experimentos sociales con realidad virtual

Dentro del laboratorio que te convierte en víctima de maltrato, Freud, un bebé o Lenin

Un proyecto asociado a la Universidad de Barcelona se ha convertido en referente mundial del 'embodiment' (encarnación), un área de la realidad virtual con miles de aplicaciones

Foto: Foto: E. V.
Foto: E. V.

Estoy en un gabinete diáfano, con un ventanal que da a un jardín y un espejo que refleja mi imagen a la izquierda. Al otro lado de la mesa se encuentra Sigmund Freud. Le cuento mis problemas, los que más me preocupan. Él asiente y parece que escucha. Cuando acabo, presiono un botón que me manda al otro lado de la conversación: ahora yo soy Sigmund Freud y enfrente me tengo a mí mismo, a mi representación exacta, perfectamente escaneada, expresándose con mis propias palabras, con mis mismos gestos. Atiendo y observo dentro de la piel del padre del psicoanálisis y la escena me hace sentir como un indígena amazónico por primera vez frente a un espejo.

Con el paso de los minutos me voy acostumbrando a ser Freud y empiezo a hablar. Primero alguna frase de cortesía; después me lanzo a responder en voz alta lo que pensaría sobre mí mismo en el silencio de una noche en vela. Verbalizo, razono, repito la idea y vuelvo a pulsar el botón. Ahora soy nuevamente yo mismo y me toca observar cómo Freud explica lo que acabo de pronunciar yo metido en su cuerpo. Lo hace con su voz ronca y decidida, mucho más persuasiva que la mía. Me ha convencido.

Se trata de meterte en identidades distintas para experimentar con la conciencia. Las aplicaciones son infinitas

No puedo, pero me gustaría pasar la mañana entera así: alternando durante horas el lado de la mesa, jugando a psicoanalizarme con varios sensores enganchados con velcro por el cuerpo y unas gafas de realidad virtual, dentro de lo que en el mundo real es una habitación vacía con un ordenador en una mesa. El experimento, me explican al salir, pretendía lograr dos cosas: que viese mis problemas alejado de mi identidad y que escuchase lo que tenía que decirme a mí mismo en boca de una persona respetable. Antes de empezar pude elegir, por cierto, entre un catálogo de estrellas: desde Freud a Steve Jobs.

La idea no ha salido por ahora de las cuatro paredes acristaladas de un edificio situado en el Campus Mundet de la Universidad de Barcelona (UB). El Event Lab de Virtual Bodyworks donde estamos es el laboratorio pionero en una variante de la realidad virtual bautizada como ‘embodiment’ (encarnación). Mel Slater, británico, investigador del ICREA, codirector y cofundador del centro, lo resume así: “Se trata de meterte en identidades distintas para experimentar con la conciencia. Es algo incipiente y las aplicaciones son infinitas: estudios neurológicos, de conducta, sobre el dolor....”.

Aunque llevan más de una década en ello, ha sido en las últimos meses cuando su equipo —cerca de de 20 personas— ha experimentado una auténtica avalancha de consultas. “Nos llaman de todos lados para preguntar y plantear posibles colaboraciones o proyectos, de todos los sectores imaginables. Han hablado de nosotros en 'The New Yorker' y el 'Wall Street Journal”, dice Mavi Sánchez-Vives, española, profesora de investigación ICREA en IDIBAPS, profesora asociada de la UB y el otro cerebro del Event Lab. Fuera del ámbito de los juegos, el ‘embodiment’ tiene un recorrido infinito: sirve para tratar problemas de empatía, para descubrir cómo funciona la percepción y el cerebro, para investigar y tratar el dolor… “Con realidad aumentada, hemos probado a ver cómo cambia la percepción del dolor cambiando el aspecto de la parte del cuerpo dolorida: modificando el color, la transparencia, etcétera”.

Las ideas para nuevas aplicaciones surgen en cualquier sitio. Mel y Mavi iban escuchando la radio en el coche cuando a ella se le ocurrió un experimento relacionado con la violencia de género. Fue presentado hace un par de meses, se ha convertido en uno de los más exitosos. Antes de entrar a probarlo, me advierten de que puede resultar desagradable. “Recuerda que podemos parar en cualquier momento”, dicen mientras ajustamos las gafas. Segundos después, estamos en un salón luminoso, al lado de un gran espejo. El cristal refleja la imagen de una mujer joven y al bajar la vista veo mis pechos abultados, las manos femeninas, las piernas depiladas…

Mavi Sánchez-Vives y Mel Slater, en su laboratorio. (Domna Banakou)
Mavi Sánchez-Vives y Mel Slater, en su laboratorio. (Domna Banakou)

La aclimatación a mi nuevo cuerpo es interrumpida por un hombre alterado que entra insultándome, llamándome puta, reprochándome que voy mal vestida, que ya no soy la que era antes, que a pesar de todo él me quiere y sufre viéndome con esta cara de asco a todas horas. El tipo, varios centímetros más grande que mi avatar, se aproxima amenazante. Grita aún más cuando intento desviar la mirada. “Mírame, zorra. ¡Que me mires!”. Invade mi espacio y me intimida observándome con desprecio desde arriba, levantando un poco la mano. Sé que al otro lado de las gafas hay tres investigadores mirando, pero aun así no puedo evitar que mi ritmo cardiaco se acelere y que ya no vuelva a ser el normal hasta que termina la escena.

La Generalitat ha integrado este experimento como parte de una terapia de conducta impuesta a hombres con antecedentes de maltrato. Según los investigadores, a través de test realizados días después de pasar por ello, se demuestra que hay un cambio de actitud, al menos sobre el papel. “Queda claro”, dice Mavi, “que cambiando la perspectiva de personas agresivas a través de la realidad virtual inmersiva podemos modificar los procesos de reconocimiento de las emociones”. Algunos de los sujetos no externalizan ninguna emoción mientras dura la experiencia, pero otros, asegura Mel, acaban muy afectados. “Algunos incluso están llorando cuando se quitan las gafas, porque se reconocen en esas situaciones”.

Mel y Mavi se conocieron en 2001, durante una reunión organizada por la Unión Europea para fomentar la colaboración entre informáticos y neurocientíficos. “Nos interesaba mucho el concepto de la ‘presencia’ en entornos virtuales y propusimos desarrollar algo que permitiese mover un interfaz con el pensamiento. Lo hicimos entre 2002 y 2005”, recuerdan. Crearon un entorno de realidad virtual en el que un parapléjico podía moverse por la calle de una ciudad. “Podía controlarlo con su actividad cerebral. Podía andar por una calle, pararse en una tienda… Pasaban avatares y le saludaban. Para él fue muy impactante, porque experimentaba la sensación de controlar el movimiento por primera vez desde que tuvo un accidente tirándose de cabeza”, recuerda la investigadora.

Mavi leyó por aquellos años un artículo científico publicado en 1998 que, con el tiempo, se ha convertido en un clásico: la ilusión de la mano de goma. Se trata de una serie de experimentos que parten de un planteamiento muy sencillo: sentar a un sujeto frente a una mesa con los brazos extendidos y sustituir uno de sus brazos por una ortopedia, un brazo de goma. La persona reacciona ante algunos estímulos como si el trozo de caucho fuese realmente suyo. “Nos fascinó y pensamos que en realidad virtual esa ilusión se podía llevar mucho más lejos. Se trataba de crear la ilusión de que el cuerpo virtual es tuyo”.

Una imagen del laboratorio. (A. V.)
Una imagen del laboratorio. (A. V.)

Un niño, un africano y Lenin

La siguiente experiencia me convierte en un niño de unos cuatro años, de pie en una sala donde todo me resulta enorme. La silla y la mesa son inabarcables y el espejo me devuelve una mirada dulce y unos movimientos torpes, una interpretación de lo que detectan los sensores. En la estancia entra una mujer enfadada. Pronto entiendo que es mi madre y que no quiere que haga ruido. Dentro de mi cuerpecito, ella resulta enorme y amenazante. Me dice que se pasa la vida frustrada y sin poder hacer nada por mi culpa. Después de un rato, la imagen se funde a negro y me quedo pensando si alguna vez he hecho sentir así a mi hija. Segundos después, entra otra mujer, más cariñosa. Me inquieto esperando que empiece la bronca, pero eso nunca ocurre. Me tranquiliza y me pide que elija un juguete. Me quedo con el patinete hasta que me devuelven al mundo real.

“Aquí de lo que se trata”, dice Mavi, “es de ver cómo tu estimación del tamaño de los objetos varía. Después de 15 minutos en el cuerpo de un niño, todo parece significativamente mayor. Afecta a cómo percibes a los demás y a tu entorno”. El experimento se diseñó para tratar a padres que habían tenido problemas de maltrato con sus hijos. “Se trata de percibir cómo puede sentirse un niño pequeño cuando le gritas y le haces sentir culpable”.

La realidad virtual pasó en los ochenta por una fase de expectativas exageradas que generaron mucha frustración. Ahora vivimos otro momento dulce

Los proyectos del Event Lab se financian con fondos europeos (por ejemplo, del European Research Council) y otros estatales, pero también están empezando a comercializar sus aplicaciones. Mavi recuerda que la realidad virtual lleva siendo un área de investigación desde los años setenta y ochenta, cuando se pensaba que los avances iban a ser mucho más veloces de lo que realmente han acabado siendo. Esa expectativa exagerada, la que nos prometía mundos paralelos con el cambio de milenio, generó cierta frustración. “Ahora vivimos un segundo periodo de auge, porque el 'hardware' es muchísimo más asequible”.

Los primeros experimentos del Event Lab se realizaban en una ‘cave’, un entorno forrado de pantallas, que costó cerca de medio millón de euros y cuyo mantenimiento resultaba prohibitivo. A los espacios actuales, compuestos de sensores, ordenadores y gafas, se dedicaron unos 100.000 euros por sala hace cinco años. “Y ahora esa misma tecnología se puede adquirir por 3.000 euros. Se ha democratizado mucho”. Eso provoca, entre otras cosas, un aumento de la competencia. Florecen pequeñas empresas con una inversión inicial ridícula y proyectos muy interesantes. “Ahora, la mayor parte del presupuesto lo dedicamos a los salarios”, admite Mel.

Para la siguiente experiencia, es necesario un atuendo que recuerda a los trajes de neopreno que se utilizan en submarinismo, además de unos calcetines a juego. Todas las prendas llevan acoplados sensores luminosos. Esta vez me guía Domna Banakou, una joven investigadora griega, exalumna de Mel y responsable del proyecto hasta el punto de que ha cosido los trajes. Aparezco en una suerte de sala de baile de un gimnasio y, al mirarme las manos, mi piel es negra. Tengo apariencia africana. Frente a mí hay un hombre asiático que se esfuerza por instruirme en el noble arte del taichí. A los pocos minutos he perdido la concentración, me he entretenido viendo cómo la máquina reproduce fielmente todos mis gestos y no soy capaz de seguir sus movimientos. Domna me explica después que da un poco igual.

“No lo dijimos, pero el objeto real de este experimento era obligar a los sujetos a meterse en la piel de personas de otro color. A la mitad de la muestra los pusimos a aprender taichí como alumnos de piel blanca. A la otra mitad, con un avatar como el tuyo, de piel negra. Pasado un tiempo, camuflamos preguntas sobre sesgo racial implícito en un test que tuvieron que hacer todos. Y sucedió que los que habían sido africanos durante las clases tenían un sesgo menos marcado que los que habían sido blancos”, ilustra Domna. Según Mavi, “cuando internalizas y sientes como propio un cuerpo diferente, se produce una identificación y pasas a ser alguien de ese grupo durante unas horas. Consigue cambiar tu percepción”.

Casi acabado el 'tour', la conversación deriva hacia el futuro de la realidad virtual y el ‘embodiment’. ¿Será parte de nuestra vida cotidiana dentro de unos años o estamos viviendo una nueva oleada de expectativas enloquecidas? Mavi dice que es difícil de prever, pero insiste en que el abaratamiento de los equipos hace que estemos más cerca que nunca de empezar a explotar sus posibilidades para el gran público, sacándolo de los laboratorios y dando incentivos a las empresas e instituciones públicas para invertir.

“La realidad inmersiva y la realidad aumentada se irán introduciendo progresivamente en nuestras vidas. Igual que hoy todo el mundo lleva teléfono móvil en el metro, quizás en unos años sea normal ver a todo el mundo con unas gafas en una sala de espera". Mel razona sobre el impacto social y los dilemas éticos que el tema generará en breve. “Será necesario tener ese debate para saber qué se puede hacer y qué no se puede hacer dentro de un entorno virtual en el que las posibilidades son todas”. Algunos problemas son muy evidentes: ¿se puede matar o torturar a otro avatar en realidad virtual o tendrá que ser legislado? Otros no tanto: ¿es lícito trasladar nuestro estado de consciencia a una máquina?

Los proyectos en marcha demuestran que la sección comercial y cultural va ganando terreno. Pronto, en el Event Lab se podrán revivir algunos de los grandes conciertos de los años setenta y ochenta en Londres, entre otros uno mítico de Talking Heads y otro de Dire Straits. Antes de salir, Mel me permite probar la experiencia que están a punto de lanzar en colaboración con un gran medio de comunicación internacional. Accede a cambio de que calle todo lo que veo. Negocio revelar un único detalle: durante 15 minutos, pude ser Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin.

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