una historia de éxito

El secreto de cómo Nueva York doblegó al virus (haciendo lo contrario que Madrid)

El Estado de Nueva York, al igual que la Comunidad de Madrid, reaccionó tarde a la pandemia. Pero meses después, la situación epidemiológica de cada uno es muy distinta

Foto: Imagen de archivo de Nueva York durante la pandemia. (Reuters)
Imagen de archivo de Nueva York durante la pandemia. (Reuters)

Allá por mediados de marzo, los españoles que vivimos en Nueva York fuimos tratados como cenizos. Desde España nos llegaban las imágenes de calles vacías y hospitales atestados. Los políticos decían y se desdecían y por Whatsapp circulaban mensajes de variable fiabilidad. Pero los neoyorquinos, como los madrileños antes que ellos, seguían en la fase de negación, con el pecho bien hinchado de quien no teme lo que en verdad solo es una gripe. Nosotros les advertíamos y ellos nos miraban como si llevásemos una camisa de fuerza.

Con los días la pandemia se fue concretando y Nueva York descendió igualmente al encierro. El tiempo se detuvo. Aparecieron las mascarillas y los guantes y los buenos propósitos, que no tardaron en sucumbir a la confusión, el tedio y, más tarde, la ira. El estado había reaccionado tarde. Su gobernador, Andrew Cuomo, proyectaba una confianza que no se correspondía con los datos. “Disculpen nuestra arrogancia de neoyorquinos”, dijo Cuomo el 2 de marzo, junto al alcalde Bill de Blasio. “Creemos que tenemos el mejor sistema sanitario del planeta, aquí en Nueva York”. Mientras tanto, el virus se propagaba de forma salvaje en los apretados espacios de la ciudad.

El día 19, ante la evidencia de lo que se avecinaba, Cuomo ordenó finalmente el confinamiento. La falta de medidas durante la primera mitad de marzo, según investigaciones posteriores, pudo contribuir a que el estado de Nueva York se convirtiese en el epicentro mundial del virus y su metrópoli en la ciudad más castigada.

Líneas de batalla ante el covid

Sin embargo, una vez iniciado el proceso, Andrew Cuomo demostró lo que significa tener experiencia política: quizás la única profesión del mundo en la que nadie exige veteranía, sino ambición, olfato, piel dura y por lo general una buena dosis de narcisismo. Cuomo tenía eso y algo más: una vida entera dedicada a esgrimir, en todos los puestos imaginables, las palancas del poder neoyorquino.

El gobernador, siciliano por parte de madre, se trajo a los colaboradores más bregados y fieles de sus mandatos anteriores, y preparó dos y hasta tres líneas de batalla contra el virus: los equipos A, B y C. Cuando el equipo A caía derribado, bien por el exceso de trabajo o bien porque uno de sus miembros había contraído el covid, como sucedió en el departamento de prensa, el equipo B tomaba el control.

Andrew Cuomo, Gobernador de Nueva York. (EFE)
Andrew Cuomo, Gobernador de Nueva York. (EFE)

Cuomo formó un consejo de coordinación de los hospitales públicos y privados, de manera que pudieran repartir materiales y pacientes para evitar escasez o desbordamientos; presionó al Gobierno federal, que se limitó a mandar un barco médico y dar algunas recomendaciones, para que le cediese el control de sus laboratorios neoyorquinos y así acelerar el número de pruebas. La gente de Cuomo llamaba una y otra vez a las distintas agencias, departamentos y alcaldías, cerciorándose de que sus órdenes se cumplían en el acto.

De puertas adentro, se trataba del Cuomo de siempre: un hombre áspero, dominante, vengativo y extremadamente eficiente, capaz de presentarse en persona en tu pequeña oficina y ponerse a estudiar tu trabajo por encima del hombro.De puertas afuera, se convirtió en una especie de padre de los neoyorquinos.

Las puntuales ruedas de prensa de Cuomo, de lunes a domingo, a las 11 de la mañana, se convirtieron en la misa diaria de millones de estadounidenses. El demócrata explicaba los detalles de la pandemia en lenguaje sencillo, con símiles claros y relatos anecdóticos y pegadizos de neoyorquinos en apuros. Se acompañaba de un PowerPoint en el que se veía la evolución de la curva, sus políticas desgranadas en puntos y las listas de necesidades del momento.

Desde Madrid nos llegaba una cacofonía de ministros, epidemiólogos, militares y presidentes; cada día había media docena de ruedas de prensa

Desde Madrid nos llegaba una cacofonía de ministros, epidemiólogos, militares, presidentes y vicepresidentes; cada día había media docena de ruedas de prensa distintas, que empezaban con retraso y que solían ser largas y muchas veces contradictorias. Aquí, el Brookings Institute aseguró que las comparecencias de Cuomo eran la más pura forma de retórica aristotélica: “El logos alcanza la mente con los hechos y la razón. El pathos toca el corazón con el lenguaje, las historias y los símbolos. Y el ethos genera confianza a través de la credibilidad en el orador”.

Las alabanzas de los periódicos y los think tanks cercanos al Partido Demócrata encontraban su reflejo en las calles. El gobernador Cuomo alcanzó una popularidad más parecida a la de un dictador asiático, impropia de una democracia. Según un sondeo de Siena College, el 87% de los neoyorquinos aprobaba su gestión.

Si hubiera que resumir la estrategia neoyorquina en una palabra, sería tacto. El confinamiento tenía los ingredientes básicos: cierre de colegios, teatros, bares y restaurantes, mascarillas, distancia social y traslado masivo de la fuerza laboral al teletrabajo. Pero a los ciudadanos se les dejó margen para salir a pasear o a hacer deporte, con o sin niños, a cualquier hora del día, sin el enjambre de medidas bizantinas que veíamos, desde la distancia, en España.

La actitud despreocupada de la primera mitad de marzo tuvo un precio altísimo. Solo la ciudad de Nueva York llegó a registrar cerca de 800 muertes de covid-19 en 24 horas. Pero, cuando parecía que la cosa se pondría mucho más fea, con tres hospitales de campaña desplegados para aliviar al personal médico y la alcaldía neoyorquina barajando cavar fosas comunes en Central Park, la pandemia empezó a ser doblegada. Dos de esos hospitales no tuvieron ni que ponerse en funcionamiento, y nos ahorramos la devastadora imagen de la muerte en el corazón de Manhattan.

A medida que amainaba la tormenta y que sacábamos la cabeza de nuestras guaridas, los parques de la ciudad se convirtieron en las nuevas zonas de socialización, y lo siguen siendo. Las duras protestas raciales de junio, con decenas de miles de personas saturando a diario las calles, muchas veces vociferando y chocando con la policía, no produjeron el temido rebrote. “No hay una divergencia significativa en las tendencias después de las protestas”, dictaminó un informe del National Bureau of Economic Research a finales de junio.

Al mismo tiempo, los estados que habían reabierto los bares y restaurantes, las iglesias, las boleras y los cines, presenciaron un agresivo rebrote. La relajada Texas tuvo que volver a cerrar sus bares. “En este momento, está claro que el aumento de casos se debe sobre todo a ciertos tipos de actividades, incluida la congregación de tejanos en bares”, declaró el gobernador republicano, Greg Abbott.

Algo similar sucedía en España. Los restaurantes abrieron al 60% en la Comunidad de Madrid, las piscinas y los cines al 50% y las salas de conciertos al 33%. Amigos y familiares transmitían el jolgorio y la alegría del verano. Las fotos mostraban largas mesas llenas de caras felices con apenas algunas mascarillas. Ahora los números y gráficos que atraviesan el Atlántico vuelven a ser sobrecogedores.

Centenares de negocios han sido diezmados y casi el 90% de los restaurantes neoyorquinos dicen no haber podido pagar el alquiler de agosto

En Nueva York se mantuvo el tacto. La ausencia de infecciones en las protestas convenció a las autoridades de la seguridad de permitir las terrazas, pero el interior de los bares y restaurantes sigue cerrado (abrirán con un 25% de aforo el 30 de septiembre). Los museos retoman la actividad paulatinamente e iconos fundamentales de Nueva York, como la Ópera del Met, han anunciado que no funcionarán hasta otoño de 2021.

Ninguna política es perfecta. Centenares de negocios han sido diezmados y casi el 90% de los restaurantes neoyorquinos dicen no haber podido pagar el alquiler de agosto; las terrazas no dan los ingresos suficientes. El déficit presupuestario del estado ronda los 14.500 millones de dólares. Una cifra draconiana que los legisladores aún estudian cómo reducir. Pero la tasa de contagios de Nueva York continúa por debajo del 1%, en unos 28 por cada 100.000 habitantes. La más baja de Estados Unidos y casi 30 veces menor que la de la Comunidad de Madrid.

El virus continúa bajo control y el ambiente neoyorquino ha sido transformado. La ausencia de turistas, el corte de calles para facilitar la distancia social y la multiplicación de las terrazas hacía parecer a Manhattan una localidad mediana del sur de Europa. El sol del atardecer baña hoy las aceras de Chelsea, donde las parejas y los grupos de amigos parecen estar sentados junto al mar, si forzamos la imaginación, en algún pueblo pesquero de Italia. La llegada del frío, sin embargo, ha puesto a todo el mundo en guardia: preparados para una posible segunda ola.

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