HEMOS TOMADO LA CATEDRAL DE LA ALMUDENA

Cuatro horas cazando pokémons en el Madrid de los Austrias

Las criaturas de Pokémon Go han llegado a España antes incluso que la aplicación. Aún no puede descargarse por los cauces oficiales, pero muchos madrileños ya están de cacería

En los últimos días medio planeta ha perdido la cabeza por un juego de móvil. Se trata de Pokémon Go, una 'app' que utiliza dos fórmulas gastadas -la realidad aumentada y los Pokémon- para ofrecer un producto sorprendente, brillante, que apunta a fenómeno social instantáneo. En Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, los únicos países donde la 'app' está oficialmente disponible, es la más descargada para iOS y Android. Las acciones de Nintendo han crecido un 48% -ó 10.000 millones de dólares- desde que lanzó Pokémon Go el 7 de julio. Y, por supuesto, el dato más revelador: en Estados Unidos han comenzado a guglearlo más que 'porn', rey de las listas de Google Trends desde que se inventó el tiempo.

¿Cómo mirar para otro lado ante algo que interesa más que el porno? Así que nos hemos instalado Pokémon Go y nos hemos ido al centro de Madrid a cazar animalejos para ver qué es aquello que está conmoviendo al Primer Mundo. La dinámica del juego en sencilla: el jugador está situado sobre un plano real de las calles de su entorno; en algunos lugares, como en la esquina o en la cafetería de enfrente, aparecen unos cubos señalizadores. La única forma de saber qué contienen es acercarse -físicamente- hasta allí y enfocarlos con la cámara del móvil. Aquí es donde hace su magia la realidad aumentada -la misma que el Invizimals español lleva utilizando casi una década- para recrear un Pokémon donde solo parecía haber un seto. La filosofía de Pokémon Go es la misma que la de cualquier producto Pokémon: gotta catch them all!. Coleccionar.

El primero de la tarde lo cazamos en Ventura Rodríguez, entre las ruedas de un Saxo. Se llama Growlithe y parece un perrete muy digno. Según la wikipedia pokémon, además es "muy agradable, cariñoso, leal y temerario; tiene un gran sentido del honor". Aunque estamos encantados con la adopción, sonreímos con amargura, porque sabemos que aquello no acabará bien; que es mejor no cogerle cariño ya que lo que vamos a hacer con él es entrenarlo y hacerlo pelear contra otros de su especie. De hecho, algunas especies raras solo se consiguen en combate. Nacer pokémon es un drama.

Subimos por Plaza de España y la cacería se desmanda. Uno, tres, ocho. En unos minutos nos hacemos con diez nuevos amigos-esclavos, la mayoría de ellos murciélagos y cangrejos. En el césped aparecen pokémons planta y en las fuentes pokémons de agua. Es adorable. Nadie se extraña al vernos correr con el móvil por delante, simplemente porque no somos los únicos. Pese a que no está aún en España, hay formas legales de descargar y utilizar Pokémon Go. En Android basta con asumir los riesgos de instalar una aplicación sin certificar, mientras que en iPhone quizá la mejor opción es crear una cuenta en la App Store norteamericana.

Hay pokémons por todos los sitios, pero están localizados en manadas y tienden a repetirse en una misma zona. Aquí Nintendo aplica la economía de la abundancia para mantener al usuario atento, pues sabe que puede cazar en cualquier sitio, pero le bonifica por buscar en sitios que no frecuenta, donde se convierte en un prescriptor del juego. Cuando invite a unos amigos a cenar y se pongan a cazar pokémons en su jardín entenderá por qué Nintendo ha vuelto a dar en el clavo.

Entonces es fácil hacerse con un montón de ellos en un rato, justo antes de plantearse la pregunta: ¿y ahora qué? Pues ahora hay que entrenarlos para pelearlos. Después de tres horas por el Madrid de los Austrias, con una caza meritoria dentro del Palacio Real, nos damos cuenta de que tenemos un montón de criaturas asilvestradas sin oficio ni beneficio. De modo que nos dirigimos a la catedral de La Almudena, donde está en Gimnasio más próximo, el único lugar donde, de momento, se puede pelear. Los Gimnasios escasean y Nintendo ha escogido lugares emblemáticos de las ciudades, amplios y con buena foto de cara a vender episodios como el del domingo en Central Park, cuando el parque se llenó de adictos al juego buscando guerra. 

Los Gimnasios sirven para que tus criaturas adquieran experiencia y suban de nivel. Son centros de poder. Cuánto más nivel, mejor pelean. Llegado a un punto, a las pocas horas de juego, Nintendo fideliza al usuario obligándole a escoger un bando de entre tres disponibles. Es una jugada maestra. Todos los bandos son iguales, simples colores, pero de repente tienes una red de aliados que te permiten acceder a sus Gimnasios. Para entrenar y pelear las criaturas hay que estar físicamente allí. Imagínese un futuro con cientos de personas sentadas en torno a una plaza, aparentemente tranquilas mientras mantienen una guerra fratricida en sus pantallitas, enfrentados no por ideologías ni intereses, sino por asépticos colores. A Asimov le habría encantado todo esto.

El Gimnasio de La Almudena está menos concurrido que el de Plaza de España, el más cercano, básicamente porque no está en la puerta de la catedral, sino DENTRO de la catedral. El receptáculo donde se casaron los Reyes de España es la sabana de los pokémons, hay casi más que turistas. Capturamos cuatro o cinco y buscamos un sitio discreto para nuestra misión final: tomar La Almudena.

Es una idea suicida: retar al dueño del Gimnasio de La Almudena en combate a muerte por la catedral. La custodia un murciélago enorme de más de 500 puntos de experiencia; nosotros tenemos cangrejos, un armadillo y varias ratas sin entrenamiento. No hay nada que hacer, nos quintuplica las fuerzas. Así que mandamos al frente al temerario y noble perrete de Ventura Rodríguez, que experiencia no tenía pero se le veía con calle, por si sonaba la flauta. Y sonó. En un pispás se merendó al murciélago y nos hizo dueños de la catedral. Después de cuatro horas de cacería regresamos a la redacción con veinte criaturitas que no sabemos cómo repartirnos y el deber de defender La Almudena en el mundo Pokémon. Y decíamos que el Candy Crush era adictivo.

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