que tiene un 50% de la cantidad diaria de hierro recomendada. Así la gente puede pensar que es saludable obviando las grasas y azúcares”, denuncia Lurueña.

Otra clave es ofrecer una mejor oferta en comedores de colegios y hospitales o cambiar los productos que ofrecen las máquinas expendedoras

Por eso cree que también es necesario “educar en un sentido amplio, enseñando a cocinar en colegios y centros públicos, implicar a la sociedad y darle herramientas. No saber cocinar es no tener la destreza necesaria para mezclar patatas con guisantes y un poco de cebolla, ajo, sal y aceite. Eso implica que tendremos que comprarlo hecho y depender de lo que haya en el mercado y del precio al que esté, y nos limita mucho en el día a día”, asegura.

El modelo del tabaco

A la hora de implantar estas estrategias, salvando las distancias, la referencia está en el tabaco. “Aparte de subirle los impuestos, se retiró de los espacios públicos, pero la alimentación es un mundo más complejo. Todo el mundo come y lo más fácil es tirar de alimentos insanos, baratos y que están ricos, porque estamos acostumbrados a sabores intensos”, reconoce.

Como ocurrió con el tabaco, “Estados Unidos está liderando estas políticas desde hace tiempo”, afirma Royo, “porque estiman que en 2030 el 50% de su población será obesa, pero además uno de cada cuatro casos será de obesidad severa, que reduce la esperanza de vida tanto como fumar a diario”. No obstante, el presidente Donald Trump, parece ir a contracorriente al permitir que la comida basura –la que le gusta a él– vuelva a los colegios.

(EFE)
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Quienes se oponen a las regulaciones alimentarias suelen alegar que perjudican a las clases más desfavorecidas, en particular, la idea de subir los impuestos a los productos insanos. “Precisamente, esta medida es eficaz en las clases con menor poder adquisitivo, porque si te puedes comprar un Ferrari, no te va a importar que una pizza suba unos céntimos; pero si no llegas a fin de mes y te suben la pizza, a lo mejor compras manzanas”, opina Lurueña.

El precio parece la razón fundamental por la cual las clases con menor poder adquisitivo recurren a productos insanos. “Alimentarse bien no es caro, pero alimentarse mal es muy barato. Los productos insanos están elaborados con ingredientes muy baratos, básicamente, harinas refinadas, grasas de mala calidad nutricional, azúcar y sal. Además, es fácil de elaborar y dura mucho”, resume.

Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos están dispuestos a cambiar si se trata de mejorar su salud. “Cuando hacemos encuestas, la mayor parte de la gente quiere llevar unos hábitos de vida saludables y tener información”, destaca Royo. En este sentido, adelanta los datos de un sondeo que se hará público próximamente según el cual la gran mayoría de los españoles apoya un impuesto a las bebidas azucaradas, sobre todo si va acompañado por una bajada de precio de los productos saludables. “Son medidas que protegen al individuo y aumentan la libertad, porque si una persona está bien informada, podrá elegir; y si el precio de los productos saludables es asequible y no es más barato comer mal, tiene más opciones”, apunta el investigador.

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