La "enfermedad de los blancos" golpea duro a los inmigrantes
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RUMORES, 'FAKE NEWS' Y ATAQUES

La "enfermedad de los blancos" golpea duro a los inmigrantes

España ocupa ahora el primer lugar en los pocos desembarcos que se producen aún en el Mediterráneo

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La "enfermedad de los blancos" golpea duro a los inmigrantes

"Algunos inmigrantes africanos que tratamos creen que esta es una enfermedad de blancos y que comer ajos o beber agua con limón lo cura", explica a El Confidencial Antonella Torchiaro, doctora de la ONG Intersos que acaba de terminar su ronda matutina de atención a extranjeros sin recursos que sobreviven en medio de esta pandemia. Los datos muestran que en Europa casi desapareció la llegada de nuevos inmigrantes y, ahora, existe el reto de ayudar a la inmigración que ya estaba dentro. Hay algunas fricciones, políticas y sociales, que emergen en un escenario en el que ya no hay sobras para nadie.

¿Ha detenido el coronavirus la inmigración ilegal en el Mediterráneo? Casi, como casi ha detenido todo en el globo menos el espíritu de supervivencia. Este virus ha convertido a toda la población mundial en refugiado o inmigrante. Se huye de Milán a Calabria, de Nueva York a los Hamptons o de Madrid a Murcia. Otros van y vienen de más lejos. Los europeos, en avión, fueron el primer foco de contagio en varios países meridionales a los que huyeron, creyendo que los virus no llegan donde no hay cobertura. Los africanos y asiáticos, cada vez menos, se juegan aún la vida en una barcaza para huir de la certeza de la guerra o el hambre y alcanzar la incertidumbre de la nada (237 personas han muerto en ese intento en lo que va de 2020, datos de la UE). El Mediterráneo se ha quedado, sin embargo, casi yermo de ese tráfico de seres humanos que albergaba.

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Según el último informe de la Comisión Europea, la última semana de marzo han llegado a España 181 inmigrantes ilegales; 44 a Italia; 64 a Grecia y ninguno a Malta. Incluso los campamentos de refugiados de las islas griegas han sufrido un descenso de llegadas y han recibido entre el 23 y el 29 de marzo a 68 personas. Por comparar con lo ocurrido dos semanas antes, entre el 6 y el 15 de marzo, la situación era de 385 llegadas en España; 209, en Grecia; 185, en Italia y 112 en Malta. Además, en el centro de acogida de Lampedusa se recibieron 154 personas y entre los distintos centros de acogida de diversas islas griegas hubo otras 187 llegadas.

Salvini sale al atril

La emergencia está ahora en tierra, cercana, y ahí surgen conflictos. "Inmigrantes en un campamento de Calabria rechazan comida y exigen dinero". El titular saltaba hace dos días a los medios italianos. En el centro de acogida de inmigrantes de San Ferdinando, en Calabria, donde viven cerca de 500 inmigrantes, la colocación de una cocina para dar comida a los extranjeros acabó con una sorprendente revuelta de unos pocos y el silencio del resto. "La reacción de los alojados fue la opuesta a la esperada. Un grupo de alborotadores rechazó la ayuda con actitudes amenazantes y provocadoras que la gran mayoría toleró sin decir nada", explicó el alcalde de la localidad, Andrea Tripodi.

Matteo Salvini, líder de la Lega, pronto sacudió las redes sociales con la noticia: "Estoy desconcertado, dolido y triste. Es inaceptable que los inmigrantes rechacen la comida con violencia mientras miles de calabreses no tienen un euro para entrar en el supermercado. Es vergonzoso que la gente muera de hambre y ellos rechacen la comida". Mucha gente ha apoyado estas palabras en redes sociales.

No es esa, sin embargo, la visión de Celeste Logiacco, líder del sindicato CGIL en la Piana di Gioia Tauro, que explica a El Confidencial que "fue un episodio muy triste. El altercado, que protagonizaron 10 personas de las casi 500 que hay ahí, empezó porque a ellos les llegó a través de los móviles una información de que había un dinero que se había destinado a ellos y que el ayuntamiento se lo estaba quedando". Celeste, que visita cada día un centro muy vulnerable a la Covid-19 pese a que por ahora no hay contagiados, trabaja para llevar calma. "Se han repartido máscaras, guantes y gel, y se desinfectaron las instalaciones. Es muy importante dar buena información. Aquí hay gente de Ghana, Mali, Senegal, Burkina Faso, Nigeria y Níger a los que en diversas lenguas les explicamos por megafonía en qué consiste el virus y cómo evitar los contagios. Comparten cada tienda seis persona".

Curiosamente, a 850 kilómetros de Roma, algunos mitos sobre la enfermedad son iguales. "Se informan entre ellos por el teléfono móvil. Algunos creen que esta enfermedad se cura comiendo ajos y otros piensan sencillamente que afecta solo a los blancos. Ellos creen que tienen problemas mayores. Hace semanas que no trabajan en el campo y no tienen cómo vivir. Salvini ha instrumentalizado esto para diseminar su odio. Es momento de estar unidos. En tiempos del coronavirus existe un riesgo de colisión mayor. Hay muchos campamentos improvisados por todo el país", señala Celeste.

Rumores y muchas 'fake news'

El teléfono móvil, algo que algunas personas ven cómo un artículo de lujo que portan personas sin recursos, es el bien más importante de un inmigrante y en ocasiones una fuente de confusión. "Muchos no hablan el idioma y ese teléfono es toda la información que reciben y el único contacto con su mundo. Desde ahí se comunican en redes de ayuda", explican en el servicio de refugiados de los Jesuitas de Malta. El problema es que la información sin filtrar que llega está plagada de rumores, 'fake news' o incertezas sobre ajos, pagas que les deben o deportaciones. La mecha, como pasó en Calabria, prende fácil.

La doctora Torchiaro, mientras, recorre Roma, una urbe fantasma en la que atiende a los olvidados. "El 90% de las personas son inmigrantes. Más o menos, hay un 40% de latinoamericanos que han perdido sus trabajos como limpiadores o cuidadores, un 50% de subsaharianos y un 10% de italianos. Muchos son ilegales y no tienen acceso a un servicio sanitario de base".

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Para ayudar a todos ellos, Intersos tiene un centro de acogida y una unidad móvil con dos médicos y cuatro mediadores culturales que sale a encontrar a sus pacientes en las calles. "En los centros de acogida hay guantes y máscaras, pero en la calle hay menos información y medios. Muchas veces conviven grupos en las estaciones donde falta agua para lavarse las manos o la ropa", concluye la doctora.

La inmigración es uno de los retos, como tantos que emergen de todas partes, que solucionar en medio de esta pandemia. Una ingente cantidad de trabajadores en explotaciones agrícolas, limpiando casas o cuidando personas mayores se han quedado de la noche a la mañana sin un salario, sin un colchón y sin un estado protector, por la falta de papeles de algunos, al que poder acudir. Están encerrados en el laberinto del virus y son el furgón de cola de los damnificados.

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