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El efecto de la bomba atómica que puede devolvernos a la edad de piedra
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Los efectos del pulso electromagnético (PEM)

El efecto de la bomba atómica que puede devolvernos a la edad de piedra

El Pulso Electromagnético (PEM) de una detonación nuclear puede tumbar los sistemas de comunicación de ciudades enteras. Es la mayor amenaza para la civilización en caso de ataque nuclear

Foto: Foto de una bomba nuclear detonada por el gobierno francés en el atolón de Mururoa, en la Polinesia Francesa.
Foto de una bomba nuclear detonada por el gobierno francés en el atolón de Mururoa, en la Polinesia Francesa.

Hace unos días, Donald Trump usó Twitter para responder con bravuconería a Vladimir Putin, que se ha propuesto desplegar arsenal nuclear táctico en posiciones occidentales para contrarrestar el escudo antimisiles norteamericano. Este duelo apenas iniciado tiene para los historiadores un resabio a secuela de la Guerra Fría, pero no ha empezado ahora. Durante el fin del mandato de George W. Bush, la preocupación nuclear ante la sospecha de una escalada iraní y norcoreana llevó a los ingenieros de la Fuerza Aérea a renovar la tecnología de las bases de misiles, que funcionan todavía con equipamientos analógicos propios de los años setenta, y a la Mariana a actualizar el equipo de los submarinos nucleares, igualmente obsoleto.

Foto: Cada potencia nuclear tiene su propio sistema de activación de armas nucleares.

Sin embargo, la evolución de la sociedad desde el fin de la Guerra Fría hasta nuestros días trae de cabeza a los científicos militares, porque ha exacerbado una consecuencia del empleo de armas atómicas que nadie sabe cómo contrarrestar. La cara menos conocida de las armas atómicas fue alto secreto hasta inicios de los años ochenta, y aún hoy es un misterio su alcance, puesto que la mayor parte de los documentos científicos siguen siendo material clasificado. Se trata del Pulso Electromagnético (PEM).

El público relaciona los efectos de la bomba atómica con mortíferos hongos ascendentes, ondas expansivas que arrasan ciudades enteras y lluvia de polvo radiactivo que envenena alimentos y manantiales de agua potable. Sin embargo, en los años sesenta, durante la carrera espacial, se demostró de forma práctica otra consecuencia que podría devolver a un país entero a la edad de piedra sin destruir una sola casa ni matar a una sola persona.

Se suponía que, a gran altura, los efectos de la bomba serían irrelevantes para edificios y personas, pero potencialmente letales para la tecnología

Los primeros datos sobre este fenómeno se habían recogido tras la explosión de asteroides a gran altura. Las rocas espaciales, al desintegrarse violentamente, generaban un pulso electromagnético que dañaba los equipos electrónicos en la superficie terrestre. Durante la prueba Trinity, la primera detonación nuclear en el laboratorio de Los Álamos en 1945, apenas unos días antes del ataque contra Hiroshima, los científicos detectaron que los circuitos de algunos aparatos de radio colocados más allá de la zona segura habían quedado totalmente achicharrados.

A partir de los años cincuenta, con el desarrollo de los misiles que sirvieron de base para la carrera espacial, la idea de experimentar con los efectos que podía tener el PEM si una bomba atómica detonaba gran altitud, especialmente en el espacio exterior, donde podía interactuar con el cinturón Van Halen (el campo magnético natural de la Tierra), empezó a rondar la cabeza de los físicos. Se suponía que, a gran altura, los efectos de la bomba serían irrelevantes para edificios y personas, pero potencialmente letales para la tecnología.

En 1962 decidieron experimentarlo lanzando bombas atómicas al espacio. Con el tiempo, algunos de los participantes en aquellos experimentos han descrito el conjunto de operaciones Fishbowl como un irresponsable juego de prueba y error. Los cohetes Thor armados con ojivas nucleares se dispararon desde la remota isla de Johnston, en el Pacífico, sin saber cuáles iban a ser las consecuencias.

Por ejemplo, un aparato de 1,4 megatones detonó a 400 metros de altura, creando un resplandor de colores -a partir de entonces se llamaría a esta modalidad “la bomba arcoíris”- y un pulso electromagnético mucho mayor de lo que los científicos habían calculado. Achicharró aparatos electrónicos y fundió farolas en Hawai, a más de mil kilómetros de distancia. La radiación liberada recorrió el campo magnéticos natural de la tierra y creó falsas auroras boreales en el hemisferio contrario, sin que los científicos supieran a qué se debía.

En un principio, la Fuerza Aérea había diseñado los misiles atómicos espaciales con la idea de destruir satélites enemigos. Las detonaciones del marco de operaciones Fishbowl crearon cinturones artificiales de radiación en el campo magnético, cuyos electrones seguían activos cinco años más tarde, y que en un primer momento paralizaron un tercio de todos los satélites en órbita terrestre baja. Sin embargo, la evidencia de las dimensiones que podía tener un ataque PEM en la corteza terrestre cambió radicalmente la estrategia.

Foto: El confinamiento del plasma es vital para la fusión nuclear. (Reuters)

La teoría era que una bomba grande detonada a gran altitud sobre la la URSS podía inutilizar por completo toda la tecnología necesaria para que Rusia lanzase un contra-ataque, pero por supuesto, el Kremlin no se quedó atrás e hizo sus propias pruebas de PEM con el proyecto en clave K, todavía clasificado.

Hoy reina el secreto de estado y la controversia científica sobre el verdadero alcance del PEM, pero a partir de los ochenta empiezan a publicarse artículos en las revistas de investigación física, que conjeturan que el PEM representa, en realidad, la mayor amenaza para la civilización en caso de ataque nuclear. Según Carl E. Baum, experto sobre campos magnéticos y colaborador del programa nuclear norteamericano durante los años sesenta, la mayor parte de la tecnología de la que depende el funcionamiento de la civilización moderna, desde las televisiones hasta las máquinas de respiración asistida de los hospitales, es totalmente vulnerable a un PEM.

Hace unos días, Donald Trump usó Twitter para responder con bravuconería a Vladimir Putin, que se ha propuesto desplegar arsenal nuclear táctico en posiciones occidentales para contrarrestar el escudo antimisiles norteamericano. Este duelo apenas iniciado tiene para los historiadores un resabio a secuela de la Guerra Fría, pero no ha empezado ahora. Durante el fin del mandato de George W. Bush, la preocupación nuclear ante la sospecha de una escalada iraní y norcoreana llevó a los ingenieros de la Fuerza Aérea a renovar la tecnología de las bases de misiles, que funcionan todavía con equipamientos analógicos propios de los años setenta, y a la Mariana a actualizar el equipo de los submarinos nucleares, igualmente obsoleto.

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